Fragmento:
Eran las trescientos veinticuatro de la tarde en el ínfimo planeta de Borittle, un horario que sólo tenía sentido porque sus habitantes consideraban la siesta más importante que la rotación planetaria. Sir Gilbert Pantuflo, célebre por haber encontrado el sentido de la vida en una galleta de avena, se disponía a tomar su habitual baño de confeti morado cuando Irma la hipopótama llamó a la puerta con el codo izquierdo, porque los demás apéndices los había vendido en una subasta benéfica organizada por el club de coleccionistas de calcetines solitarios.
Duración: 04:35
Eran las trescientos veinticuatro de la tarde en el ínfimo planeta de Borittle, un horario que sólo tenía sentido porque sus habitantes consideraban la siesta más importante que la rotación planetaria. Sir Gilbert Pantuflo, célebre por haber encontrado el sentido de la vida en una galleta de avena, se disponía a tomar su habitual baño de confeti morado cuando Irma la hipopótama llamó a la puerta con el codo izquierdo, porque los demás apéndices los había vendido en una subasta benéfica organizada por el club de coleccionistas de calcetines solitarios.
Tras abrir la puerta (de izquierda a derecha, como dictaban las leyes de la termodinámica policial), Sir Gilbert se quedó mirando a Irma durante siete segundos reglamentarios. Al octavo, Irma gritó: “¡Rápido! El universo ha vuelto a quedarse atascado en la máquina expendedora y necesitamos una moneda de 17,4 centímetros de diámetro para sacarlo.” Sir Gilbert asintió, como si esto sucediera todos los jueves, que, a decir verdad, era más frecuente de lo que uno pensaría que era saludable para el tejido espacio-temporal.
Mientras partían en dirección al parque de atracciones de la Real Sociedad de Desintegración Festiva, Sir Gilbert reflexionaba acerca de la naturaleza equívoca de los jueves y el precio excesivo del chocolate inventado. Irma, por su parte, sólo pensaba en qué conjunción de planetas permitiría, algún día, hacer una tortilla sin que se rebelaran los calcetines.
El parque de atracciones, famoso por su montaña rusa que sólo daba vueltas en círculos filosóficos y una casa del terror donde los impuestos de hacienda te perseguían con formularios en blanco, estaba vacío. O lleno, tal vez, dependiendo de si eres de los que consideran al vacío medio lleno o medio vacío de vacío. Allí, junto a la máquina expendedora de universos (modelo estándar, con luces estroboscópicas y olor a palomitas cuánticas), les esperaba un gnomo con traje de buzo y una expresión de haber visto todas las temporadas de una telenovela intergaláctica sin subtítulos.
“Buenas tardes, ciudadanos no recomendados,” gruñó el gnomo, “¿han venido a rescatar este universo o sólo a perder el tiempo como la vez pasada con la invasión de los patos eléctricos?”
“Ambas cosas,” respondió Sir Gilbert, “pero esta vez traemos una moneda.”
Irma sacó, de su bolsillo de emergencia, una moneda tan grande que sólo podía salir por otra dimensión. Al hacerlo, accidentalmente tiró el bolsillo entero a la ópera de Mimbre, cuyas entradas estaban agotadas desde que anunciaron que los protagonistas serían invisibles y la trama inaudible.
El gnomo les miró con la seriedad del que debe decidir entre dos sabores de helado y la eternidad. Tomó la moneda de 17,4 centímetros y la introdujo lentamente en la ranura que, por un error de fabricación, se encontraba en el techo, obligando a todos a trepar una escalera de palabras en desuso.
En cuanto la moneda desapareció, la máquina vibró, silbó fragmentos de jazz existencialista y espetó, en 747 idiomas, la frase: “Por favor, espere mientras reinstalamos el universo. No apague ni reinicie su realidad.”
Una lucecita intermitente apareció en el horizonte nuclear y el universo, meticulosamente planchado y envuelto en papel burbuja, cayó al suelo con un sonoro “plop”.
Irma, aliviada, saltó sobre el universo, lo sacudió tres veces y lo colocó en el lugar que le correspondía (entre la estrella tropical y el buzón que sólo recibía cartas existenciales). Sir Gilbert, como buen ciudadano de Borittle, cumplió con la tradicional reverencia ante el recién re-ubicado cosmos, que se celebraba lanzando patas de silla al aire y bebiendo agua con burbujas de aire reciclado.
Pero el gnomo no se fue satisfecho. “No olviden el recibo y la garantía de dos semanas. Suele romperse si alguien piensa demasiado fuerte en la inevitabilidad de los lunes.”
Sir Gilbert asintió, tomando el recibo y preguntándose en qué cajón metafísico lo guardaría, consciente de que nada es tan seguro como la garantía de un universo de saldo.
Al caer la tarde (o quizás ya era otra vez jueves, ya que el tiempo en Borittle gusta de tropezarse consigo mismo), Irma y Sir Gilbert regresaron a casa, felices de haber salvado, por enésima vez, una realidad empeñada en atascarse.
Se sirvieron una taza de sopa de post-it y brindaron por el azar, mientras, a lo lejos, el sonido de un pato eléctrico tarareando ópera devolvía al suelo la plácida certidumbre de que, en el fondo, no hay nada más absurdo que tratar de encontrarle sentido a un universo empeñado en esconderse detrás de una máquina expendedora sin instrucciones.
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