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Portada del relato El eco bajo la lluvia
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Fragmento:


Días antes, la señora Whitmore, dueña de la antigua residencia Carysfort y madre de mi viejo amigo, había desaparecido en circunstancias inequivocablemente peculiares. La tarde del miércoles, la última que se la vio, había enviado a la joven criada a la tienda, encargando, cosa notable para quien detestaba las visitas, un frasco de amargo licor de endrinas. El regreso fue tardío, y al abrir la puerta principal, la criada encontró en el piso del vestíbulo un largo pañuelo de raso azul, aún húmedo por la lluvia. No hubo ni rastro de la señora. Del comedor llegaba un leve aroma a tabaco oscuro y, sobre la cómoda del salón, un libro favorito de la desaparecida, La casa y el mundo, abierto por una página marcada, mas sin ninguna huella de lectura reciente.

Duración: 06:19

El eco bajo la lluvia
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Cuando volvimos esa noche, el aire cortaba con cuchillas de agua fría y la veleta del ayuntamiento giraba posesa sobre el tejado. John iba unos pasos delante de mí, húmedo, refugiando los hombros en la solapa alzada del abrigo, como si temiera ver de frente la casa a la que llegábamos. Aún entonces, antes de saber lo que nos aguardaba, la atmósfera —ese eléctrico escalofrío en las cosas— me gritaba que la tregua de nuestra pequeña ciudad no era más que una ficción.

Días antes, la señora Whitmore, dueña de la antigua residencia Carysfort y madre de mi viejo amigo, había desaparecido en circunstancias inequivocablemente peculiares. La tarde del miércoles, la última que se la vio, había enviado a la joven criada a la tienda, encargando, cosa notable para quien detestaba las visitas, un frasco de amargo licor de endrinas. El regreso fue tardío, y al abrir la puerta principal, la criada encontró en el piso del vestíbulo un largo pañuelo de raso azul, aún húmedo por la lluvia. No hubo ni rastro de la señora. Del comedor llegaba un leve aroma a tabaco oscuro y, sobre la cómoda del salón, un libro favorito de la desaparecida, La casa y el mundo, abierto por una página marcada, mas sin ninguna huella de lectura reciente.

No hallaron ventanas forzadas ni cerraduras violadas. Al interrogatorio de la policía, la criada sólo pudo añadir que, más tarde esa misma noche, oyó ruidos amortiguados en el jardín. Unas voces, bajas, como si hablaran para no despertar la memoria de los muros. Dijo también que creyó ver, entre los pliegues de la niebla, la sombra de un hombre ciego, con el bastón titubeando en las baldosas color musgo, justo bajo la estatua decapitada de Euterpe. Así estaba el asunto cuando John me telefoneó, terriblemente alterado pero resistente a la tentación de la histeria, y me instó a acompañarlo a la casa que ambos conocíamos tan bien y ahora empezaba a parecer el decorado de otro mundo.

Avanzamos por el pasillo familiar: cuadros de caza y relojes de péndulo, arañas polvorientas y olor a madera rancia. John murmuró, como si temiera que nos oyeran:

—No era su costumbre dejar el libro a la vista, ni menos, la bufanda.

Me detuve junto a la ventana del invernadero, la niebla se abría en jirones y los jardines parecían desvanecerse, una postal triste y lejana. En la penumbra, aparté la cortina y vi, apenas perceptible, un resplandor amarillo detrás del seto de boj. La linterna de un desconocido, tal vez. O el reflejo de algún recuerdo ya podrido pero no enterrado.

Registramos los salones. En la biblioteca, sobre el escritorio de caoba, dormía una hoja de papel, sin fechar, arrepentida de su propia existencia:

“Confío en ti”, decía, con una letra menuda pero firme. Palabras nada típicas de la señora Whitmore, poco dada a la confianza y mucho menos a escribirla. Bajo el papel, John encontró, muy bien doblado, un recorte de periódico: una noticia sobre la muerte accidental de un violinista local, el señor Moretti, atropellado meses atrás en una curva peligrosa del pueblo. John enmudeció al verlo. En los albores de su juventud, su madre había sido alumna del maestro. No era la primera vez que el pasado insistía en colarse en las habitaciones vacías del presente.

Salimos al jardín, guiados por la sospecha y el olor a tierra mojada. Un soplo de viento nos arrojó una retahíla de hojas secas al rostro. Bajo el limonero, John se agachó y recogió, incrédulo, un pequeño broche de azabache: la pieza favorita de su madre, regalo de bodas de un hombre cuyo nombre sólo se susurraba en las fiestas de otra época.

—Ella nunca lo habría perdido —dijo, con la voz tensa—. No así.

Al fondo, una vieja glorieta de hierro forjado languidecía bajo las glicinas. Bajo su cúpula, semioculta por zarzas, hallamos marcas recientes: colillas de cigarro foráneo —uno turco, por el olor—, y el pañuelo manchado de barro. El suelo mostraba huellas de un zapato pequeño y otro de hombre, de tacón raído, uno siguiendo al otro como en una danza ancestral. En la distancia, un reloj del pueblo sonó las dos y esa vibración misteriosa pareció anunciar un desenlace.

Me inclinaba hacia las huellas cuando una nueva figura surgió de la niebla. No era otra que el inspector Moody, vestido de gabardina, resignado y penetrante, que había seguido su propio sendero hasta las mismas marcas. Con la calma de los que han visto el monstruo en el lago más de una vez, nos invitó a recapitular detalles. Hurgando en la memoria, John recordó algo: una llamada telefónica semanas atrás, una voz fingidamente alegre, que preguntaba por la “vieja melodía del trote de caballos”, un código familiar entre madre e hijo que nadie fuera de la familia podía conocer. El inspector apenas sonrió.

—A las madres no se las engaña fácilmente —sentenció—, pero casi siempre se las subestima.

La madrugada se cerraba y la niebla seguía más densa sobre la hierba. Al volver al salón, la criada, asomada al umbral, nos tendió otra carta que había llegado esa mañana, anónima, mal doblada, sin remitente, pero olía al mismo tabaco turco hallado en la glorieta. Decía, en pocas líneas temblorosas:

“Cuando haya tormenta, mire siempre bajo la estatua que no tiene cabeza. Allí guardé mi mejor secreto porque, aunque el mundo reniegue, sólo lo perdido vuelve”.

El inspector y yo nos miramos, comprendiendo al unísono: la vieja melodía, el broche, la carta, el pañuelo bajo la estatua. Salimos una vez más al jardín, ahora con la certeza de que la señora Whitmore no era víctima, sino artífice. Escarbamos bajo la estatua descabezada y hallamos, en una caja de lata, un pequeño cuaderno y una nota: “Para que John nunca olvide que aún en el silencio, los hilos invisibles vibran”. El cuaderno contó una antigua historia de amor, engaño y una promesa incumplida a aquel violinista. Y en la última página, un adiós frío y valiente:

“Hoy parto, antes de que la partida me arrastre sin voz. Aquí quedan mis pasos y mis razones. No buscarme. Todo lo que importa permanece.”

Así supimos que la señora Whitmore había elegido su propio destino. Nos quedamos mirando el jardín, donde la noche, sabiéndolo todo, no decía ya nada.

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