Fragmento:
Había un tipo, por no decir individuo, llamado Arnold Rattigan, que servía en el Tenebroso Batallón Temporal Cuartelista del Ejercito Británico, que es la única rama del ejército que exige suspender la incredulidad antes de alistarse y que tiene su propio psiquiatra, el doctor H. G. Wells. La inscripción en la puerta: “Por favor, deposite sus relojes aquí. No me los robe.”
Duración: 05:25
Había un tipo, por no decir individuo, llamado Arnold Rattigan, que servía en el Tenebroso Batallón Temporal Cuartelista del Ejercito Británico, que es la única rama del ejército que exige suspender la incredulidad antes de alistarse y que tiene su propio psiquiatra, el doctor H. G. Wells. La inscripción en la puerta: “Por favor, deposite sus relojes aquí. No me los robe.”
Arnold nunca había pedido ser soldado temporal; en realidad, sospechaba que se había apuntado a una escuela de cocina. Pero las fuerzas armadas tienen maneras misteriosas, normalmente relacionadas con ginebra caliente y formularios ininteligibles, de absorber a personas que no se dan demasiada prisa en huir.
Lo primero que Arnold aprendió en el Batallón Temporal fue que el uniforme consistía, además de las consabidas botas y el casco aboyado, en un cinturón del que colgaba un despertador de cuerda. Cuando preguntó por qué, el teniente-con-alergia-al-trabajo le contestó: “Por si te matan antes de tiempo, muchacho. Así sabremos la hora exacta.” Las guerras del tiempo son puntillosas con los detalles.
La misión de Arnold, junto con el resto de su cuadrilla, consistía básicamente en saltar adelante y atrás en el tiempo para asegurarse de que la historia iba por el camino correcto. El problema es que el sentido del camino correcto era definido regularmente por señores con bigote que temían perder sus salones de té, y la máquina del tiempo solía tener fugas de infusión y ocasionales infestaciones de dinosaurios. Con el tiempo, uno se acostumbra a encontrar triceratops husmeando en la cantina.
La mayoría de los días de Arnold consistían en reportar a un comandante que sólo existía los martes, ser enviado a batallas en años que técnicamente aún no habían sucedido y evitar ser emboscado por él mismo (en el peor de los casos, el Arnold del jueves lo acosaba para conseguir un cigarrillo). “El truco,” dijo alguna vez el sargento, que tenía un ojo de vidrio que seguía girando aun cuando el propio sargento se detenía, “es acordarse si hoy ya te has matado. Si sí, aprovecha y descansa. Si no, pues buena suerte.”
El humor del Batallón Temporal era muy específico. Habían chistes sobre morir dos veces en la misma hora (la primera vez fue divertida; la segunda, francamente un poco sosa), sobre reclutas que terminaban naciendo el día de su baja, sobre generales que apostaban guineas a la fecha en que perderían su brazo o su virginidad, lo que sucediera primero. La necrológica oficial incluía una cláusula: “Se reserva el derecho de cambiar fechas sin previo aviso.” El oficio era, a fin de cuentas, bastante flexible. Nadie moría tan definitivamente que un simple salto temporal no pudiera deshacerlo (mientras sobreviviera alguien que recordara cómo funcionaba el botón de reset) pero tampoco tan irremediablemente que dejaran de enviar coronas de flores por si acaso.
El problema llegó cuando la máquina del tiempo –que respondía al poco prometedor nombre de Cronometrón Mark Tres, aunque la llamaban Betty porque siempre se atascaba en la hora del té– tuvo una crisis existencial. Betty decidió avanzar sólo hacia almuerzos y batallas históricamente perdidas. Los soldados pasaron semanas eternas repitiendo la sopa de guisantes del 28 de septiembre de 1854, justo antes de una escaramuza en Crimea. Pero a ninguno parecía importarle. “Podría ser peor,” decía Arnold, sorbiendo los guisantes por docenas, “podría ser la semana del estofado de pepinillos. Prefiero morir en Crimea cada vez, al menos allí tienes frío y te despierta.”
La ofensa definitiva se produjo durante una misión rutinaria. Un rival temporal llamado Boris, del batallón ruso, apareció frente a Arnold con su sonrisa de dientes mellados y le propuso un duelo singular: ver quién se suicidaba más veces en menos tiempo. Boris llevaba la cuenta en un cuaderno rojo y manejaba su propia máquina, una caja que hacía el ruido de un carruaje siendo apaleado con bacalao. Al final, empataron. Tuvieron que reanimarse a sí mismos a base de café de mala calidad y promesas vagas de volver a intentarlo el jueves siguiente.
Se decía en la tropa, entre risas y chillidos de histeria contenida, que a los soldados temporales les esperaba una muerte gloriosa en el calendario de otros. De hecho, Arnold conocía de vista a un par de ex soldados que sólo existían los días bisiestos y a una sargento tan cansada que olvidó envejecer durante cinco décadas. Era una sainte en el mundo de la burocracia: acumulaba pagas sin haber trabajado un solo miércoles.
Una noche, el espíritu de la Navidad pasada se le apareció a Arnold para pedirle fuego. Era un cabo irlandés caído en la batalla del champán justo antes del armisticio de 1918. “¿Todavía vale la pena morir?” preguntó Arnold con curiosidad. El fantasma se encogió de hombros, inhaló profundamente y desapareció. Probablemente tenía otra cita pendiente en alguna guerra olvidada.
El caso es que, después de suficiente tiempo, morir y resucitar pierden la gracia. Nadie se burla más de los errores de calendario, nadie apuesta sobre si el comandante existe hoy o mañana, nadie se acuerda de reponer el azúcar en la cantina. Tal vez, pensó Arnold una mañana mientras esquivaba su cuarta ejecución sumaria (esta vez por una versión rabiosamente joven de sí mismo), lo peor de la guerra temporal es que uno nunca sabe cuándo debe irse realmente. El tiempo lo dirá. Aunque, por supuesto, en el batallón de Arnold, el tiempo tiene muy malas pulgas y difícilmente responde a las preguntas.
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