Fragmento:
Noé Ávila era un hombre absolutamente sobrio, de esos que nunca trasnochan ni sueñan despiertos, y aún así salió a la calle a las dos y once de la madrugada, empujado por una punzada inexplicable. Dijo, y juraría bajo amenaza de tentáculos o deudas, que no podía dormir y que necesitaba aire. Salió con pantuflas, olvidando el teléfono, apenas recordando su propio nombre. Bajó por la escalera como si en cada peldaño perdiera peso, hasta que la ciudad lo recibió como un río recibe a una hoja: sin juzgar ni detenerla.
Duración: 04:17
No era exactamente una noche oscura y tormentosa, aunque no hubiera estado fuera de contexto encontrar relámpagos dibujándose en los cielos de la ciudad. Era, más bien, una de esas noches viscosas, en las que el aire parece saberse portador del secreto de un asesinato y los semáforos parpadean más lento, como sumidos en una modorra malévola sobre la Avenida Tobalaba. Los edificios antiguos relucían con una pátina indefinible, y las farolas, en lugar de combatir la oscuridad, la acariciaban con una luz naranja y sucia, invitando a la penumbra a entrar. Solo entonces, cuando la ciudad cierra sus puertas y hace la vista gorda ante el pánico menor, empiezan su desfile las figuras que nunca aceptarán un lugar en la realidad consensuada.
Noé Ávila era un hombre absolutamente sobrio, de esos que nunca trasnochan ni sueñan despiertos, y aún así salió a la calle a las dos y once de la madrugada, empujado por una punzada inexplicable. Dijo, y juraría bajo amenaza de tentáculos o deudas, que no podía dormir y que necesitaba aire. Salió con pantuflas, olvidando el teléfono, apenas recordando su propio nombre. Bajó por la escalera como si en cada peldaño perdiera peso, hasta que la ciudad lo recibió como un río recibe a una hoja: sin juzgar ni detenerla.
Las esquinas, a esas horas, rezuman un idioma propio, y fue en el cruce de Echeverría con J. J. Prieto donde se detuvo, súbitamente seguro de que tenía que mirar a su derecha. Allí, como si siempre hubiera estado, surgió una mujer alta, vestida de blanco y de una palidez tan profunda que la luz de las farolas parecía devorada en el contacto con su piel. Caminaba sin moverse, como si los pasos levieran la acera tras ella, y Noé sintió ese frío desolador que sólo conoce alguien que ha sobrevivido a una operación donde despierta de la anestesia antes que el cuerpo.
La mujer llevaba la cabeza gacha, pero desde debajo de su velo surgían dos ojos de un azul tan helado como un lago nórdico. Se detuvo frente a Noé y, sin embargo, él juraría que nunca la tuvo verdaderamente enfrente, ni siquiera dentro de las mismas coordenadas. Era una presencia de esas que, como la culpa, pueden convivir años con uno sin ser vistas y, de pronto, asaltan el pecho con cuchillos de memoria.
Nadie diría que Noé era cobarde, pero sí conocía esa frontera donde uno debe preguntarse si la valentía sirve de algo. Cuando la mujer levantó una mano descarnada, tocó su mejilla y le susurró al oído un nombre –nunca supo si era el suyo–, Noé sintió que algo en su interior se desenroscaba, como una serpiente largamente contenida. Cuando abrió los ojos, no quedaba rastro de la figura, solo la huella de la palma, fría y húmeda tal como el centro de una tumba recién abierta.
La historia no terminó allí, por supuesto. Desde esa madrugada, Noé supo que estaba maldito. Un olor a ceniza suspendía el aire de su departamento, por mucho que ventilara y fregara hasta la extenuación. Empezó a ver destellos pálidos en los espejos, en todas partes donde el reflejo pudiera mentirle al tiempo. Veía a la mujer blanca en el vagón vacío del metro, entre los resplandores en las ventanas de las oficinas de noche, en la página en blanco de su computadora antes de escribir su nombre de usuario.
Lo peor fue cuando descubrió, al séptimo día, la grieta en la pared roja del salón. Era una grieta delgadísima, reciente, que no se extendía más de dos centímetros, pero desde la primera vez en que posó los ojos sobre ella, notó algo inquietante: la misma mano que lo había tocado aparecía calcada, levemente translúcida, como si el yeso fuera ahora una suerte de piel. Un cosquilleo subía por su nuca cada vez que miraba la grieta, porque intuía que no era solo un desperfecto: era una entrada.
Al atardecer del noveno día, el corazón de Noé empezó a latirle más despacio, como si el reloj vital lo abandonara para alinearse con otro ritmo, uno que venía de dentro de la pared y de todos los espejos del mundo. Afuera, la ciudad seguía viviendo su coreografía sin importar las tragedias individuales. Pero Noé –la mano fría aún impresa en la piel, la grieta cada vez más abierta, los ojos azules acechando cada superficie reflectante– supo con la certeza de los locos que estaba condenado a un exilio de la vigilia, una soledad sin lenguaje.
La leyenda de la Dama de las Sombras Blancas se extendió entonces de boca en boca, desvirtuada por cada narrador, adornada hasta la extenuación. Dicen que si la ves en una noche sin luna y te toca la mejilla, tienes poco más de una semana antes de que la grieta aparezca en tu vida, en tu pared roja o en tu reflejo matutino, y que en ese tiempo, nada será como antes. Otros aseguran que basta con mirar a un extraño en la madrugada, y entonces compartirás su maldición sin remedio ni confesión posible. Pero entre todo el rumor, nadie habla del aroma a ceniza, de la grieta palpitante, de los ojos helados que acechan bajo la apariencia de cada objeto inerte. Eso, los que lo han vivido, prefieren no contarlo, como si aún esperasen, en secreto, que la Dama decida pasar de largo la próxima vez. Aunque todos saben que, cuando llega, jamás vuelve atrás.
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