Imaginen, si pueden, ese breve instante de silencio absoluto que se produce justo antes de que una verdad terrible salga a la superficie. A veces, esa verdad no tiene forma concreta; otras, tiene más peso que el vacío mismo. Lawrence Delray lo sabía demasiado bien, y por eso fumaba, por eso bebía, por eso no podía soportar la soledad de su departamento en la calle Morland.
El teléfono antiguo en la mesilla junto a la cama lo conectaba con el resto del mundo, aunque a menudo parecía que las únicas llamadas que recibía no eran de éste. Él era un intermediario –un Medium, si usamos la etiqueta habitual– pero para Lawrence, el título era una carga, un recordatorio de aquello que no podía ignorar. Esa noche, el hielo en el vaso de whisky tintineó apenas, y antes de beber miró por la ventana como si esperara ver ahí el rostro de su condena.
A las dos y diecisiete en punto, el timbre del teléfono quebró el silencio. Lawrence sostuvo el auricular y escuchó la voz. No era humana. Tampoco era inhumana. Era algo antiguo, algo que llevaba ecos de otro siglo, una melancolía tan profunda que le dolían los huesos solo de oírla.
—¿Lawrence Delray? –preguntó la voz, cada palabra perfectamente articulada, y sin embargo… temblorosa, quebrada–. ¿Puedes oírme?
Lawrence no respondió de inmediato. Sentía una presión en el pecho, el mismo tipo de presencia que precedía a una aparición.
—Te escucho. ¿A qué has venido?
La voz vaciló. Un crujido, como pergamino viejo.
—Estoy buscando algo que se perdió hace mucho. Una deuda que debe pagarse. Ellos me enviaron.
Lawrence apretó los dientes. Sabía que Pragall, su guía –ese espíritu cruel y elegante que lo protegía del exceso de luz y sombra– no estaba cerca esa noche. El aire olía a humedad y a flores muertas.
—¿Quiénes son ellos? –preguntó, aunque conocía bien la respuesta; en su oficio, el “ellos” casi nunca tenía naturaleza positiva.
Las luces en la habitación palidecieron por un momento. El whisky le supo repentinamente agrio; una gota descendía por el cristal.
—¿Puedes verlos? –preguntó la voz, y esta vez sonaba más presente, más peligrosa.
Lawrence ladeó la cabeza. A su alrededor, las formas comenzaron a distorsionarse. No eran exactamente sombras, sino manchas de algo más denso que la oscuridad: lugares dentro de la realidad donde faltaba el tiempo.
—Claro que sí –susurró. Le dolía la garganta–. Siempre puedo verlos.
Hubo una pausa. Luego vino una risita baja, la clase de risa que podría producir un ángel aburrido, o un demonio ardiendo en la desesperación.
—Se están acercando. Esta vez, Lawrence, no te protegerán las palabras ni tus baratijas.
Afuera, el viento cambió de dirección. Había algo insólitamente frío en los movimientos del aire. Lawrence se levantó de la cama y caminó a la sala, sosteniendo todavía el teléfono, aferrado al cable como si fuera un cordón umbilical. En la penumbra reconoció las siluetas de los visitantes: figuras translúcidas, cada una atrapada en un ciclo infinito de agonía y deseo, condenadas a vagar por los resquicios del mundo tangible.
—¿Qué quieren esta vez? –preguntó, incapaz de ocultar el temblor en su voz.
—Quieren recordar. Quieren ser recordados –dijo la voz, y un destello de luz azul iluminó una esquina de la sala, donde la fotografía de su madre había comenzado a deslizarse por la pared, como si manos invisibles la empujaran hacia el suelo.
Lawrence sabía que debía negociar. Eso era lo que hacía: escuchar, mediar, prometer, traicionar si era necesario. No había pureza en su trabajo, sólo supervivencia.
—¿Qué memoria buscan? –inquirió.
—La noche de la gran puerta –dijo la voz–. Lo que tú viste y nunca contaste.
Se le revolvió el estómago. Su mente voló, sin quererlo, a ese otro invierno, aquel sótano iluminado por velas, con la sangre secándose en los marcos de las ventanas y los cánticos aún vibrando en el aire. Lo que había presenciado aquella noche era más grande que cualquier exorcismo, más turbio que cualquier pacto: había visto cómo la piel del mundo se rompía y algo miraba a través de la herida.
—No puedo contarlo –susurró.
—Deberás hacerlo. Si no, vendremos una y otra vez, y no sólo a ti.
Lawrence cayó de rodillas. No existían santos para los suyos, nadie a quien rezar. Miró sus manos manchadas de whisky y recuerdos y pronunció, casi sin voz, el secreto. Las palabras olvidadas llenaron la sala. El viento se calmó. Las figuras se detuvieron, como si hubieran encontrado algo en su letárgico afán.
—Ahora entiendes –dijo la voz, más baja, menos amenazante–. Lo que niegas te encontrará. Aquí, allá, en cada rincón que dudes olvidar.
La comunicación se cortó. El teléfono cayó al suelo con un golpe blando. Lawrence quedó en silencio absoluto, el peor de todos.
Esa noche, alguien más moriría con la boca abierta, sin explicación, una víctima de aquello que Lawrence había liberado sólo con recordar. Desde la ventana, la ciudad parecía inalterada, pero él sabía que en sus calles andarían, invisibles, nuevos portadores del secreto. Porque eso era ser Medium, al final: ser testigo y ser cómplice de la memoria ajena, cargar con lo que no debía ser dicho, y pagar, tarde o temprano, el precio del recuerdo.
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