Powerless (edición especial limitada)
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Novela romántica Antes del amor
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Portada del relato Un gato en la caja de Schrödinger
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Fragmento:


Nunca fui un hombre de muchas esperanzas ni, debo confesar, de muchas alegrías, aunque una vez me tocó ganar una rifa en una morgue. No me malinterpreten, aquello fue sin querer: yo sólo iba a buscar a mi tío, que se había ido de parranda y terminado en el sitio menos animado de la ciudad, aunque según sus estándares era la mejor reunión a la que había asistido en años. El caso es que, mientras intentaba deslizarme discreto entre ataúdes, margaritas marchitas y señoras de luto con más maquillaje que emociones genuinas, alguien me puso en la mano un boleto numerado, llamándome “joven promesa de la vitalidad”. El sarcasmo no dejó de escapárseles por la comisura de los labios y volatilizarse entre las estelas de formaldehído.

Duración: 04:05

Un gato en la caja de Schrödinger
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Nunca fui un hombre de muchas esperanzas ni, debo confesar, de muchas alegrías, aunque una vez me tocó ganar una rifa en una morgue. No me malinterpreten, aquello fue sin querer: yo sólo iba a buscar a mi tío, que se había ido de parranda y terminado en el sitio menos animado de la ciudad, aunque según sus estándares era la mejor reunión a la que había asistido en años. El caso es que, mientras intentaba deslizarme discreto entre ataúdes, margaritas marchitas y señoras de luto con más maquillaje que emociones genuinas, alguien me puso en la mano un boleto numerado, llamándome “joven promesa de la vitalidad”. El sarcasmo no dejó de escapárseles por la comisura de los labios y volatilizarse entre las estelas de formaldehído.

El sorteo, para mi sorpresa, tenía como primer premio un set de cuchillos japoneses y como segundo, una suscripción anual a la revista “¿Moriste? No hay problema”. La duda existencial me abrumó durante varios minutos y empecé a preguntarme si los cuchillos estaban pensados para cortar sushi o alguna arteria especialmente inspirada en la tragedia griega, pero mi tío, justo cuando el presentador agitó el tarro con los numeritos, susurró en mi oído: “Reza. Nunca ganaste nada útil, tal vez hoy no sea el día que empieces”.

Por supuesto, gané. Siempre he tenido esa suerte: imposible para la lotería, infalible a la hora de obtener cosas con las que uno puede suicidarse accidentalmente picando verduras. Todos se giraron hacia mí, aplaudiendo con un entusiasmo tan gélido que pensé que el principal apoyo estaba del lado de los cadáveres. Subí al estrado entre murmullos y alguna que otra apuesta sobre cuánto duraría antes deajusticiarme mal cortando una cebolla. El presentador, una versión menos desenfadada de la Parca, me entregó el set y me susurró: “Cuídalos bien. Tienen mal karma”. Yo asentí, sin saber si agradecía o me condenaba.

La noche continuó y, frente al féretro más lujoso (edición limitada, madera de roble e incrustaciones de nácar, para el difunto/barón local que presumía de tener vida social post mortem), descubrí el segundo acto: el bufé funerario. Nunca he sido quisquilloso con la comida gratis (quisquilloso, sí, con la que viene con advertencia de “puede contener trazas de abuelo”), así que me serví un trozo de empanada con forma de ataúd. Alterné el vino barato con miradas de incomodidad —no por la muerte, sino porque el esqueleto en la esquina era claramente uno de los antiguos encargados del lugar haciendo su ronda anual— y entonces lo vi: mi jefe, el único capaz de convertir una tragedia en oportunidad de networking.

Se acercó sonriendo, con la misma calidez que un iglú, y me dio una palmada en la espalda. “Buenísimo lo de los cuchillos”, me dijo, con esa voz de funeral que reserva para los despidos y los ascensos póstumos. “Justo estamos buscando a alguien que anime el trabajo en equipo. ¿Te animarías a hacer una dinámica en la próxima reunión?”. Me vi, en un acto de clarividencia, rodeado de recursos humanos jugando a pasar cuchillos, intentando evitar la tentación de ponerle fin a la “dinámica” antes que a mi propia paciencia.

La velada terminó, como suelen terminar todas las veladas que empiezan en una funeraria y acaban en un karaoke de borrachos: con alguien desafinando “I Will Survive” mientras el conductor (que resultó no serlo tanto) nos llevaba zigzagueando de vuelta a la vida. En algún punto, mis cuchillos desaparecieron misteriosamente. Días después supe que los habían subastado en una fiesta de médicos forenses (“para la autopsia gourmet”), y que mi jefe se ganó la suscripción a la revista. Nunca le fue mejor: dice que ahora tiene tema de conversación para todos sus reportes mortales.

Moraleja: si vas a una fiesta donde el anfitrión le saca más partido a la muerte que a la vida, nunca te quedes hasta el último brindis, ni aceptes regalos. Hazlo por ti, y porque nadie quiere terminar en la sección de “casos curiosos” del boletín funerario. Y recuerda: hay sorteos que es mejor perder… como la ruleta rusa y la rifa de la morgue.

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