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Portada del relato Rutina facial para dragones con acné
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Fragmento:


"¿Podrías dejar de usar tanto ácido hialurónico?", chilló el dragón, bramando vapor perfumado a eucalipto. "Los poros de mi contraparte están colapsando, y ahora he desarrollado acné en siete escamas, justo antes de mi cita con la hidra terapeuta."

Duración: 04:09

Rutina facial para dragones con acné
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Era martes, aunque el sol, por capricho estacional, decidió salir por el costado izquierdo del cielo y así fastidiar a las brújulas. Agnes, la única humana de la ciudad que podía escuchar los pensamientos de los botes de basura, flotaba en bata de baño frente a su tesoro más preciado: un formidable espejo, robado del aseo de una gasolinera interdimensional.

Pero atención: se trataba de un espejo de otro mundo. Literalmente. Según la etiqueta dorada que colgaba de la moldura ("No mirar fijo antes del café - Producto importado de Nebulón 6"), este espejo mostraba no lo que estabas mirando, sino lo que tu reflejo deseaba estar haciendo. Por ejemplo, cuando su pez dorado Gerald se asomaba, el vidrio mostraba a un tiburón con una peluca rubia bailando tap.

Ese martes, Agnes planeaba examinar el grano que le estaba creciendo misteriosamente en la rodilla izquierda (gracias, genética y donaciones de sangre alienígena). Del otro lado del espejo, sin previo aviso, apareció un dragón plateado, cargando un neceser fucsia y despotricando en esperanto.

"¿Podrías dejar de usar tanto ácido hialurónico?", chilló el dragón, bramando vapor perfumado a eucalipto. "Los poros de mi contraparte están colapsando, y ahora he desarrollado acné en siete escamas, justo antes de mi cita con la hidra terapeuta."

Agnes hizo lo lógico: le ofreció una bolsita de té de burbujas. El dragón la rechazó indignado, exigiendo en cambio toallitas micelares. Las cortinas del baño, ofendidas, empezaron a llover confeti.

En ese instante, el espejo vibró. El dragón comenzó a relatar la historia de cómo, en su dimensión, los espejos estaban prohibidos desde el incidente de la "Epifanía Multiplicada": Un concurso de belleza despertó realidades alternas donde todos terminaron siendo puntos suspensivos. "Mira, mira," dijo el dragón, señalando su reflejo en el reflejo (lo cual, por algún motivo astrofísico, provocó la aparición temporal de un koala con bigote y pantalones de yoga). "En mi mundo, yo sería una exótica humedad acumulada bajo el refrigerador."

Agnes, que para entonces estaba catalogando sus secadores de pelo imaginarios, notó que su reflejo había empezado a reclamar derechos laborales. "¡Exijo vacaciones en Mallorca y crema antidepresiva para cutis mixtos!", gritó su reflejo, mientras convocaba a otros reflejos del vecindario para una huelga relampagueante.

El dragón, sospechando que estaba a punto de adquirir pecas por empatía cuántica, propuso un pacto: él le enseñaría a Agnes la ancestral rutina facial draconiana (incluía mascarillas de lava y exfoliante de mitos olvidados), a cambio de acceso exclusivo al canal de Netflix del baño. Agnes accedió, siempre y cuando Gerald pudiera participar en el capítulo piloto (“La venganza del pez que soñó con uñas postizas”).

Poco después, la abuela de Agnes irrumpió en el baño, enfadada. "¡Basta de esas conspiraciones reflectivas! El perro acaba de manifestar en la mesa del comedor y jura que en su mundo, Agnes es un cactus con título universitario." El dragón aplaudió con sus garras esmaltadas y propuso terapia grupal.

La noche llegó cuando el grano de la rodilla de Agnes abandonó su carrera como forúnculo y se inscribió en clases de flamenco. Gerald, el pez, se instaló definitivamente como influencer en la dimensión especular, transmitiendo tutoriales sobre “cómo nadar con estilo cuando el agua piensa mal de ti”. El dragón, en complicidad con el reflejo insurrecto de Agnes, firmó un contrato exclusivo para vender suercos (serums/quesos) en la teletienda cósmica.

Y así, Agnes descubrió que a veces, el verdadero secreto de la piel radiante es simplemente no mirar los espejos de otra dimensión después de almorzar cuatro croquetas y media de iguana. Porque, aunque el reflejo amenace con organizar un sindicato revolucionario, nadie puede resistirse a una buena exfoliación y una surrealista charla con dragones con problemas de cutis.

El sol, aburrido de la trama, decidió volver a su sitio, y las brújulas, por primera vez en semanas, señalaron la dirección de la pastelería más próxima.

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