Fragmento:
Lo más desconcertante era el tono de la carta: "Usted, ciudadano de buen nombre y peores modales, persistió en embestir los carteles de 'Prohibido el uso de unicornios' mientras recitaba la Declaración Universal de Microondas en esperanto". Gregorio, que sólo hablaba español, sintió una punzada de culpa por razones ajenas al idioma. Tomó nota mental de guardar mejor su colección de disfraces y, acto seguido, se marchó a la nevera a buscar inspiración, o al menos un yogur que no supiera a pregunta existencial.
Duración: 04:28
Cuando Gregorio Porfidio recibió la notificación de que había sido multado por comportarse como un alce en una oficina de correos, supo que su día no iba bien. Para empezar, ni siquiera recordaba haberse puesto el disfraz de alce esa mañana, y mucho menos haberse presentado en la oficina de correos donde, supuestamente, había hecho sonar una bocina musical y entregado boletos para un viaje con destino a la luna (lo cual tampoco estaba en su lista de pendientes: la luna no permitía turistas desde aquel incidente con el sándwich de salchichas radiactivas).
Lo más desconcertante era el tono de la carta: "Usted, ciudadano de buen nombre y peores modales, persistió en embestir los carteles de 'Prohibido el uso de unicornios' mientras recitaba la Declaración Universal de Microondas en esperanto". Gregorio, que sólo hablaba español, sintió una punzada de culpa por razones ajenas al idioma. Tomó nota mental de guardar mejor su colección de disfraces y, acto seguido, se marchó a la nevera a buscar inspiración, o al menos un yogur que no supiera a pregunta existencial.
En la cocina lo esperaba una cucharita melancólica que, tras un breve pero sentido discurso sobre la fuga de talento en el sector menaje, pidió la baja laboral. Gregorio la consoló asegurando que, en su opinión, las cucharitas siempre serían el soporte emocional de los posos del café. La cucharita, visiblemente conmovida, aceptó reincorporarse bajo la condición de que nadie la usara para revolver sopa de remolacha.
El timbre sonó. En la puerta, un hombre con bigote de saxofón y capa reversible (lados: miércoles y jueves) le entregó un paquete con instrucciones perpetuas: "Solo abrir durante los eclipses del tercer grado o en presencia de un escarabajo con diploma universitario". Gregorio ponderó la importancia de la procrastinación y colocó el paquete junto a su colección de relojes de arena sin arena (eran menos precisos, pero más filosóficos).
Al ver el paquete, su gato filósofo, Sócrates dos punto cero, le preguntó si creía en la causalidad, la casualidad o simplemente en la dieta hipocalórica. Como Gregorio no tenía respuestas, arrojó una moneda de chocolate al aire y decidió ignorar toda existencia que no le invitara a cenar.
Encendió la televisión. Estaban transmitiendo, en vivo, la final mundial de “Adivine qué hay dentro de la caja”, un concurso de alta tensión donde la última ganadora había conseguido descubrir, entre ovaciones discretas, que su caja contenía exactamente otro juego de cajas, cada una más impaciente que la anterior. Se hicieron apuestas: el público clamaba por pepinos planos, algunos cínicos sugerían la presencia de una sopa que recitaba haikus. El presentador, un pulpo poliglota, no daba tregua.
De repente, una escalera eléctrica brotó en el salón de Gregorio, surgiendo del suelo como una excusa bien pulida. En la escalera iban bajando pingüinos con portafolios y un cíclope vendedor de seguros de vida para insectos efímeros. Gregorio los saludó cordialmente, mientras se preguntaba si la escalera tenía horario de invierno. Uno de los pingüinos le animó a invertir en monedas de cambio conmemorativas: cada una representaba un momento inútil de la historia moderna — la invención del queso invisible, la moda pasajera de los pulóveres en oferta por docenas.
Afuera, una banda municipal de grillos afinaba para la serenata del miércoles. Los grillos, sindicalizados y con exigencias muy concretas (menos humedad, más pasto gourmet), interpretaban solo melodías que hubieran sido desaprobadas por al menos un diploma ministerial. Gregorio los observó mientras la luna les lanzaba miradas de desaprobación—y, de paso, abría una sombrilla para evitar el rocío de las dudas.
El día se desvaneció en un suspiro, como un calcetín perdido en los vericuetos del centrifugado. Gregorio se acostó pensando en aquel paquete y en el inalienable derecho de las cucharitas a la felicidad. Prometió, solemnemente, afeitarse solo la sombra de la barba al día siguiente, para no importunar a los fantasmas de la rutina. Al cerrar los ojos, escuchó el susurro de la escalera eléctrica: “Subir o bajar, he ahí la cuestión. Pero, sobre todo, nunca perder el boleto del guardarropa”.
Y así, entre dudas, cucharas y pingüinos, Gregorio Porfidio durmió plácido, seguro de que al día siguiente la oficina de correos requeriría su presencia por alguna nueva razón igual de absurda —y que, tarde o temprano, el yogur tendría la respuesta.
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