Fragmento:
El zumbido de la lámpara no era lo único que llenaba el aire. El salón —estrecho, resguardado detrás de cortinas que olían a cera vieja— parecía acoger cada sonido y devolverlo filtrado a media voz. Allí, sentados en torno a una mesa ovalada pulida por decenas de manos ajenas, los rostros reflejaban algo más que concentración. La atmósfera era densa, tirante, un suspiro demasiado largo.
Duración: 05:34
El zumbido de la lámpara no era lo único que llenaba el aire. El salón —estrecho, resguardado detrás de cortinas que olían a cera vieja— parecía acoger cada sonido y devolverlo filtrado a media voz. Allí, sentados en torno a una mesa ovalada pulida por decenas de manos ajenas, los rostros reflejaban algo más que concentración. La atmósfera era densa, tirante, un suspiro demasiado largo.
Marta deseaba que la noche acabara. Había aprendido a acallar el flujo de pensamientos extraños que le llegaban, como ecos de conversaciones extraviadas en túneles. Sin embargo, en esa casa, era distinto. Los participantes —hombres y mujeres que ya habían jugado con el misterio de lo invisible más veces de las que confesaban— buscaban respuestas con una avidez febril, un ansia que contagiaba, oscureciendo incluso las intenciones más inocentes.
Esa noche, entre la tensa expectación, Marta sintió cómo las presencias se apretaban en las esquinas de la habitación, más impacientes que nunca. El anfitrión, un hombre de manos enjutas y una voz dulce como el anís, pidió silencio. No hacía falta. Un frío se arrastró por el suelo, traspasando alfombras y zapatos, hasta arremolinarse alrededor de los tobillos de Marta. Era la sensación que sabía leer; el preludio del diálogo.
Comenzó con los hábitos: las velas titilaron, y el vaso, ese cínico intermediario, se movió con lentitud sobre la tabla de madera tallada. Al principio formó palabras torpes. Después, cuando los dedos temblorosos hallaron un ritmo, se sintió la presencia. La voz rezumó del vaso, un murmullo que apenas parecía humano:
—¿Está Ariel aquí?
El anfitrión palideció, pero asintió. Marta sintió la opresión de los ojos en la nuca. Ariel, muerto hacía tres años en circunstancias oscuras, era un nombre prohibido en esa casa. Pero ahora, traído a la mesa como un pez varado, todo se volvía inquietud, nostalgia vieja y miedo reciente.
—Estoy —emanó de la penumbra, no del vaso, no del aire, sino de un punto indeterminado al borde de la percepción de todos.
Las manos se apretaron alrededor de la mesa. Marta sintió el impulso eléctrico, el latido apresurado compartido, la suma de ansiedades y secretos.
—¿Por qué vuelves, Ariel? —preguntó uno de los hombres, su voz reventando como una pompa tensa.
El silencio, durante unos instantes, solo se rompió por el rechinar del vaso. Marta entornó los ojos. Allí, en la bruma pálida que flotaba sobre la mesa, divisó una silueta: un perfil precario, a ratos visible, a ratos apenas un destello detrás de las pestañas. Su garganta vibró con la respuesta.
—Esto no ha terminado. Ninguno de vosotros ha terminado.
El vaso giró, iba de inicial en inicial, un retablo críptico para quien no quisiera entender. Pero todos lo comprendieron: algo que había comenzado con la muerte de Ariel seguía buscando desenlace, mordiendo los bordes de la vida de cada uno.
Las confesiones afloraron, primero en miradas huidizas, después en palabras marchitas. Marta sintió las memorias de los otros deslizarse hacia su mente: la traición sellada con un abrazo, el dinero compartido y luego devorado por la culpa, la última llamada recibida en la penumbra de la madrugada, que nadie reconoció haber atendido. Cada secreto era un peso húmedo que se hundía en su estómago.
De pronto, en medio de la sesión, la lámpara osciló. El salón se estremeció un instante; todos vieron el destello de una sonrisa en el aire como una herida luminosa. El anfitrión se inclinó con brusquedad sobre la mesa; por un momento, Marta pensó que vomitaría, pero solo gimió.
—Nos está mirando —susurró.
La frase era cierta. Una vigilancia antigua, cubierta por polvo, acechaba detrás de la rutina de invocaciones y lamentos. Marta supo, como solo saben los que han cruzado la línea fina entre el mundo y aquello que lo ronda, que la sesión se estaba torciendo. Y demasiado tarde recordó la advertencia: si buscas lo que no entiendes, mejor ser capaz de sostener la mirada de quien responde.
Ariel fue mostrándose entonces. El aire vibró, y la mesa empezó a vibrar con él. Marta percibió los remordimientos disparados en todas direcciones: la muerte voluntaria en la bañera reluciente, el ahogo más dulce de lo que debió ser. El hombre junto al anfitrión sollozó. La mujer del rincón tapó su boca con la mano. Algo en la presencia flotante de Ariel se desmoronaba, y con él, los trozos ocultos del grupo.
En medio de la conmoción, la voluntad de Marta lanzó una pregunta muda, dirigida hacia ese espacio entre el miedo y el deseo.
—¿Qué quiere el muerto de los vivos?
La respuesta fue un sonido gutural, pero clara:
—Recordadlo todo.
Recordadlo hasta que duela.
Recordadlo, aunque la noche nunca termine.
Las velas expiraron una a una, cubriendo el cuarto de una noche sin nombre. Nadie se atrevió a moverse. El anfitrión, incapaz de sostener el silencio, murmuró una disculpa rota a la sombra de Ariel. Un perdón que años atrás habría resultado valioso, pero allí, en ese salón de ecos y perfumes viejos, solo era un suspiro más en la niebla.
Marta supo, con esa certeza infalible concedida solo a quienes cargan con todos los mensajes ajenos, que esa sesión no terminaría jamás. La puerta crujió en la distancia. Los pasos del pasado reclamaban nuevamente su lugar en la mesa, y los vivos, aún sin saberlo, aceptaron la invitación de volver, noche tras noche, a buscar respuestas entre los susurros del “nunca más”.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.