Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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Fragmento:


En una oficina administrativa donde los relojes corrían hacia atrás los miércoles y algunos lunes se transformaban en tortillas, la señorita Belinda Morrocotuda, una mujer con seis cejas (dos de ellas altamente entrenadas en esgrima francesa), fue ascendida a Coordinadora de Asuntos Invisibles tras descubrir un hámster sabio meditando abajo de la fotocopiadora número 8.

Duración: 04:10

La Secretaría de Paraguas Extintos
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En una oficina administrativa donde los relojes corrían hacia atrás los miércoles y algunos lunes se transformaban en tortillas, la señorita Belinda Morrocotuda, una mujer con seis cejas (dos de ellas altamente entrenadas en esgrima francesa), fue ascendida a Coordinadora de Asuntos Invisibles tras descubrir un hámster sabio meditando abajo de la fotocopiadora número 8.

Belinda tenía un trabajo sencillo: asegurarse de que nadie descubriera la existencia de los “Cantos Gregorianos de los Alfileres Despistados” que cada noche hacían karaoke espontáneo en el archivo de recursos humanos. Su jefe, el Sr. Bombastino De Calzoncillos, tenía la costumbre de comunicarse solo a través de muecas y cartas perfumadas con olor a betabel. Era un líder visionario, es decir, tenía visiones de vez en cuando, casi siempre relacionadas con bufandas que gritaban secretos de estado.

La jornada laboral se veía interrumpida regularmente por la aparición de barbillas flotantes, que formaban piquetes en la cafetería exigiendo mayor presencia en los selfies oficiales de la empresa. En una ocasión especialmente extraña, los guantes invisibles de la compañía convocaron una huelga, ya que sentían que nadie reconocía su aportación a la reducción del hurto de grapadoras.

Mientras todo esto ocurría, en el subsuelo, los pastelillos de azufre empezaron a organizar una sublevación. Liderados por Ronald, un muffin con problemas de autoestima y pelo en pecho (literalmente: se lo injertaba cada tercer jueves), pretendían conquistar el piso de arriba y liberar a los archivadores que, según la leyenda, contenían la receta del café que nunca supo a café.

Belinda fue llamada a intervenir justo cuando los guantes invisibles, con pancartas de papel alumino, exigieron la creación de una zona de descanso únicamente para prendas de ropa con complejos existenciales. La mandataria del sindicato (una manopla izquierda ultraconservadora) alegaba que los calcetines mismatched acaparaban demasiada atención mediática.

Fue en ese instante cuando el hámster sabio, luego de horas de reflexión trascendental y dos ataques de hipo peligrosísimos, salió de debajo de la fotocopiadora. Subido sobre una grapadora cargada hasta el tope, gritó, con tono de filósofo barroco:

—¡Compañeros! Si los pastelillos logran su cometido, el lunes será miércoles, los relojes cocinarán arroz y quizá, solo quizá, sobrevivan los escritores de políticas internas.

El Sr. Bombastino, que estaba trasladando una planta de plástico de un extremo al otro de su escritorio con gesto circunspecto, hizo una mueca tan elocuente que la planta empezó a lagrimear savia color naranja. Belinda entendió el mensaje: “Nada de pánico y mucha vaselina”.

Entonces ocurrió el gran giro: una barrica repleta de pelucas mudas tropezó con una escalera de caracoles y desató la alarma de incendios fantasmas, que en esta empresa solo emitían olor a sopa de cebolla. La confusión fue total: carpetas, guantes y pastelillos huyeron juntos en una coreografía de musical deprimente mientras el hámster, en su revelación final, redactaba versículos en cirílico sobre las implicancias legales de las jeringas de confeti.

La moraleja, leída entre líneas y confeti viscoso, era clara: nunca subestimes el poder de los objetos sindicalizados ni la capacidad diplomática de un hámster filósofo. Belinda, con seis cejas ahora perfectamente peinadas hacia el norte, juró que a partir de aquel día solo bebería café que supiera a café o, en su defecto, a sopa de cebolla, y que nunca, jamás, dejaría de preguntarles a los guantes invisibles cómo se sentían.

El miércoles siguiente, que era domingo, todos recibieron cartas perfumadas con olor a azufre y calabaza en las que el Sr. Bombastino les agradecía su cooperación y les pedía encarecidamente que no mencionaran nada de lo sucedido bajo pena de ser convertidos, simbólicamente, en paragüeros jubilados. Por supuesto, nadie entendió la amenaza, y el karaoke gregoriano de alfileres, ya embriagado, siguió entonando éxitos de los Bee Gees en latín macarrónico hasta que la luna se volvió cuadrada y el café, por fin, supo exactamente a lo que debía: a pura e imparable absurdez.

Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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