Fragmento:
Salió a la calle descalzo, porque los calcetines le convencieron de que los zapatos eran instituciones represoras, y fue recibido por una nube acosadora que le seguía cada tres días desde que accidentalmente la saludó con un “adiós” en vez de “hasta luego”. En la esquina se topó con Doña Lombriz del Regalo, conocida por su afición a regalar lo que encuentra en la basura, quien le cedió un vale para una depilación de codos a domicilio y un acróstico sobre “hipopótamo”.
Duración: 05:18
El señor Filiberto Antonini, reputado cazador de sellos invisibles y ocasional amante de los paraguas rotos, despertó aquella mañana con una incómoda sensación de haber sido mordido en el alma por una oruga filosófica. Miró el techo de su cocina —el único lugar donde tenía una cama, porque el dormitorio lo había subarrendado a una familia de cucharones rusos— y gimió ante la claridad absurda del día. Qué significado tenía la vida, se preguntó, si cada vez que pedía café en los bares le servían sopa de lechuga en taza y sonrisas de caracol.
Su vecino, el doctor Clodomiro Arrancapelos, experto en cirugía alterna y coleccionista de estribillos para anuncios de insecticida, le saludó desde la ventana como todas las mañanas: lanzándole una enciclopedia y un jamón. El jamón siempre caía en la maceta donde crecía la única planta legalmente autorizada para practicar origami espontáneo: una buganvilia octogenaria, que, pese a su edad y artritis, insistía en doblarse en forma de oso panda los miércoles.
Esa mañana, sin embargo, algo iba a romper la rutina de Filiberto. Al ir a recoger su sombrero de gala (un pepino con monóculo), descubrió que en el cajón de las cucharas había una carta. La carta olía a nostalgia frita y estaba escrita en papel cebolla con tinta de calamar instruido. Decía así: “Querido Filiberto, ha llegado el día. Debes encontrarte con el Gran Mastuerzo a las doce menos cuarto de martes.” No ponía año ni mes, solo esa precisa desubicación temporal.
Alarmado por la posible inminencia del asunto, Filiberto acudió al armario donde guardaba su colección de calcetines parlantes. Escogió los de discurso moderado (los otros, los revolucionarios, solían gritarle consignas desagradables cada vez que se los ponía). De reojo, se miró al espejo, y la imagen reflejada le devolvió la seña de la ‘V’ de la victoria, aunque en realidad quería hacer un signo de interrogación. Así están los espejos últimamente, pensó.
Salió a la calle descalzo, porque los calcetines le convencieron de que los zapatos eran instituciones represoras, y fue recibido por una nube acosadora que le seguía cada tres días desde que accidentalmente la saludó con un “adiós” en vez de “hasta luego”. En la esquina se topó con Doña Lombriz del Regalo, conocida por su afición a regalar lo que encuentra en la basura, quien le cedió un vale para una depilación de codos a domicilio y un acróstico sobre “hipopótamo”.
En el parque central se hallaban, reunidos en círculo y murmurando, los miembros del Club de Sillas con Opinión Propia: todas estaban de espaldas a sus dueños y discutían entre sí sobre las ventajas de tener cuatro patas en el siglo XXI. Filiberto saludó educadamente a la Silla de Mimbre Introspectiva, que le preguntó si consideraba válido considerar el cubismo como dieta baja en carbohidratos. Filiberto pensó, y respondió que prefería el dadaísmo al horno.
Cuando el reloj municipal, que era una rana hipnotista con alergia a la humedad, vibró en el tono de fa menor sostenido, una figura colosal apareció surcando el aire: era el Gran Mastuerzo montado en un trombón alado. Iba vestido de galleta y portaba como cetro una percha moodificada (el humor estaba en los detalles). Se paró frente a Filiberto, bajó de su montura e, ignorando el lenguaje humano, comunicó telepáticamente citas de manuales de licuadoras.
—Has venido —zumbó el Gran Mastuerzo—, justo en el segundo adecuado de la dimensión incorrecta.
—He traído mi voluntad y mi ignorancia, como dicta la tradición —replicó Filiberto haciendo una reverencia con los pies.
—¿Preparado para la Absurdocracia Suprema? —inquirió el Mastuerzo, girando sobre sí mismo como peonza en huelga.
Filiberto pensó en rechazar la oferta, sobre todo porque tenía que regar sus pensamientos a las doce, pero la Silla de Mimbre le lanzó una mirada de complicidad y la nube acosadora comenzó a deletrear su nombre con rayos. Así que asintió y ambos se dirigieron al edificio del Ayuntamiento de Frutas de Temporada, donde se celebraría la ceremonia. En la entrada, un portero disfrazado de abrelatas les pidió las entradas, la talla de sombrero, y lo más humillante: un poema improvisado sobre la vida sexual de los electrodomésticos.
Dentro, todos esperaban ansiosos: esmeraldas con tos, zanahorias exiliadas, la señora que baraja los días de la semana y un operario que cambiaba la alfombra roja por una bufanda de confeti. El himno oficial (“Cebolla, no llores en mi gazpacho”) fue interpretado en simultáneo por tres teteras y un ukelele afónico.
Al fin, Filiberto subió al escenario, tropezó con una autoestima baja que se arrastraba por el suelo, y recibió la medalla de Honor al Mérito Inconcluso. El Gran Mastuerzo, solemne, le entregó el Manual del Absurdo, encuadernado en mondadientes y promesas rotas.
—Ahora debes gobernar sabiamente —dijo el Mastuerzo—, y recordar que en el reino de la lógica absurda, los sombreros a menudo son sandías disfrazadas.
Filiberto sonrió mientras la nube acosadora le hacía una reverencia húmeda, la silla aplaudía con sus patas delanteras y el paraguas roto se arrodillaba a sus pies. Todo tiene sentido aquí, pensó. Luego un pepino montado en bicicleta pasó saludando y todos decidieron, tácitamente, que era hora del postre.
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