El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Novela romántica Antes del amor
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Edición limitada de la novela Anatema.
Portada del relato Reunión familiar indefinida
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Fragmento:


La abuela, sinónimo de un vodka con hielo y un humor afilado como las tijeras de un sastre alcohólico, presidía la mesa. Justo enfrente, el Tío Herbert, cuya mayor contribución genética era la oreja peluda que ahora aleteaba en sincronía con el ventilador del techo, recitaba por enésima vez la historia de cómo sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial trabajando como contable. Nadie tenía el valor de recordarle que su “frente de batalla” quedaba a cuatro calles de aquí, justo en la confitería de Mrs. Blenkinsope.

Duración: 04:29

Reunión familiar indefinida
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La tarde en casa de los Fairbanks solía ser una experiencia protocolaria, pulcra como una servilleta recién almidonada y casi tan excitante como una hoja de Excel. Todo el mundo acudía despacio, como si cuanto más tarde llegaran, más posibilidades hubiese de que la reunión ya hubiera terminado. Ese sábado era especial: la prima Edith, cuyo único mérito había sido no morirse todavía, cumplía 93 años y lo celebraba encontrando alguna nueva excusa médica para quejarse.

La abuela, sinónimo de un vodka con hielo y un humor afilado como las tijeras de un sastre alcohólico, presidía la mesa. Justo enfrente, el Tío Herbert, cuya mayor contribución genética era la oreja peluda que ahora aleteaba en sincronía con el ventilador del techo, recitaba por enésima vez la historia de cómo sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial trabajando como contable. Nadie tenía el valor de recordarle que su “frente de batalla” quedaba a cuatro calles de aquí, justo en la confitería de Mrs. Blenkinsope.

Los primos pequeños jugaban bajo la mesa, coleccionando migas de pastel y juramentos de los mayores. Mientras tanto, el primo Rupert –el que invirtió todo el dinero familiar en criptomonedas y actualmente vive en el desván para evitar a sus acreedores– repartía con su sonrisa más falsa las croquetas de salmonela que él mismo aseguraba haber preparado “con amor y la mejor intención, mamá, lo juro”.

Fue Lottie, la sobrina con vocación de artista y peinado perpetuamente expuesto a tormentas eléctricas, quien notó primero la ausencia de uno de los invitados: el tío Gerald. “¿Dónde está Gerald?”, preguntó con la voz de alguien que pide sal en un funeral. La respuesta la dio la mascota de la familia, un bulldog francés con problemas digestivos, que ladró exactamente en dirección al sótano.

La matriarca, siempre interesada en el bienestar de sus hermanos únicamente si amenazaban con desheredarlos, envió a la siempre servicial tía Marjorie a investigar. Marjorie, quien desbordaba buenas intenciones y estrías de igual tamaño, no tardó en encontrar la fuente del problema. Bajó las escaleras solo para descubrir al Tío Gerald abrazado cariñosamente a una caja de vino espumoso, completamente indolente y, por el color de sus mejillas, probablemente más allá de la resaca.

“La reunión familiar está arriba, Gerald,” dictaminó Marjorie, evitando a toda costa la posibilidad de darle una palmadita por si acaso el alma decidía seguir el ejemplo y le abandonaba el cuerpo en ese mismo instante.

Gerald abrió un ojo y farfulló algo parecido a “sed navideña”, antes de soltar una flatulencia con suficiente volumen para asustar a los ratones y generar nuevas conversaciones sobre el problema de plagas domésticas. Los primos aprovecharon la ocasión para abrir más botellas, mientras la tía Dorothy –fanática del zumo de apio y los remedios naturales ineficaces– intentaba revivirlo con aceites esenciales y un podcast motivacional.

La abuela, entretenida por el espectáculo, decidió que era el momento de dar su discurso. Alzó su copa de jerez, pidió silencio de un solo grito y dijo: “Os he convocado hoy aquí para recordaros algo importante: todos vais a heredar absolutamente nada a menos que encontréis al loro de la abuela, que se escapó hace cinco años y cuyo testamento sigue mejorando el mío.” El ambiente, ya denso de toxinas domésticas, se llenó de un súbito interés económico.

En una extraña muestra de unidad familiar, todos los presentes, incluso los inconscientes y los rabiosamente vivos, prometieron a la abuela buscar el loro. Aquello era, al menos aparentemente, más probable que el reencuentro feliz de la familia en las próximas navidades.

A las ocho de la tarde, cuando la luz se volvía incómoda y las conversaciones giraban inevitablemente en torno a quién sería el primero en necesitar una residencia geriátrica, la tarta apareció como un monumento a la repostería distraída. Era rosa, tenía forma de ataúd, y portaba la leyenda con glaseado: “Feliz lo-que-quiera-que-sea, Edith”. La prima Edith, tan impresionada como podía estar una mujer cuyo entusiasmo quedó embalsamado en el 86, sopló la vela y anunció sin ironía: “Espero que la próxima tarta la disfruteis sin mí.”

Los Fairbanks se despidieron entre abrazos forzados, promesas de WhatsApp y un sutil pero inequívoco deseo de ver a algunos miembros solo en las noticias policiales. Cuando la última copa de jerez se vació y la abuela apagó la luz, la casa volvió a sumirse en ese silencio que solo conocen los buenos secretos familiares: profundo, gris, y de dudosa moralidad.

El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
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