Fragmento:
El rumor me llegó como suelen llegar los mitos: envuelto en la vaga niebla de una conversación sobre el ocaso, mientras la ciudad, esa gran maquinaria de sueño y fatiga, comenzaba el ritual de sus luces. Se decía –o se susurraba, más bien– que en la vieja calle Concordia, o en alguna de sus derivaciones apócrifas, había una casa que, aún a plena luz, parecía negarse a ser plenamente descubierta. El paso del tiempo le había dado una pátina inmemorial, y su puerta, de madera gastada, estaba cubierta por grabados que no pertenecían a ningún idioma y, sin embargo, susurraban a la imaginación el eco de una lengua primigenia.
Duración: 05:00
Si me he aventurado a consignar para la posteridad esta historia, no es por orgullo, ni siquiera por la vanidad taimada que me atribuyen –con acierto, por cierto– algunos amigos de juventudes idas. Lo hago, quizá, como quien deja un testamento, como quien, sabiendo que en las palabras anida la memoria y en la memoria el sino de toda existencia, arroja su voz al pozo ciego del tiempo naciente.
El rumor me llegó como suelen llegar los mitos: envuelto en la vaga niebla de una conversación sobre el ocaso, mientras la ciudad, esa gran maquinaria de sueño y fatiga, comenzaba el ritual de sus luces. Se decía –o se susurraba, más bien– que en la vieja calle Concordia, o en alguna de sus derivaciones apócrifas, había una casa que, aún a plena luz, parecía negarse a ser plenamente descubierta. El paso del tiempo le había dado una pátina inmemorial, y su puerta, de madera gastada, estaba cubierta por grabados que no pertenecían a ningún idioma y, sin embargo, susurraban a la imaginación el eco de una lengua primigenia.
Nadie recordaba quién la había habitado originalmente. Los más viejos aseguraban que sus abuelos evitaban pasar frente a ella después del crepúsculo, y los más jóvenes, entregados al escepticismo de la razón moderna, sólo la miraban de reojo, como quien quiere pensar en otra cosa. Pero los rumores persistían: ecos de una risa apagada, pasos en la madrugada, un fulgor inexplicable escapando por las rendijas de la persiana.
Fue don Evaristo, un caballero de traje oscuro y bigote sepulcral, quien, atendiendo a mi inconfesable deseo de descubrir lo prohibido, me relató la historia con la gravedad que se reserva a las cosas esenciales. Había en la casa, aseguraba él, algo más que madera y ladrillo; y la advertencia en sus ojos no se dirigía a la razón, sino a aquello que repta en los umbrales del sueño. “Quien entra allí, no sale igual”, susurró, y en ese susurro anidó el irresistible veneno de la curiosidad.
Ignoré –como tantos otros– las advertencias. Una noche en que la niebla crecía en las veredas, dejando a la ciudad entre real y onírica, decidí penetrar el umbral de la susodicha morada. A mi paso, la verja de hierro rechinó, como saludando el insensato valor de los necios o la resignada valentía de los condenados. Una vez dentro, lo primero que percibí fue el olor: mezcla de humedad antigua, libro carcomido e incienso consumido hasta la última gota.
La sala principal estaba, contra mis expectativas, ocupada por una mesa larga e interminable. En ella, dispuestas con precisión ritual, yacían diecisiete velas apagadas y un servicio de cubiertos para igual número de comensales invisibles. En los muros, espejos de marcos imposibles devolvían un reflejo distorsionado de mí mismo, sugiriendo que mi presencia había multiplicado, de repente, la cifra exacta de entidades en la sala.
Tuve la certidumbre, horrible y difusa, de que no estaba solo. Las velas, sin ser encendidas, comenzaron a teñirse de un brillo irreal, como si una luz extraterrena las habitara por dentro –o como si irradiaran la luz de una memoria olvidada. Recuerdo haber escuchado mi nombre, pronunciado no en voz alta, sino en aquel idioma de los sueños, de los Vedas y de los oráculos equivocados.
En ese momento –¿un segundo, un maelstrom de horas?– la mesa comenzó a poblarse. Figuras semi-transparentes, vestidas con ropajes de distintas edades y geografías, tomaron asiento. La mayoría evitaba mirarme, otros sonreían con una mueca que no era del todo humana. Uno de ellos, anciano y ciego, repitió mi nombre y señaló el único asiento vacío junto a la cabecera.
Tomé asiento, empujado por la sensación irreversible de ser ahora parte de una ceremonia sin nombre. Los platos comenzaron a llenarse de manjares indescriptibles; el aroma era embriagador, y tuve la extraña certidumbre de haber probado esos sabores en sueños imposibles de recordar al despertar. El anciano alzó su copa y brindó: “Por la memoria de lo que hemos sido.” Entonces, uno a uno, comenzaron a relatar sus historias, y cada relato era un espejo de otro, una rememoración tan precisa que los límites entre realidad y sueño, entre yo y el otro, se disolvieron.
Las paredes se desvanecieron y comprendí, con el terror de los iluminados, que la cena se repetía eternamente, que los invitados cambiaban de rostro y de nombre, pero siempre regresaban. Comprendí, finalmente, la naturaleza de la casa: era el umbral donde la ciudad recordaba a los que habían sido olvidados. La leyenda –esa memoria de lo indecible– no era sino el modo en que la casa llamaba a nuevos comensales.
Al salir, sentí que algo había cambiado en mí. Como si una fracción de mi ser hubiera quedado allí, sentada a la mesa, esperando a narrar mi propia vida como si fuera ya, sólo, una leyenda urbana repetida infinitas veces en la noche de la ciudad.
Y aprendí, en esa noche interminable, que la curiosidad no es sólo el vicio de los hombres, sino la condena y el alimento de los fantasmas.
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