La lluvia caía fina y constante en la ciudad, como una vieja canción que nadie quiere oír pero todos conocen. Yo estaba en mi oficina, un cubículo del cuarto piso en un edificio que jamás vio un ascensor, cuando ella entró. Llevaba un abrigo marrón, empapado en los puños, y los ojos como dos pasaportes sellados con secretos. Ni siquiera llamó a la puerta; sólo apareció, como un mal pensamiento en plena mañana.
Se quitó el sombrero y lo dejó chorreando sobre mi expediente de facturas. Yo la miré, porque en esta ciudad, mirar siempre es gratis, y preguntar cuesta demasiado.
—¿Es usted el señor Dorrance? —La voz era grave, como si supiera el precio de todas las cosas y el valor de muy pocas—. Busco a alguien que encuentre lo que no existe.
—Eso me costará una fortuna —dije, echando mano a la botella que guardo para los días sin sol.
No me sonrió. Tenía un rostro que no admitía sonrisas, ni siquiera de madrugada.
—Mi marido no volvió anoche a casa. No volvió hoy tampoco. En la mesa dejó la llave equivocada y un sobre sellado. He abierto el sobre, señor Dorrance, tenía dentro una carta que no entiendo y una moneda de plata.
Tomé la moneda y la sostuve a la luz. Era de esas que ya no se acuñan, de esas que huelen a sótanos y a promesas sin pagar.
—¿Hay algún sitio donde pueda empezar a buscar? —pregunté, sólo por escuchar su voz otra vez.
—El Hotel Empire. Habitación 304. Él iba mucho allí, después de cerrar la tienda.
Hotel Empire. Suficiente polvo bajo la moqueta para enterrar una ciudad entera. Demasiada oscuridad para los ojos y demasiada luz para el corazón.
La mujer se fue sin mirar atrás, y yo salí tras la estela de su perfume barato y su angustia de domingo. Cogí el primer taxi que vi; el conductor era un hombre al que la vida había enseñado a no preguntar y a no dar conversación. Mejor así.
El vestíbulo del Empire era un charco de humo y culpas viejas. La recepcionista me miró como se mira a un error administrativo.
—Busco al señor Martin Crane, habitación 304.
Su mano gorda hojeó el registro.
—No creo que lo encuentre, caballero. Ese señor salió al alba y no volvió a entrar.
Pero olía a mentira. Olía a salchichas y a pólvora húmeda.
Subí las escaleras. Cada peldaño se quejaba bajo mi peso como un chivato asustado. La puerta de la 304 estaba entreabierta. No era una invitación, era un descuido peligroso.
Empujé con la suela. Adentro, el aire era espeso, como una conversación que nadie acaba. La ventana estaba abierta al final, el visillo bailando en la brisa indeseada. Junto a la lámpara, un pequeño cenicero con un cigarrillo apenas consumido. Y un segundo sobre.
Adentro, una nota: "No confíes en la moneda. El lado limpio es más peligroso".
Miré la moneda de plata, le di la vuelta. Un rostro sin ojos grabado en el reverso. El pulso me avisó de que no era simple numismática. No en esta ciudad. No en mi historia.
Me di cuenta enseguida de que había alguien observando desde el piso de enfrente. El brillo de unos gemelos en la penumbra. Me acerqué a la ventana justo a tiempo para ver cómo la sombra se deslizaba hacia la escalera de emergencia.
Demasiado tarde para preguntas. Demasiado temprano para respuestas.
Pero yo no era de los que se dejaban adelantar por las sombras.
Dejé la moneda sobre la mesa, la carta en el bolsillo, y bajé. Sabía que el siguiente en desaparecer podía ser yo. Pero no hay excusa para huirle al misterio, no en la ciudad donde todo lo que brilla acaba en el fondo de un vaso vacío.
Salí a la lluvia. No supe entonces que volvería a encontrar la moneda, en el bolso de la mujer, al lado de un revólver recién descargado. Algunos misterios no quieren ser resueltos. Simplemente aguardan la siguiente vuelta de moneda, y el siguiente hombre dispuesto a mirar de cerca el lado equivocado.
Pero esa ya es otra historia, contada en el murmullo de la noche, bajo la lluvia, en una ciudad donde los secretos tienen más vidas que los gatos y menos piedad que el olvido.
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