El viento que atravesaba la calle de la Madonna della Salute era inusualmente frío para una tarde de finales de abril, y Giulia Verde sentía el forro de su abrigo pegado a la piel mientras subía los tres escalones que conducían al umbral del viejo palazzo. Conocía la dirección porque, según la carta recibida aquella mañana, debía acudir “sin falta” antes de que dieran las siete campanadas. El remitente era Luigi Padovani, un abogado de voz empalagosa y letra ondulada, al servicio de los Ancillotti, una familia veneciana de esas que, decían las malas lenguas, sólo emergían en la niebla.
Giulia rozó con los nudillos la madera labrada de la puerta. Hubo pasos apresurados al otro lado, y una bufanda de lana roja apareció girando como un cometa alrededor de la figura menuda de la signora Ancillotti, viuda desde hacía dos años, y más conocida por su afición a coleccionar miniaturas y al buen brandy.
—Grazie, signorina Verde, por venir. Es sobre mi hijo —musitó, y le extendió la mano, delgada, fría como el mármol.
A Giulia le pareció notar una vibración en el aire, como si alguien los espiara tras la cortina escarlata del salón. Pero atribuyó el escalofrío al eco húmedo de la casa.
La señora Ancillotti la condujo despacio por el pasillo, alfombrado y con olor a cera, hasta un despacho apenas iluminado por la luz filtrada de un ventanal. Una mesa, en el centro, de madera noble y barniz reluciente; sobre ella, un sobre abierto y una copa de cristal, aún con un resto de licor color miel.
—Dimitri ha desaparecido —declaró la anciana, sentándose frente a Giulia—. Y anoche alguien dejó esto.
Le tendió una carta, firmada simplemente “Un amigo de la familia”. La caligrafía era otra, menos elegante, cada palabra separada por espacios anchos como respiraciones contenidas.
“Si desea ver a su hijo de nuevo, debe confesar aquello que ha callado durante tantos años. La primera campanada será la última oportunidad.”
Giulia volvió a mirar a la señora Ancillotti, que temblaba.
—¿De qué se trata? —preguntó suavemente, temiendo quebrar el hilo frágil de la confesión.
—De un asunto de hace mucho… —El rostro de la viuda era ahora una máscara de remordimiento—. En esta casa hubo otra muerte, de la que nunca se habló.
La conversación se interrumpió por un golpe seco, seguido de pasos en el vestíbulo. Giulia se levantó de inmediato y, apoyando apenas la yema de los dedos en la mesa, se acercó a la puerta. El abogado Padovani apareció, con la frente perlada de sudor bajo un bombín demasiado pequeño. Traía consigo a un hombre joven, alto, de barba oscura y mirada apagada: el jardinero, Marco, quien hacía años estaba al servicio de la familia.
—Lo han visto merodeando por el canal esta madrugada —dijo el abogado, y el jardinero negó con la cabeza, mudo—. ¿Puede usted explicar su presencia a esas horas, Marco?
El joven evitó la mirada de Giulia y se apoyó en la pared.
—Alguien dejó la puerta del invernadero abierta. Escuché ruidos… no era viento, era como una risa—susurró finalmente—. Encontré sólo esto.
Alzó una pequeña llave dorada, tan ligera que parecía un talismán. Los ojos de la viuda se abrieron de par en par.
—Esa es la llave del gabinete de música… ¡Nadie debe entrar ahí!
La atmósfera se hizo aún más densa. Giulia pidió ver el gabinete. Subieron las escaleras uno tras otro, las sombras danzando al compás de sus pasos inquietos. En el extremo del pasillo, una puerta decorada con incrustaciones de nácar aguardaba, la cerradura oxidada por la brisa del canal.
Giulia giró la llave. El interior estaba en tinieblas, pero una franja de luna delineaba el contorno de un violonchelo ancestral y varias partituras dispersas en el suelo, como si alguien hubiera buscado con premura o rabia. En el atril reposaba una partitura lacrada con cera negra.
—Mi esposo murió aquí —susurró la viuda, apoyándose en la pared—. Y yo… fui testigo de algo que nunca conté.
Giulia presintió la verdad antes de escucharla: el esposo de la viuda no había muerto solo, no por las causas que ella declaró entonces.
Un crujido le hizo girarse: Marco observaba fascinado una fotografía antigua sobre el piano. En ella, el esposo de la viuda, Dimitri niño, y un tercer hombre, prácticamente idéntico a Dimitri, cuya existencia, según Padovani, nunca había formado parte de la historia familiar. Esa imagen era la pieza que faltaba.
Mientras la campana de San Giorgio comenzaba a marcar las siete, Giulia encontró bajo el violonchelo una carta jamás enviada, dirigida al “hermano perdido”, en la que el difunto esposo confesaba la existencia de un doble vida, una herencia no reclamada y las consecuencias funestas que ello trajo.
La solución fue tan sombría como inevitable: Dimitri jamás estuvo en peligro, era el artífice, el “hermano olvidado” había regresado para reclamar lo suyo, y el jardinero Marco, hijo no reconocido del difunto, era la clave para revelar el secreto. Los pecados del pasado emergieron con la niebla, arrastrando a los vivos y a los muertos como luciérnagas atrapadas en las redes invisibles del destino veneciano.
Giulia, tras descubrirlo todo, dejó el palazzo sabiendo que algunos secretos sólo consiguen una redención parcial; la justicia, como el canal por la noche, se disolvía en reflejos y ecos: la música de un tiempo perdido que aún resonaba en la memoria de las piedras.
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