Fragmento:
Dentro, la penumbra era moneda corriente. No encendía aún la luz, prefería el eco familiar de sombras, como si éstas comprendieran mejor la carga de su vida. Judith cerró la puerta sin mirar atrás, sostuvo la respiración y llamó en voz muy baja: “Estoy en casa”. Nunca había dejado de hacerlo, desde el día en que su madre se despidió en ese mismo umbral. Era un ritual, tanto consuelo como condena.
Duración: 05:47
Era noche cerrada cuando Judith ascendió los 47 escalones que conducían al apartamento 6B de la calle Villiers. Una fragancia antigua empapaba el aire, un suspiro de lavanda y algo más denso, casi como hueso mojado. El pasillo parecía respirar con ella, y el leve crujido de la escalera recordaba voces que no alcanzaban a delimitar palabras. Sus manos temblaron apenas al buscar la llave en su bolsillo de terciopelo, y se repetía, como una letanía, que solo eran nervios, que nada la esperaba allí salvo la memoria cruel de los días perdidos.
Dentro, la penumbra era moneda corriente. No encendía aún la luz, prefería el eco familiar de sombras, como si éstas comprendieran mejor la carga de su vida. Judith cerró la puerta sin mirar atrás, sostuvo la respiración y llamó en voz muy baja: “Estoy en casa”. Nunca había dejado de hacerlo, desde el día en que su madre se despidió en ese mismo umbral. Era un ritual, tanto consuelo como condena.
Se quitó el abrigo, lo dobló con precisión casi mecánica, y fue entonces cuando sintió el primer cambio: un temblor sutil en el aire, como si la atmósfera hubiera esperado su llegada para animarse, para recomponerse en torno a su corazón exhausto. Judith paseó la mano por la pared, tanteando hasta encontrar el interruptor antiguo, consciente de la tela fría de la oscuridad contra su piel. La luz titiló, como indecisa, y pareció empujar las tinieblas hacia los rincones.
Allí, en el salón donde los relojes nunca marcaban la hora exacta, aguardaba la mesa de madera barnizada, yerma salvo por sus cartas y ese cuaderno de tapas gastadas —el registro de sus consultas, los nombres, las voces, los deseos irrepetibles que buscaban a los muertos a través de ella. Judith había aprendido, demasiado joven, que el deseo podía ser una trampa: los vivos, hambrientos de respuestas, no reparaban en que a veces el silencio era un regalo.
Se sentó y esperó. Era su costumbre no forzar la llegada de nada, sólo permitirse existir en ese gris interludio en que el velo se hacía delgado. Era así, siempre: la emoción punzante de una presencia, algún dedo gélido rozando la nuca, o la certeza incorpórea de un nombre que no era el suyo. Esta noche, la soledad parecía distinta. Casi amable. Siendo sinceros, era aquella la única compañía constante que Judith conservaba.
El cliente tardó en llegar. Tocó con discreción, tres golpes secos y después uno más largo, como una firma olvidada. Judith abrió y se encontró con un hombre de rostro difuso, edificado a partir del cansancio y la determinación. Tenía los ojos tan oscuros como las madrugadas que ella pasaba despierta. No dijo su nombre. No necesitaba. Los que acudían a ella solían ser fragmentos de sí mismos, harapos de deseo y miedo, ansiosos por una palabra de consuelo, por una respuesta.
El ritual comenzó, como siempre, con la vela dorada y la copa de cristal. El hombre sostuvo ambas con la timidez de quien teme quebrar el mundo. Judith apoyó sus manos sobre la mesa y cerró los ojos, rindiéndose al oleaje invisible de promesas y despedidas. Los minutos se hacían elásticos y crujiendo a su alrededor, hasta que un suave siseo traspasó el umbral. Era ese instante, la frontera entre lo real y lo otro. El hombre exhaló, y Judith lo siguió, dejando que su voz se colara por una rendija invisible: “Dime lo que buscas”.
El hombre también cerró los ojos. “No quiero saber nada”, murmuró, “sólo escúchala si viene”. Judith, señora de atajos y abismos, asintió. No hacía preguntas innecesarias. A su alrededor, la penumbra vibró y la vela se ladeó, humillada ante la fuerza de una brisa que no era de este mundo.
Lo siguiente fue un susurro, una sílaba —S, como el principio de un nombre, como el rumor del mar en una concha. Judith lo tomó y lo llevó más lejos, sintiendo el peso de una memoria que no le pertenecía: una risa infantil, el escozor de una medicina, un aroma a pan caliente en la mesa de una cocina. El hombre tembló un poco, y una lágrima le cayó, casi con vergüenza, deslizándose por el vello de su mejilla.
“Perdón”, dijo la voz, y era un timbre de niña, roto y triste. El hombre gimió y el aire se llenó de algo ácido, de una ausencia tan brutal que a Judith le costaba respirar. Pero no retrocedió: mantuvo el canal abierto, acarició con el alma las grietas del salón, y dejó que el encuentro se tejiera. Así era siempre: el dolor como puente, las palabras como eco.
Minutos, tal vez horas, y las voces se deshilacharon, como agua entre los dedos. El hombre lloró en silencio, agradecido y roto, y cuando la puerta se cerró tras su marcha, Judith quedó encogida, exhausta, como si en cada sesión una parte de su vitalidad quedara eternamente del otro lado.
Después, el apartamento se llenó de la luz tenue de la lámpara, y en el rincón donde el polvo formaba constelaciones sobre los libros, una silueta diminuta parecía ampararla en su vigilia. Judith supo, con la misma certeza de la pérdida, que la niña aún buscaba a su padre, que la tristeza era más antigua que la muerte.
Y así, mientras el reloj ignoraba el paso del tiempo en la pared, Judith repasó la lista de nombres en su cuaderno, imaginando cada historia, cada voz. Sabía que el precio de tender puentes era arriesgarse a olvidar la propia carne y sangre, a volverse ella misma solo un eco, un susurro, una presencia entre dos mundos.
Cerró los ojos, recordando la frescura de la infancia cuando veía a su madre conversar con los que ya no estaban, preguntándose si en algún futuro serían otros los que la invocaran a ella, y si acaso habría algo del otro lado dispuesto a tenderle la mano cuando el velo finalmente cayera para siempre.
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