MEMENTO MORI: Las Tumbas
Dire Bound. Alma de lobo
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Novela El calendario del amor
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Portada del relato El club secreto de los caracoles ateos
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Fragmento:


Después de desayunar una aspirina y media naranja con sombrero, Gregorio decidió irse al parque, acompañado por Anna, una hormiga anarquista que llevaba semanas de huelga reclamando mejores condiciones de trabajo para las migas de pan. En la parada del autobús 666, encontraron a un pato vestido de ministro que discutía con un farol sobre el precio de la inestabilidad emocional en la economía postmoderna. Gregorio comentó algo sobre el peso específico de la melancolía los días nublados, y el pato, indignado, le arrojó una tesis doctoral sobre la “Importancia del absurdo en la caza de monstruos imaginarios en parvularios escandinavos”.

Duración: 04:16

El club secreto de los caracoles ateos
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Verás, querido lector—oh, protagonista cómplice de mi desastre—, que los martes son, en efecto, los días más peligrosos para comprar alfileres de gancho. Pero nadie pudo advertir a Gregorio Mantarraya acerca de esto, principalmente porque nadie sabía a ciencia cierta de qué estaba hablando Gregorio la mayoría de las veces en que abría la boca. Lo cual ocurría a menudo, normalmente tras examinar detenidamente el reverso de los envases de palillos de dientes, que en su imaginación traían instrucciones para acceder a universos alternativos, condimentar ensaladas o invocar a Ernest Hemingway para discutir sobre bigotes.

Gregorio vivía en el tercer piso de un edificio habitado únicamente por objetos extraviados y monitoras de yoga jubiladas. Su vecino de enfrente era una tostadora filosófica de nombre Platón. Platón solía tostar el pan solo hasta alcanzar el punto exacto en que la duda existencial superaba el deseo de dorado. Nadie en el edificio sabía de quién había sido la tostadora originalmente, ni cómo llegó a filosofar. Yo tampoco, pero mentiría si dijera que me molesta.

En la mañana de nuestro relato, Gregorio se despertó convencido de ser, no un hombre, sino un perfecto caldo gallego. Hizo gárgaras con nata líquida y buscó en las instrucciones de un chicle alguna referencia a lo absurda que puede ser la vida cuando te tomas en serio la relación calidad-precio de los paraguas en primavera. Se encontraba vestido con un albornoz de lunares amarillos, uno de los cuales ostentaba una diminuta etiqueta que decía: “Este lunar solo se quita con aullidos de alpaca.”

Después de desayunar una aspirina y media naranja con sombrero, Gregorio decidió irse al parque, acompañado por Anna, una hormiga anarquista que llevaba semanas de huelga reclamando mejores condiciones de trabajo para las migas de pan. En la parada del autobús 666, encontraron a un pato vestido de ministro que discutía con un farol sobre el precio de la inestabilidad emocional en la economía postmoderna. Gregorio comentó algo sobre el peso específico de la melancolía los días nublados, y el pato, indignado, le arrojó una tesis doctoral sobre la “Importancia del absurdo en la caza de monstruos imaginarios en parvularios escandinavos”.

Ya en el parque, Gregorio se sentó en una banca que, según una placa dorada, había sido dedicada en memoria del primer calcetín que se perdió en una lavadora automática. Anna ascendió al cargo de Ministra de Lo Ilógico tras organizar una manifestación de hormigas que marchaban al revés, siguiendo una coreografía rigurosamente improvisada.

Mientras tanto, Platón la tostadora discutía a gritos con el frigorífico existencial de la vecina. La discusión giraba en torno a la compleja naturaleza del frío: si era simplemente la ausencia de calor, o una manifestación concreta de la ansiedad de los electrodomésticos ante su inminente obsolescencia. Finalmente, decidieron escribir juntos una novela juvenil de superación y poleas mal lubricadas.

Gregorio pensó entonces que la vida no es tan sencilla como preparar un sándwich de vacío existencial con mantequilla de interrogantes. Que lo que nos hace humanos es ese instante preciso en que intentas recordar la razón por la que entraste a una habitación, para acabar enzarzado en un debate interno sobre si deberías afeitarte la ceja izquierda o aprender a ladrar en esperanto.

Esa tarde, el universo otorgó cinco minutos de descuento en la gravedad a todos los habitantes del barrio. Las galletas Maria flotaron con dignidad mientras el alcalde, una iguana con pajarita, recitaba un soneto dedicado al sombrero extraviado de su abuela. Gregorio aprovechó para filosofar sobre la utilidad de los bolígrafos que no escriben nada más que buenos deseos, y redactó la Constitución del Estado Libre de las Esquinas Polvorientas.

Al final del día, mientras el sol salía por el buzón y una nota pegada en la nevera anunciaba el horario de las próximas auroras boreales, Gregorio concluyó que tal vez el absurdo es lo único que pone en orden el desorden de la realidad. O tal vez no. Nada de esto importa demasiado, salvo a los paraguas suicidas, que tienen la costumbre de saltar del armario justo antes de la tormenta.

Y si te preguntas qué sentido tiene todo esto, la respuesta es sencilla: el humor es esa cucharada de sopa caliente que finges no necesitar justo antes de descubrir que tu vida es, posiblemente, la novela menos creíble que jamás podrías leer.

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