Fragmento:
Se sentaron frente a frente. La mesa acogía el peso de cien historias no contadas. Helena cerró los ojos y dejó que el mundo se doblara, que la opacidad de las cosas se resquebrajara hasta mostrar esa otra materia que sólo es visible para ciertos ojos.
Duración: 03:54
La lluvia tamborileaba suavemente contra las ventanas de la vieja casa victoriana donde Helena vivía, una melodía familiar que acompañaba sus días y sus noches. Sin embargo, esa mañana la tormenta parecía arrastrar consigo algo más pesado, inasible, mientras los muebles crujían y el reloj marcaba las horas de un tiempo que no pertenecía del todo al presente.
Helena preparó su té. El abrigo del calor en las manos era el breve consuelo a la electricidad que recorría el ambiente. Esa intuición que la acompañaba no era solo el oficio heredado de mujeres antes de ella; era un hilo invisible, trenzado entre los espacios donde la voz se ahoga y lo incomprensible busca una grieta.
El primer cliente llegó antes de lo previsto. Un hombre de mediana edad, rostro exhausto, los ojos de quien ha empezado a temer al reflejo del propio miedo. Se presentó como Sebastián, aunque su verdadero nombre –Helena lo intuyó por el eco– se había perdido tiempo atrás, en un verano olvidado junto a la orilla de un lago.
Se sentaron frente a frente. La mesa acogía el peso de cien historias no contadas. Helena cerró los ojos y dejó que el mundo se doblara, que la opacidad de las cosas se resquebrajara hasta mostrar esa otra materia que sólo es visible para ciertos ojos.
“¿Qué buscas, Sebastián?”, preguntó. Su voz era un hilo de seda atrapado en telarañas ancestrales. No necesitaba la respuesta; la pregunta era un puente que siempre cedía, pero debía ser pronunciado el ritual.
Sebastián jugueteó con una llave dorada. “Una voz”, dijo finalmente, “la voz de mi hermano. No puedo… no puedo dejarlo ir.” La culpa era tan densa en su pecho que la habitación parecía encogerse, el aire, espesarse.
Helena asintió y dejó que la noche se introdujera en la estancia, aunque al otro lado de las ventanas el día todavía no se había rendido. Buscó en la penumbra de Sebastián, esa sombra adherida a la espalda, el dolor sin palabras que pide un rostro conocido más allá del espejo.
Los murmullos comenzaron suaves, como un roce en las cortinas, y en ese espacio incómodo Helena sintió la llegada de alguien más. Una brisa helada, olor a tierra mojada, el leve retumbar de una infancia compartida.
No era la voz del hermano la que habló primero. Fue la suya propia, la de Helena, pero distinta, invadida por esa presencia que se colaba por las grietas: “Él no necesita clemencia. No fuiste el carcelero que imaginas.” Sebastián se estremeció, los hombros atenazados por la memoria de una tarde y un río y una promesa rota.
Y entonces vino la voz. Un susurro empapado de distancia, pero reconocible en el temblor de la carne. “Jugar no es delito”, se oyó, “olvidar sí lo sería.”
La habitación se estrechó en un paréntesis suspendido. Helena veía, detrás de Sebastián, el movimiento pálido de un niño al borde del agua, el último momento antes del silencio. Supo que el mensaje era más para ella que para él: en el tráfico entre los mundos, los Medium se llevaban siempre algo de la pena ajena, dejaban algo propio a cambio.
La sesión terminó cuando los fantasmas se retiraron. Sebastián lloró en un silencio que era más aceptación que pérdida. Helena pensó en lo que quedaba: la sacudida de cada encuentro, las palabras no dichas, los ángeles y demonios personales que dan forma al propio oficio.
Por la noche, la tormenta se disolvió. Helena se sentó junto a la ventana abierta, sintiendo el aire renovado, la promesa de nuevos visitantes, nuevas heridas, otras voces. La casa, siempre expectante, latía con la fuerza de quienes esperan escuchar y ser escuchados, atrapada en el umbral inextinguible entre el ahora y el nunca.
Sabía, en el fondo, que aunque cada sesión era un bálsamo y una herida, nadie puede atravesar el umbral sin pagar un precio. El suyo era la soledad dulce, la compañía de los ausentes y el murmullo de los que aún buscan ser recordados en la marea interminable de la vida y de la muerte.
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