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Portada del relato La misteriosa velada en la posada del tuerto McGillicuddy
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Fragmento:


Entonces, como si Dios mismo quisiera burlarse de nosotros, una sombra enorme se materializó en la pared opuesta. Tenía la forma general de un hombrecito con la cabeza grande, ojos altones y pies minúsculos. McGillicuddy balbuceó: —¡Por todos los diablos, ese bicho pretende comunicarse!

Duración: 04:22

La misteriosa velada en la posada del tuerto McGillicuddy
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Era una noche tan oscura que incluso las sombras parecían estar de huelga. Me encontraba en la posada del tuerto McGillicuddy, apurando un vaso (o tres) de ese whisky casero tan fuerte como el aliento de mi tía abuela. A mi alrededor, una concurrencia selecta: dos granjeros, la esposa de uno de ellos y, oculto en una esquina, el propio McGillicuddy haciendo malabarismos con una lámpara de aceite que amenazaba con incendiar tanto la mesa como sus cejas.

Transcurría la conversación con la fluidez usual —es decir, a trompicones y con largas pausas deliberadas— hasta que, de pronto, un destello rojo atravesó el ventanuco. Todos nos quedamos clavados en nuestros asientos, menos la esposa del granjero, que gritó y le echó whisky al fuego. El tuerto McGillicuddy juró que aquello era una señal del espacio, y si hay algo que debo reconocerle a este hombre es su admirable facilidad para encontrar explicaciones cósmicas a los accidentes de la lámpara y los eructos del ganado.

—¡Les juro por lo más sagrado (es decir, mi ojo bueno) que esto ha de ser el preludio del arribo de seres de otros mundos! —exclamó envolviendo la lámpara en su delantal grasiento—. Lo último que necesitaríamos sería tener la posada llena de marcianos exigiendo habitaciones individuales.

La esposa del granjero, que había consumido más whisky del que admitía, aseguró que el destello había sido idéntico al brillo mortal de los botines de charol del párroco. Nadie se atrevió a contradecirla. Las opiniones religiosas siempre tienen cierto peso, y más si se expresan bajo el influjo del alcohol o la paranoia.

Entonces, como si Dios mismo quisiera burlarse de nosotros, una sombra enorme se materializó en la pared opuesta. Tenía la forma general de un hombrecito con la cabeza grande, ojos altones y pies minúsculos. McGillicuddy balbuceó: —¡Por todos los diablos, ese bicho pretende comunicarse!

Uno de los granjeros, hombre práctico y de visión corta, sugirió que simplemente era la sombra de su sobrero colgado sobre el perchero. Pero en ese momento, el viento agitó la cortina y la figura pareció moverse. La esposa gritó de nuevo, el otro granjero se escondió tras un barril (rompiéndolo, lo cual mejoró la atmósfera con olor a sidra) y yo aproveché para llenar mi vaso.

McGillicuddy, tras santiguarse y vendernos la segunda ronda al doble de precio (precaución contra la horda alienígena, según él), comenzó a comunicarse con la sombra usando un código de parpadeos de lámpara tan incoherente que hasta un pulpo epiléptico entendería mejor un telegrama de amor.

La sombra, lejos de responder, pareció agrandarse y, con un movimiento elegante, avanzó por la pared hasta posarse—con inexplicable precisión—sobre el retrato de la difunta tía Mildred de McGillicuddy. El tuerto, visiblemente pálido, declaró que era evidente: los señales del espacio eran una invitación a una partida de cartas con los muertos, y que quien ignorara el mensaje perdería su alma o, peor, el depósito de la habitación.

Envalentonado por el whisky y ajeno al peligro, pregunté: —¿Y si simplemente apagamos la lámpara y dejamos de preocuparnos por la sombra?

McGillicuddy me miró como si acabara de insultar su linaje (lo cual, conociendo a su linaje, tampoco sería sorprendente), pero accedió a regañadientes. Apagamos la lámpara y todos permanecimos en completa oscuridad durante varios minutos, hasta que la esposa del granjero tropezó con una silla y cayó sobre la hogaza de pan, declarando triunfo sobre las fuerzas del mal.

Cuando la luz volvió, la sombra había desaparecido. El destello rojo no regresó, aunque McGillicuddy juró y perjuró que seguiría vigilando, por si acaso las señales espaciales traían consigo a clientes que no hubieran oído hablar de la suba del precio de las habitaciones.

¿Y qué aprendimos de aquella velada? Quizás que hay cosas cuya explicación está más allá de nuestra comprensión; que las sombras pueden convertir una noche anodina en una epopeya de terrores risibles; y que jamás, jamás, se debe subestimar la inventiva de un posadero tuerto con mucha imaginación y poca clientela.

Esa noche me retiré a mi habitación convencido de dos cosas: primero, que el verdadero misterio cósmico era cómo el whisky de McGillicuddy no había terminado aún con la mitad del pueblo, y segundo, que las sombras en la pared, aunque inquietantes, rara vez dejan propina.

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