Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Edición limitada de la novela Anatema.
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Portada del relato Sombras en el ascensor
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Fragmento:


Subió por la escalera porque el ascensor, decían, nunca respondía a medianoche. A cada peldaño, los muros parecían cerrarse. En el tercer piso empezó a notar un aroma dulzón, persistente, como de perfume barato mezclado con humedad. A lo lejos, resonó un tintineo, como si alguien agitara unas llaves o una pulsera de plata. Anton siguió el sonido, en parte desafiando su propia lógica; algo en su piel le advertía que retrocediera, que saliera corriendo a la calidez del bar donde lo esperaban.

Duración: 03:26

Sombras en el ascensor
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En las hendijas imaginarias de una ciudad como cualquier otra –donde las farolas titilan noche tras noche, y los taxis dejan halos de luz sobre la acera mojada– existen grietas por las que se escabullen historias, a veces más reales que la memoria misma. Esta es una de esas historias, transmitida como un susurro sobre copas en bares con demasiada penumbra, o entre amigos cuando la noche se ha vuelto tan profunda que la cordura parece haberlos abandonado. Siempre empieza distinto, pero su final, dicen, es ineludible.

Todo comenzó con una apuesta. Anton, cuyo cabello ya exhibía las primeras canas de una juventud gastada, aceptó el reto de sus compañeros de oficina: cruzar el viejo edificio de la calle Torino, justo a medianoche. Era uno de esos colosos setenteros, en perpetua amenaza de demolición, cuya reputación incluía rumores de desaparecidos y un conserje mudo que parecía conocer más de lo que admitía. En la planta baja, una placa oxidada rezaba “Prohibido el paso después de las 23”, pero esa noche, tras un brindis torpe y risas que apenas disfrazaban el miedo, Anton empujó la puerta giratoria y se sumergió en el vaho polvoriento del vestíbulo.

Subió por la escalera porque el ascensor, decían, nunca respondía a medianoche. A cada peldaño, los muros parecían cerrarse. En el tercer piso empezó a notar un aroma dulzón, persistente, como de perfume barato mezclado con humedad. A lo lejos, resonó un tintineo, como si alguien agitara unas llaves o una pulsera de plata. Anton siguió el sonido, en parte desafiando su propia lógica; algo en su piel le advertía que retrocediera, que saliera corriendo a la calidez del bar donde lo esperaban.

Cruzó el largo pasillo y, frente a la puerta 411, el perfume se hizo más intenso. Giró el pomo. El interior de la habitación era austero, con una ventana entornada que dejaba pasar el resplandor naranja de la calle. Allí había una mujer sentada en la cama, vestida con un camisón antiguo, los pies descalzos apenas rozando el suelo. Ella nunca lo miró directamente, pero Anton sintió cómo una humedad helada le calaba los huesos. Intentó hablar, pero su voz fue devorada por la quietud.

El tintineo provenía de su muñeca: una pulsera con pequeños dijes de cristal. La mujer giró el rostro hacia la ventana. Susurros, apenas audibles, llenaron la estancia, como si decenas de voces hablaran todas a la vez desde el otro lado del muro. Fue solo entonces que Anton comprendió—sin lógica ni pruebas, pero con una certeza inviolable—que ella no era una aparición, ni un producto de su imaginación. Era un remanente, una franja de memoria detenida justo en ese instante.

Intentó retroceder, pero la puerta no cedía. La mujer habló finalmente, y su voz era la suma de todas las voces anteriores: “No debiste elegir la medianoche”. La pulsera tintineó más fuerte, y Anton sintió que la sombra del lugar se le adhería a la espalda como un manto húmedo. La luz de la farola titiló otra vez, y la noche se hizo aún más profunda.

Dicen que a la mañana siguiente el conserje mudo encontró la puerta giratoria semiabierta, el aire saturado de un perfume imposible de identificar. De Anton, nunca se volvió a saber. Salvo, quizás, por aquellos que, en noches demasiado largas, al cruzar la esquina de Torino, dicen oler una fragancia inquietante y escuchar, a lo lejos, un tintineo insomne que parece venir de la última esquina iluminada.

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