Fragmento:
Cuando Gregorio consultó el horóscopo del salmón empanizado jamás pensó que sería el detonante de la mayor catástrofe existencial desde que los caracoles aprendieron a bailar mambo. Pero no nos adelantemos, porque a diferencia del dedo gordo del pie de una jirafa, la vida de Gregorio no carecía de sabor. Todo comenzó un martes, porque los martes son los lunes que no tomaron suficiente café; y Gregorio, por razones contractuales con la lechuga mental, tenía prohibido pisar patitos de goma antes del desayuno.
Duración: 04:31
Cuando Gregorio consultó el horóscopo del salmón empanizado jamás pensó que sería el detonante de la mayor catástrofe existencial desde que los caracoles aprendieron a bailar mambo. Pero no nos adelantemos, porque a diferencia del dedo gordo del pie de una jirafa, la vida de Gregorio no carecía de sabor. Todo comenzó un martes, porque los martes son los lunes que no tomaron suficiente café; y Gregorio, por razones contractuales con la lechuga mental, tenía prohibido pisar patitos de goma antes del desayuno.
Mientras el reloj gritaba la hora en búlgaro, Gregorio decidió lavar su pensión de ideas bajo el grifo de la incongruencia. Sacó su paraguas, que había encanecido la semana anterior tras recibir la noticia de que los aspersores del jardín ahora regarían solo sueños rotos y ofertones de supermercado. Al paraguas no le hacía gracia: nadie le preguntó si quería dejar de ser multicolor y pasar a un gris depresivo tipo biblioteca obsoleta. Pero así es el ciclo de la vida: hoy eres arcoíris, mañana folleto de luto.
Gregorio, dotado con una agudeza mental similar a la del queso suizo pasado por rayos X, decidió ir al supermercado vestido de ornitorrinco escocés, la mejor forma de evitar colas, y si te detienen, siempre puedes argumentar que eres un antepasado en una regresión histórica. Allí conoció a Dolores, quien creía firmemente que los yogures con fecha de nacimiento vencida poseen la habilidad de predecir el clima político de Uzbekistán. Dolores gimió un poema en voz baja sólo para descubrir que era el menú vegano de la semana. Se rió un poco, aunque nadie supo si era de la letra o de una flatulencia contenida que decidió liberarse justo en la sección de congelados, rompiendo el hielo, literalmente.
Ambos compartieron el amor por los embutidos literarios —sobrasada escrita en verso y chorizo ilegible en arameo— y decidieron crear juntos la Orquesta Sinfónica de Objetos Inútiles, cuyo primer instrumento sería el tupperware que Gregorio había heredado de una anciana que juraba haber sido abducida durante la Guerra Civil por una batidora interespacial. El primer concierto fue un éxito solo relativo: la asistencia superaba el número total de cromosomas de un pepinillo, que, según se confirmó posteriormente, carece de carnet propio.
Mientras tanto, en una esquina del pasillo seis, una secta de panes de ajo se rebelaba contra su destino untado. A su líder, Cuquita, siempre la untaban por el lado equivocado. Harta, organizó a los suyos y corearon cánticos en francés inventado: “Oooh là là, baguette sans regret!”. La panadería nunca volvería a oler igual. El aire empapado en mantequilla y rebeldía despertó la curiosidad de un calcetín zurdo, que, habiendo perdido la fe en las lavadoras modernas, se dedicaba al noble arte del mimo político, logrando desplazar a tres ministros y un gato siestero titular.
El caos se multiplicó cuando una trompeta parlanchina, celosa del éxito del tupperware, acusó al pepino de nepotismo emocional. Siguió un debate televisado conducido por un calzador ambulante cuyos chistes incomodaban hasta al papel higiénico más curtido. La audiencia votó por mayoría absoluta que el tupperware merecía un reality propio, “Hermano-Caja: edición Olor a Marmita”. Los concursantes, (un rallador resentido, una cuchara con ansias de montaña rusa y el paraguas calvo), se disputaban la tapa de la dignidad y la cuchara aplaudía con gran entusiasmo, aunque sólo producía un tenue “¡clinc!” que reverberaba en el alma de quien sabía escuchar.
En la gran final de ese reality, el jurado compuesto por dos alicates, un plátano sin dobleces y una sandalia perenne —que afirmaba tener un PhD en filosofía comparada de suela— valoraron la performance del paraguas, que, armado de valentía y un botón suelto, bailó reguetón al revés. El público enloqueció: un señor mayor perdió diez años, un caracol de sombrero fue investido concejal y Dolores, emocionada, por fin recordó dónde había dejado el saludo que perdió en 1992.
Esa noche, el supermercado cerró sus puertas, pero las ideas siguieron colándose por la rendija. Gregorio, el paraguas calvo, los panes de ajo sensuales y el calcetín zurdo fundaron un microestado entre las cajas de autopago, jurando lealtad eterna a la rima absurda y al descuento del 10% en todos los artículos con pegatina naranja. Y así concluye, aunque no termina, esta historia donde lo absurdo es la única forma razonable de pedir una bolsa extra.
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