La aguja del reloj marcaba las once cuando Edith Raspe, incapaz de dormir, se aproximó al ventanal del salón. Afuera, la llovizna difuminaba las siluetas del jardín, y la luz titilante de la farola parecía distorsionada, como si una sombra se arrastrase furtiva entre las malezas. Apenas una hora antes, el Dr. Varel había abandonado la casa tras una corta visita, dejando tras de sí el eco de unas palabras ambiguas, un comentario sobre "la importancia de los pequeños detalles" mientras se calzaba el sombrero.
Edith apartó la cortina con cautela. La mansión tenía la reputación de estar demasiado atenta a los rumores. Sus persianas verdes —siempre cerradas, salvo por la del salón— ocultaban más secretos de los que Edith jamás se hubiese atrevido a preguntar.
La soledad de la noche quebró el hechizo con un golpeteo tenue; era la aldaba de la puerta principal. Edith sintió un sobresalto, pues no esperaba a nadie. Caminó por el pasillo embaldosado —cada paso retumbando en la penumbra— y abrió. No había nadie. Sólo una carta, insertada de mala manera bajo el felpudo, mojada por la lluvia. El sobresalto se volvió intriga mientras desarrollaba la nota:
"No te fíes del hombre del maletín negro. Estaré observando. Cierra la persiana del salón".
Aquella noche, Edith no durmió. La persiana quedó a medio cerrar, y ella acechó rendijas y sombras, tratando de discernir una figura entre los árboles. Cuatro días después, mientras el reloj del vestíbulo daba la medianoche, Edith halló algo más: en la alfombra del escritorio, una mancha de barro y la muesca diminuta de un guante, invisible a ojos poco perspicaces. Todo indicaba que alguien había estado allí mientras cenaba sola.
El Dr. Varel reapareció la mañana siguiente. Sus preguntas rondaban las horas intempestivas y la seguridad de la casa, como si presintiera que Edith sospechaba. Ella admitió, fingiendo candor, que una carta anónima le había inquietado. Varel sonrió con una calidez que no le llegó a los ojos y sugirió contratar un portero.
Esa noche, Edith inspeccionó el escritorio y descubrió que la primera gaveta había sido forzada, aunque solo faltaba una pequeña cajita de plata, un viejo recuerdo familiar. Su instinto le impulsó a interrogar a los criados; ninguno había visto nada, salvo Lucie, la doncella, quien juró que una sombra cruzaba el pasillo poco después de la visita del doctor.
Decidida a no suplicar protección ajena, Edith fijó una trampa: había oído que esa noche el hombre del maletín regresaría. Aguardó junto a la persiana, luz apagada, observando. Pasada la una, la figura apareció entre la bruma, abrió con una llave y se deslizó en el interior. Edith permitió que cruzara el vestíbulo antes de encender todas las luces. Se enfrentó al intruso: era el Dr. Varel, su maletín abierto, y en él la cajita de plata, junto a un frasco de veneno.
Varel alzó la vista y, por primera vez, la máscara de afabilidad cayó. "Me subestimaste", dijo ella, sosteniendo en alto la pistola del padre muerto, hallada semanas antes. "Existen muchos modos de quedarse con una herencia. El tuyo, doctor, ha sido el menos inteligente."
Tras la detención del intruso y la inspección policial, se reveló demasiado: el doctor planeaba asesinar a Edith y simular un suicidio, utilizando el veneno de la familia y la carta como coartada. Sin embargo, ningún misterio en la casa de las persianas verdes había sido nunca tan sencillo; hasta el final, nadie supo quién envió la nota, ni quién lució el guante de seda. Edith, desde entonces, jamás volvió a confiar en las casualidades. Buscaba siempre, en cada esquina, la sombra de un siguiente invitado.
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