Fragmento:
Mientras tanto, en el parque, una legión de ardillas con diploma universitario organizaba charlas TED clandestinas sobre la inutilidad del paraguas bajo lluvia de guisantes verdes. Los vecinos, alarmados, taparon sus buzones con crema para callos, y el concejal encargado del tráfico tenía que lidiar con semáforos existencialistas empeñados en mostrar el color azul y recitar poemas tristes sobre las alcantarillas.
Duración: 04:01
Hay una expresión entre quienes nunca han leído a Immanuel Kant: "Las mejores decisiones se toman con el vientre vacío y los cordones desatados". Por eso Filiberto Gómez, responsable interino de que la luna no se caiga sobre el supermercado de su ciudad, decidió empezar el día con ocho litros de zumo de piña y los pies embutidos en pantuflas de conejo, mientras su gato, que se llamaba Friedrich pero jamás habló de filosofía alemana, trataba de seducir un salchichón.
Filiberto había heredado, sin saberlo, la función de mantener la luna en su sitio a través de un complicado mecanismo que incluía una colección de cucharas, la mitad izquierda de una bicicleta estática y la suscripción activa a dos revistas de crucigramas. Cada mañana, justo a las 8:43, clavaba tres cucharas en el jardín, recitaba el “Himno a la ficocianina” y comprobaba por el reflejo de su cafetera que la luna seguía ahí arriba, como una lámpara que nadie se atrevía a cambiar.
Esa mañana, sin embargo, el salchichón desapareció. Friedrich maullaba en arameo y la luna temblaba como un flan mal cuajado. El mercado internacional de piñas colapsó, y los empleados de la máquina de café de la oficina del alcalde amenazaron con fundar una secta que adoraba a las tijeras sin tornillo. Nadie supo explicarlo mejor que la señora Treviño: "Si las lagartijas tocan el piano de la sala, hay que cerrar las ventanas, no vaya a ser que el notario se quite el bigote por accidente".
Mientras tanto, en el parque, una legión de ardillas con diploma universitario organizaba charlas TED clandestinas sobre la inutilidad del paraguas bajo lluvia de guisantes verdes. Los vecinos, alarmados, taparon sus buzones con crema para callos, y el concejal encargado del tráfico tenía que lidiar con semáforos existencialistas empeñados en mostrar el color azul y recitar poemas tristes sobre las alcantarillas.
En medio de ese caos, Filiberto se enamoró perdidamente de una máquina expendedora. Le hablaba de noche, le contaba secretos sobre la gravedad mientras insertaba monedas falsas para ver si la hacían reír con alguna chocolatina de broma. Una vez la máquina le respondió lanzando un paquete de cacahuetes justo a su dignidad, y desde entonces el romance se volvió oficial. Paseaban juntos al museo de las cosas imposibles: la esponja invisible, el diccionario de idiomas inventados por cacahuetes y un botón que, si lo pulsabas, te hacía olvidar por qué lo habías hecho.
Se organizó un comité de emergencia compuesto por tres tortugas y una impresora a chorro de tinta. Decidieron, después de largas discusiones y cuatro siestas colectivas, que lo mejor era consultar con el Oráculo de los Vasos Sucios: una montaña de loza en la cocina de Filiberto que, de puro abandono, había adquirido conciencia propia y podía leer el futuro en las manchas de salsa de tomate.
El Oráculo sentenció: "Cuando todos los semáforos lloren salsa bechamel y el viento lleve nombres de dentistas jubilados, la luna volverá a estar firme, o al menos más decente". Nadie entendió qué quería decir, pero todos estuvieron de acuerdo en que era una gran oportunidad para usar paraguas con orificios.
La solución final llegó cuando Friedrich, harto de tanto existencialismo y salchichón perdido, fundó un club de ajedrez para gatos miopes, cuyos estatutos decretaban que cada jugador debía mover las piezas únicamente con el pensamiento lateral. Con ese simple acto, el universo se estiró, bostezó y devolvió el salchichón y la gravedad a sus respectivos lugares; la luna dejó de vibrar y cayó la noche más tranquila sobre el supermercado.
Filiberto, satisfecho, cerró los ojos y soñó con una playa donde los cocos cantaban boleros y los relojes sólo daban la hora absurda: exactamente diez minutos después de la última vez que te enamoraste de una galleta con bigote.
Y así fue cómo, aunque nadie supo nunca qué hacía exactamente Filiberto, la ciudad entera le debe todavía la estabilidad de sus sueños y la certeza absoluta de que no hay amor más grande que el de un hombre, su gato pensador y una máquina expendedora que sabe lanzar cacahuetes cuando hace falta.
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