Fragmento:
Esteban se convencía: “Nada hay bajo la farola, nada tras las puertas viejas.” Pero esa noche aún le vibraba la cabeza del alcohol, y la soledad pesaba en el aire pegajoso. Entre songos y juramentos, su sombra fue creciendo hasta doblar una esquina, y al hacerlo, el susurro le alcanzó. Era un murmullo, suave, un roce de hilos contra tela. No vio nada al principio, solo esa columna de luz y polvo bajo la farola que no parpadeaba nunca. Siguió caminando, y la brisa arrastró el olor a alcanfor y lavanda rancia.
Duración: 03:13
No hay rincón en la ciudad que no conozca la leyenda de Olga, la costurera. Dicen que el eco de sus tijeras sigue resonando por los adoquines entre la plaza desierta y el túnel del Metro que ya nadie usa. Solo los borrachos y los desvelados se atreven a pasar cerca del portón viejo cuando el viento de octubre silba como un alfiletero desbordado. Quizá fue el insomnio, el escepticismo o esa necesidad tonta de comprobar el miedo lo que llevó a Esteban sobre sus pasos aquel viernes por la noche, cerrando bares y cuentos a medio terminar.
Esteban se convencía: “Nada hay bajo la farola, nada tras las puertas viejas.” Pero esa noche aún le vibraba la cabeza del alcohol, y la soledad pesaba en el aire pegajoso. Entre songos y juramentos, su sombra fue creciendo hasta doblar una esquina, y al hacerlo, el susurro le alcanzó. Era un murmullo, suave, un roce de hilos contra tela. No vio nada al principio, solo esa columna de luz y polvo bajo la farola que no parpadeaba nunca. Siguió caminando, y la brisa arrastró el olor a alcanfor y lavanda rancia.
En la esquina aguardaba una figura, mujer pequeña de moño apretado y mandil usado, cosiendo y cortando con movimientos tan precisos que el aire parecía temblar. La cara de Olga, decían los antiguos, no tenía arrugas de expresión, solo la fatiga de eternas vigilias. A quien encontrara en su ruta, le ofrecía elegir entre tres agujas: una de plata, una de cobre y una negra opaca. La voz era grave y serena: “Elige la tuya, y su tela será tuya también.”
Esteban, sin miedo, se acercó. Quiso tomar la de plata, pero su mano tembló y alcanzó la de cobre. Olga le sonrió con una mueca que era risa y reproche. “Para remendar noches, la de cobre solo cose recuerdos”, le susurró. Antes de poder devolverla, sintió un frío súbito en el estómago. La costurera le mostró un tapiz diminuto, donde rostros familiares y ajenos bailaban en una danza tejida con hilos finísimos.
En el retal, Esteban vio la cara de su madre, el primer beso robado, y la sombra de un perro que nunca volvió. Pero el tapiz terminó en blanco, justo cuando la imagen de una mujer hermosa levantaba la mano para saludar y se disolvía entre pliegues sin coser. Tiró de la aguja, queriendo terminar su historia, pero solo consiguió enredar los hilos en su garganta. Olga le miraba con los ojos de quien ya ha visto todo. “Solo tienes una puntada para unir el futuro”, dictó, y al clavar la aguja, Esteban cayó de rodillas, incapaz de recordar si había amado suficiente, si había reído lo imprescindible.
Esa noche volvieron a cerrar los bares, pero nadie echó de menos a Esteban hasta días después. Algunos aseguran haber oído sus pasos, lentos y sonámbulos, buscando todavía la costura que le devuelva a la historia. Otros dicen que la costurera ha añadido un nuevo hilo cobreado a su tapiz, cruzando el umbral entre la esquina y el olvido, justo bajo la farola donde la noche nunca se apaga y los insomnes van a buscar el sueño. Nadie encuentra ya allí su camino, pero entre el viento y el polvo, los que deambulan pueden oír el leve chasquido de una tijera tras el portón, remendando retazos de vidas que se perdieron antes del alba, en la noche interminable del bucle.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.