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Portada del relato Hogares de descanso y otras anécdotas
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Fragmento:


Los lunes eran Brasil, los martes Cancún, y los jueves el menú incluía sopa clara con tropezones misteriosos, más propios de un programa de arqueología forense que de cocina. Pero lo más interesante de la residencia Bahía Eterna no era el olor a desinfectante ni la variedad cromática de los chándales de los internos, sino el inquietante rumor de la planta tercera: allí, cada vez que llegaba un nuevo huésped, las cajas de galletas del comedor menguaban, pero curiosamente las urnas funerarias adquirían peso en proporciones inversamente proporcionales a las sonrisas de la familia en la próxima visita.

Duración: 03:48

Hogares de descanso y otras anécdotas
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Era una vez una familia tan entrañable que los vecinos, por el bien de la comunidad, se turnaban para pedirles azúcar solo para asegurarse de que seguían encerrando al abuelo cada noche y no dejaban que la suegra saliera al jardín a alimentar los setos con cosas que solían ladrar. El cabeza de familia, un hombre cuyo único mérito reseñable era la habilidad para gastar menos en peluquería que en ambientadores de coche, decidió un buen día que la abuela, doña Remedios, merecía vivir en un entorno que se correspondiera con su avanzado estado de conservación: así que todos la metieron en una residencia con nombre de operador turístico.

Los lunes eran Brasil, los martes Cancún, y los jueves el menú incluía sopa clara con tropezones misteriosos, más propios de un programa de arqueología forense que de cocina. Pero lo más interesante de la residencia Bahía Eterna no era el olor a desinfectante ni la variedad cromática de los chándales de los internos, sino el inquietante rumor de la planta tercera: allí, cada vez que llegaba un nuevo huésped, las cajas de galletas del comedor menguaban, pero curiosamente las urnas funerarias adquirían peso en proporciones inversamente proporcionales a las sonrisas de la familia en la próxima visita.

Los nietos iban siempre en pareja, como por miedo a que las abuelas los confundieran con voluntarios de Caritas y les pidieran que les hicieran un Bizum para comprar tabaco. Y nadie, absolutamente nadie, se atrevía a preguntar por la sombra que salía cada noche después de las noticias, justo cuando empezaba la película que nadie veía porque se habían quitado los audífonos para evitar la voz de la presentadora.

El milagro de Bahía Eterna era ese, y no otro: conseguir que al entrar te llamaran "cariño" y al salir, como mucho, te recordaran con un "uy, ese no era el del bigote raro". Mientras tanto, en la cocina, el cocinero ajustaba su recuento diario de muslos de pollo, contando siempre uno más por si alguna señora se levantaba de entre los caídos para protestar por la salsa.

A la dueña le gustaba decir que el lugar era como un cinco estrellas, con la pequeña diferencia de que aquí nadie hacía check-out por su propio pie. Una vez, un tipo de la funeraria organizó un bingo temático que tenía como premio, en vez de jamón, una crema antiarrugas y una urna vintage, lo cual causó tanto revuelo que varias abuelas amenazaron con esconderse en los armarios del segundo piso para evitar que "el de la pala" las confundiera por error con una jardinera de exterior. De hecho, alguna vez, un abuelo apareció disfrazado de ficus. Lo que no sabía era que más tarde lo trasplantaron, pero al tanatorio, por equivocación.

Era tal el ambiente de camaradería y ruina inminente que, un miércoles cualquiera, el abuelo Ezequiel le pidió matrimonio a la enfermera del turno de noche, y ella aceptó bajo la estricta condición de que la dejaran elegir la música del entierro. Nadie asistió a la boda; el cura se había perdido entre las cajas de pañales y el DJ falleció de aburrimiento antes de las fotos.

Mientras tanto, en el pueblo, la gente hablaba de Bahía Eterna como quien habla de una leyenda urbana: "dicen que si pasas por allí a medianoche escuchas las tablas del suelo crujir, los andadores desplazarse solos, y alguna abuela mascullar en esperanto por el chute de Valium equivocado". Los gatos callejeros, sabedores del destino generoso de las sobras, se arremolinaban en las ventanas, esperando heredar el imperio de croquetas una vez desaparecieran los últimos resistentes.

Al final, nadie recordaba exactamente cuántos habitantes había tenido Bahía Eterna al principio; solo quedaba la certeza de que salía más barato heredar que comprar flores. Pero todos coincidirían en esto: jamás, por nada del mundo, aceptes un muslo de pollo de la cocina de la planta tercera, sobre todo si la cocinera te guiña el ojo y te susurra: "esto está especiado con cariño... y un poquito de eternidad".

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