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Fragmento:


—No… nunca. Perdona, ¿me estabas hablando?

Duración: 05:21

El último pingüino de Wimbledon
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Desde que el universo inventó la expresión "martes por la mañana", los martes han sido perseguidos por una mala fama completamente inmerecida. Este relato no tiene absolutamente nada que ver con eso. Pero lo hemos mencionado al inicio para disuadir, desde ya, a cualquier lector que busque explicaciones lógicas, argumentos razonados y, en general, menos caos del habitual. Dicho esto, presentemos a nuestro protagonista: Byron Smithe, cuyo talento más celebrado consistía en perder el hilo de cualquier conversación, incluido —esto es importante— monólogos internos.

Byron vivía en un diminuto apartamento programado para autolimpiarse una vez al mes, o una vez cada vez que Byron recordaba dónde había dejado el manual de instrucciones. Sus pertenencias podían describirse con palabras tan poéticas como "polvorientas", "olvidadas" o, más frecuentemente, "eso que está detrás del sofá y emite ruidos por la noche". Entre todos sus objetos destaca una silla, no por su comodidad, sino por su absoluta falta de confianza en sí misma.

La silla, de nombre Geoffrey (porque alguien, en algún momento, había tenido sentido del humor y un rotulador permanente), pasaba los días preguntándose: "¿Soy una silla, o un artefacto temporal de tortura lumbar? ¿Si nadie se sienta en mí, existo realmente?". Byron, como buen adulto, también se hacía preguntas existenciales, pero principalmente relacionadas con el contenido del refrigerador y la misteriosa desaparición de sus calcetines.

Una noche de martes, tras una larga y decepcionante jornada en la Oficina para la Catalogación Universal de Cosas Medianamente Importantes (o, en su acrónimo, OCUCMI, tan impronunciable como innecesaria), Byron decidió que tenía derecho a cenar algo que no supiera a arrepentimiento y plástico quemado. Abrió el frigorífico y estudió intensamente dos yogures, ambos vencidos, pero éticamente viables según el Código de Byron para Supervivencia. Mientras deliberaba cuál sería menos letal, la silla decidió intervenir.

—Byron —dijo la silla, utilizando los resortes de su respaldo para crear un tono grave, como intentando sonar sabia—. ¿Alguna vez te has preguntado si los muebles juzgan a sus dueños?

Byron, acostumbrado a que sus electrodomésticos le ignorasen, tardó ocho segundos en responder, lo que, en realidad, es un tiempo récord para Byron.

—No… nunca. Perdona, ¿me estabas hablando?

—Por supuesto. Y lo he estado haciendo los últimos cuatro años, pero parecías muy ocupado no escuchando.

Byron se encogió de hombros, aceptando la posibilidad de que una silla parlante era, quizá, un síntoma tardío de la intoxicación por yogur vencido.

—Tienes voz bonita, Geoffrey —acertó a decir Byron, sin saber exactamente por qué.

—Gracias. Todos dicen que mi madera de abeto aporta una resonancia única. Pero a veces siento que nadie aprecia mi esfuerzo. Haces crujir todas mis esperanzas cada vez que te sientas sobre mí con ese aire de derrota.

Byron contempló su relación con Geoffrey con una punzada de remordimiento, lo que en él equivalía a una ligera elevación de ceja.

—¿Qué necesitas para sentirte apreciada? —preguntó Byron, intentando empatizar, al menos por esa noche.

—Un cojín decente para empezar. Este color mostaza me hace sentir vulgar. Y tal vez alguna conversación menos monótona.

En ese preciso instante, entró en escena una lámpara nerviosa (cuyo interruptor de encendido/apagado estaba en huelga) y un cactus que, tras dos semanas sin agua, había desarrollado dotes de sarcasmo.

—Disculpad —interrumpió la lámpara—, pero preferiría que bajaran la intensidad de las charlas filosóficas. Si me hago demasiadas preguntas existenciales, empiezo a parpadear sin control.

El cactus, seco, pero digno, se inclinó hacia Byron y sentenció con voz de western polvoriento:

—Mientras discutís la esencia del mobiliario, a mí me están saliendo raíces en lugares donde ningún vegetal debería. ¿Podrías revisar mi tiesto, por favor?

Byron se recostó, preguntándose si merecía la pena pedir cita con un psiquiatra o, simplemente, aceptar la lógica inevitable de su pequeño universo. Después de todo, ¿quién era él para cuestionar una silla insegura, una lámpara ansiosa o un cactus atrevido?

Optó por el camino del adulto responsable: ignorar a todos y autoconvencerse de que, con suficiente paciencia y autoengaño, probablemente todo desapareciera al abrir el paquete de galletas (vencidas en 2022).

El resto de la noche transcurrió entre protestas vegetales, quejas lumínicas y largas conversaciones sobre el sentido de sentarse. Cuando, finalmente, Byron se quedó dormido en el suelo, la silla pensó que igual no era tan mala después de todo: al menos ningún otro mueble del edificio tenía dueño tan desesperadamente ordinario.

Y así, mientras la ciudad se sumía en la cómoda ignorancia colectiva de su propia rareza, una silla, una lámpara y un cactus planearon su próximo paso: instaurar un sindicato de mobiliario emocionalmente incomprendido, con derecho a cojines, agua diaria y, por fin, el reconocimiento que toda entidad inanimada —y también muchas animadas— creen merecer.

Pero eso, claro está, ya es parte de otra historia.

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