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Fragmento:


—No la tires. Y nunca la apuestes —advirtió. Luego pareció desvanecerse o, al menos, Helena no recordaría después verla salir.

Duración: 05:44

La cara en la suerte
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El reloj había comenzado a hacer ruido a las tres y veinte de la madrugada, como si se hubiese confabulado con el insomnio de Helena para recordarle que estaba sola y alerta en el corazón de la casa más grande y vacía del pueblo. Puso los pies en el suelo, inesperadamente helado, y pensó en la moneda. Esa moneda.

La había encontrado esa tarde mientras limpiaba la biblioteca de su difunto abuelo, el anciano juez Chaves, quien había gobernado los secretos del pueblo con puño de hierro, sonrisa fácil y un sentido del humor que podía cortar la respiración. Elena, aburrida y sobresaltada en el polvo de los libros jurídicos y las ediciones amarillentas de El Quijote, tropezó con una pequeña caja de metal debajo de un mueble. El óxido manchaba la cerradura, pero no la disuadió: era una chica práctica, con las uñas fuertes y la curiosidad de los Chaves.

Dentro de la cajita, una moneda se balanceaba sobre un lecho de terciopelo descolorido. No era cualquier moneda: antigua, más pesada de lo habitual, y con una curiosa inscripción en latín —Alea est vita, la vida es azar— junto a la imagen de una mujer encapuchada cuyos ojos parecían salirse del metal.

Estaba extrañamente tibia al tacto.

Helena recordó la vez que su abuelo le había enseñado a lanzar una moneda, diciendo que todo en la vida se reduce a “cara o cruz”, pero esta moneda… bueno, no tenía cruz ni cara: sólo aquel perfil femenino en ambas, idéntico hasta el último trazo. Extraña sensación le invadió —un cosquilleo entre la nuca y el estómago— pero lo descartó como su mente jugándole una mala pasada.

El sonido del reloj la sacó de su ensueño. El eco de los primeros truenos rodó por la ventana. Decidió volver al estudio: quería ver la moneda, estudiarla bajo la lámpara de mesa que siempre había encendido su abuelo durante las noches de tormenta. Quizá se lo hubiera contado. Quizá no.

Al llegar, algo la detuvo en el umbral. No podía decir qué. Tarde o temprano, todos en las casas viejas se acostumbran a que las sombras caminen detrás de ellos, pero ésta parecía avanzar por delante. Respiró hondo y entró.

Allí estaba la moneda, reluciendo en la mesa como si algún sol extraño la iluminase. Sentía su peso sin tocarla, y con la repentina certeza de que no estaba sola.

—¿Qué tienes ahí?—dijo una voz, áspera como el papel envejecido.

Helena giró. Teresa, la ex ama de llaves de su abuelo, la observaba desde el vano de la puerta. Pequeña, huesuda, viva como un pájaro ansioso.

—Solo una moneda vieja —dijo Helena, procurando sonar casual.

Los ojos de Teresa se ensancharon.

—No la tires. Y nunca la apuestes —advirtió. Luego pareció desvanecerse o, al menos, Helena no recordaría después verla salir.

Durante horas no pudo dormir. Miró la moneda, la estudió bajo la luz, la sobó entre los dedos. Se sintió tentada a arrojarla, decidir algo estúpido con su resultado, como si llamase a la suerte con cada roce. Y entonces recordó: su abuelo, los murmullos de la gente, el gran escándalo —¡un juez justo!— que decidió durante años el destino de tantos con resoluciones abruptas, crípticas, inclinadas por el azar.

¿Había usado la moneda? ¿Hasta qué punto?

Revuelta por el insomnio y la duda, se llevó la moneda a la habitación y, justo antes de dormir, decidió que al día siguiente visitaría a Esteban, el último amigo y confidente de su abuelo.

**

Esteban vivía en una casucha al borde del Monte del Silencio, rodeada de trastos y retazos de recuerdos ajenos. Lo recibió con un trago de brandy y una mirada acusadora.

—Tienes la moneda, ¿verdad?

No hubo preámbulo, no hubo saludo. Helena asintió, sintiéndose niña.

—¿Qué es?—preguntó.

—La condena de este pueblo —resopló Esteban—. Decían que tu abuelo era implacable, pero en realidad era… supersticioso. O débil, no sé. Aquella moneda decidía. Y lo peor es que, cuando se empieza a lanzar una moneda en lugar de elegir, no se puede parar. Un día es para resolver una duda, otro para algo importante y, de pronto, ni recuerdas cómo vivir sin ella… O cómo dejarla.

Helena notó el vello de sus brazos erizarse.

—¿Lo sabían muchos?

El anciano negó con la cabeza.

—Solo los que perdieron por ella, y supieron escuchar los susurros del azar.

Helena quiso preguntar más, pero en ese instante, un golpe seco resonó en la puerta. Era Teresa. Venía con el rostro desencajado, los ojos vidriosos.

—Hay un hombre en la casa. Busca la moneda. Dice que pertenece a su familia.

El miedo la empujó de vuelta a la casa familiar, moneda en mano, cabeza ardiendo de sospechas.

¿Podía acaso devolver la paz a su herencia con una simple decisión: quedarse la moneda o entregarla?

En la entrada, un extraño de gabardina la esperaba. “He venido por lo que es mío”, susurró, con voz opaca.

No preguntó por su nombre. El azar, después de todo, ya había hablado.

Helena cerró el puño, notó la tibieza del metal. Recordó lo que todos temen aceptar: que la peor decisión es no decidir nunca, dejar que sea otra cosa —una moneda, la casualidad, las sombras— quien elija por uno.

Lo miró.

Sacó la moneda.

—Elegimos, usted o yo.

El hombre sonrió.

Helena lanzó la moneda al aire. Brilló, giró, danzó en su propio eje durante un instante que pareció no terminar nunca.

Después, nada volvió a ser igual en el pueblo. Ni para Helena, ni para nadie. Porque en todas las decisiones, desde aquella noche, notaron el peso invisible de una moneda que no tenía ni cara ni cruz.

Solo la apariencia inmutable de la suerte, mirándolos desde el otro lado.

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