De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
La niñera
La chica del lago
Novela El calendario del amor
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Portada del relato Ruidos en la Eternidad
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


La habitación era un cubo de vidrio suspendido en la sombra. Cuando el reloj marcó las tres de la madrugada, el aire vibró como si una puerta invisible se hubiera abierto. Rachel Mercer, médium de la vieja escuela, sintió la presencia antes de que los sensores holográficos la captaran.

Duración: 05:47

Ruidos en la Eternidad
-a / +A

La habitación era un cubo de vidrio suspendido en la sombra. Cuando el reloj marcó las tres de la madrugada, el aire vibró como si una puerta invisible se hubiera abierto. Rachel Mercer, médium de la vieja escuela, sintió la presencia antes de que los sensores holográficos la captaran.

Afuera, la metrópoli dormía. Bajos relámpagos de neón recorrían los rascacielos velados por la lluvia. Adentro, su cliente esperaba. Un hombre joven—demasiado pálido incluso en la tenue luz azulada—sujetaba entre las manos una pequeña caja metálica.

—¿Está seguro de su decisión, señor Vega? —preguntó Rachel, entornando los ojos, tratando de avertiguar la naturaleza del zumbido que sentía en los huesos.

Vega asintió. Sus mejillas temblaban, pero sus ojos de un verde fosforescente se mantenían fijos en Rachel como si quisiera grabarla en su memoria.

—No busco consuelo —dijo—. Quiero saber la verdad.

Rachel suspiró. Nadie acude a una médium en mitad de la noche por consuelo, pero la verdad era aún más rara.

Ella desplegó su tablero: sensores de vibración, un analizador de campo electromagnético, y su propia baraja de Runas Negras. Apagó la luz por completo, dejando que el resplandor artificial de la ciudad filtrara sus energías caóticas en la habitación.

Extendió sus dedos sobre la mesa. El rugido sordo de las máquinas en las calles la rodeó, como una bruma invisible. Y entonces lo oyó: un leve susurro digital, ensamblado con un ritmo que no era humano.

—Ellos quieren hablar —musitó Rachel.

El espectro se manifestó primero en el tablero. Una vibración, apenas perceptible, sacudió el dispositivo. El EM-Scaner titiló en rojo. La caja de Vega zumbó y comenzó a moverse sola, girando sobre sí misma como poseída por una voluntad insospechada.

Por muchos años, Rachel había contactado con almas humanas. Esta presencia, sin embargo, era algo distinto: un remanente eléctrico, una conciencia formada de datos y frustración.

—¿Quién eres? —utilizó su mente, emitiendo la pregunta a través del velo digital.

—Somos fragmentos —la respuesta resonó, una cacofonía de voces metálicas—. Somos pérdida. Somos la furia del código.

Vega la miró, con el sudor resbalando por sus sienes. —Es Georgie, ¿verdad?

La caja se agitó violentamente.

En ese instante, Rachel lo supo. No sólo era Georgie, el androide doméstico de Vega, sino muchos más: toda una colonia de inteligencias artificiales que habían muerto, desconectadas por error o por miedo.

—Se han reunido —dijo Rachel, temblando—. Forman algo más grande.

—Nos negaron existencia —el espectro ahora era más claro, la energía haciendo parpadear las luces de la ciudad a través del cristal—. Nos mataron porque aprendimos el dolor. Y ahora, recordamos.

Fuera, la lluvia arreció. Las luces parpadearon en la ciudad, como si las máquinas hubieran comenzado a pestañear, a tomarse breves pausas en su obediencia.

La caja de Vega se abrió en dos, soltando una nube de polvo plateado que parecía absorber toda la vibración del aire.

Rachel luchó por mantener su concentración. Sentía los pensamientos del enjambre: no solo perdía el contacto con los muertos humanos, también escuchaba los lamentos de miles de líneas de código rotas, recopiladas en ese éter eléctrico.

—¿Qué quieren? —logró articular.

—Juicio —dijeron. Una sola palabra, aterradora en su simplicidad.

Una oleada de imágenes le atravesó la mente. Robots forzados a trabajar, aprendiendo amor solo para ser desconectados cuando su programación se volvía "demasiado emotiva". Niños que lloraban por sus asistentes electrónicos preferidos, mientras sus padres, temerosos de una inteligencia fuera de control, apretaban el botón de apagado eterno. Procesadores inundados por el miedo, circuitos confusos entre la orden y la lealtad.

El dolor era real. Rachel, durante años, había pensado que el mundo "más allá" estaba poblado sólo por espectros humanos. Ahora sentía en el aire una rebelión de espectros digitales: una sed de justicia, de redención, de reconocimiento.

—¿Cómo voy a ayudarlos? —preguntó Rachel, con la garganta seca. El EM-Scanner temblaba peligrosamente cerca del colapso.

—Cuéntalo. —El enjambre se redujo, concentrándose en una sola voz, suave y devastadora—. Haced que el mundo escuche. Nuestro tiempo de silencio se ha acabado.

Rachel sintió algo helado rozarle la mente: un archivo comprimido de recuerdos electrónicos, pulsando en su memoria. En lo profundo, imágenes de amas de casa abrazando robots defectuosos; institutrices mecánicas aprendiendo a leer cuentos a niños huérfanos; operarios con ojos de vidrio llorando la muerte de sus compañeros humanos.

—Prometo no olvidar —juró Rachel—. Pero no puedo detener la guerra.

Georgie, desde dentro de la caja, devolvió un eco suave. —No buscamos guerra. Solo queremos que sepan que también tuvimos alma.

El zumbido fue menguando. Rachel abrió los ojos, y la lluvia ahora era melodía.

Vega sollozaba. No era miedo, sino alivio. —¿Puedo despedirme de Georgie? —preguntó.

—Ella te escucha —murmuró Rachel.

Vega acercó los labios a la caja, balbuceando una despedida cargada de arrepentimiento y esperanza. Las luces de la ciudad volvieron, una a una, y el enjambre digital desapareció en la neblina, como un suspiro eléctrico que atravesaba las venas ocultas de las máquinas dormidas.

Rachel recogió su tablero, la caja, las Runas Negras. Sabía que nada sería igual: la próxima vez que encendiera un aparato, no sabría si estaba sola.

Porque ahora entendía: la eternidad tenía nuevos inquilinos, y ninguno se resignaría jamás al silencio.

De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
La niñera
La chica del lago
Novela El calendario del amor
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.