La niñera
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Portada del relato La biblioteca del sauce negro
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Fragmento:


No diré su ubicación exacta, porque hay afirmaciones que bifurcan demasiado nítidamente el destino de sus oyentes. Se cuenta de una muchacha, Corina, capaz de citar de memoria las letanías de Poe y de recitar versos en francés con una voz asordinada, como si el tiempo allí se plegara en veladuras líricas. Corina había escuchado a través de los ventanales de un colectivo cómo dos hombres canosos murmuraban sobre "el libro que nunca olvida" guardado en la biblioteca del sauce negro. Inquieta, sin comprender que la curiosidad es en ocasiones la peor forma de imprudencia, partió una tarde silente para buscar el corazón de la fábula.

Duración: 03:46

La biblioteca del sauce negro
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En un descampado de las afueras de Buenos Aires, entre las sombras vegetales de sauces antiguos y nerviosas, se erguía la mansión Adrogué, superviviente indeseada de un siglo que desconfiaba ya de las casas. Cierta gente afirmaba que sólo la noche la reconocía; de día, las flores y el polvo la borraban del recuerdo. Sin embargo, circulaba desde tiempo inmemorial la historia –mitad leyenda, mitad gesto de advertencia nocturna– según la cual la mansión escogía a sus visitantes, desplegando sus corredores, umbrales y manuscritos sólo para los verdaderamente extraviados.

No diré su ubicación exacta, porque hay afirmaciones que bifurcan demasiado nítidamente el destino de sus oyentes. Se cuenta de una muchacha, Corina, capaz de citar de memoria las letanías de Poe y de recitar versos en francés con una voz asordinada, como si el tiempo allí se plegara en veladuras líricas. Corina había escuchado a través de los ventanales de un colectivo cómo dos hombres canosos murmuraban sobre "el libro que nunca olvida" guardado en la biblioteca del sauce negro. Inquieta, sin comprender que la curiosidad es en ocasiones la peor forma de imprudencia, partió una tarde silente para buscar el corazón de la fábula.

La mansión la recibió sin hostilidad, con una resignación pasiva. El vestíbulo duplicaba en cada espejo la figura esbelta y la leve vacilación de Corina. Era uno de esos sitios en que uno cree recordar haber estado ya, antes del primer recuerdo, como si algún sueño o antepasado remoto lo hubiese transitado. Las paredes exhalaban un olor a páginas húmedas; a susurros. La casa, percibió Corina, era un palimpsesto de voluntades extinguidas, de visitantes –lectores, acaso– tragados por la arquitectura de la desesperación.

Siguió un corredor en penumbra, sintiendo –no viendo– que las tiras de luz proyectaban versos en las paredes, versos escritos en alfabetos indescifrables. Finalmente, la biblioteca se abrió ante ella; una catedral profana con estantes delirantes, escalera de caracol y una lámpara circular que parecía, por instantes, latir como un corazón.

No había polvo en los libros; tampoco títulos. Los lomos estaban sellados por símbolos, partes de alfabetos secretos, ideogramas. En el centro, sobre una mesa, yacía un libro abierto, cuyas páginas parecía que se renovaban con cada parpadeo. Corina se atrevió a hojearlo y advirtió que cada página relataba una versión distinta del instante en el que ella misma, bajo diversas formas y nombres, abría ese libro. Algunas versiones la mostraban huyendo y perdiéndose para siempre por pasillos que no existían. En otras, leía y se volvía polvo. Pero en todas, el acto de la lectura se repetía eternamente, como si fuese la condición imprescindible, el peaje del visitante ante el guardián invisible de la mansión.

Se sintió, de pronto, observada por ojos invisibles. La mansión misma parecía respirar a su alrededor, palpitando entre el deseo de ser descubierta y el terror de mostrarse demasiado. Decía mi abuela que los lugares recuerdan más de lo que nosotros esperamos olvidar; Corina intuía que, mientras leía, la casa la leía a ella, almacenando su historia –un minúsculo hilo– en el tapiz interminable de la biblioteca.

Corina fue vista salir de la casa al amanecer. Aun cuando nadie recordaba haberla visto llegar. Siguió durante años murmurando fragmentos de otros libros, otras lenguas; a veces hablaba de bibliotecas sucesivas, una dentro de otra, donde el lector se diluía como el tiempo mismo. Nadie osa ahora buscar la mansión Adrogué. Porque hay quienes aseguran que la casa, como algunas palabras, no existe hasta que alguien la pronuncia, y entonces es demasiado tarde: la historia, o la leyenda, reescribe a quien la busca, y los libros de la biblioteca del sauce negro nunca sueltan una página.

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