Fragmento:
Popescu, que seguía un estricto régimen de comunicación mediante mímica medieval, simuló que trepaba una palmera, hacía breakdance y tarareaba el himno de Albania del 74. Eustasio interpretó eso (con admirable optimismo) como un “Sí, pero mejor será que no preguntes”.
Duración: 04:02
Eustasio siempre mostró cierta inclinación por desayunar telarañas. No es que las telarañas aportasen nutrientes especiales ni que sustituyeran de forma eficiente al pan tostado; sencillamente, Eustasio tenía una especie de acuerdo tácito con las arañas de su baño para mantener limpia la zona y rellenar de novedad sus papilas gustativas. Un lunes por la mañana (y era un lunes tan lunes que las horas parecían ir calzadas con pantuflas de plomo), Eustasio descubrió que su brócoli mascota, Saturnino, había abandonado el jarrón donde dormía su siesta habitual.
El asunto no pasó desapercibido en la casa, porque donde solía tronar el ronquido vegetal de Saturnino ahora sólo resonaba el eco de un pepino silbante—ruido inexplicable, más aún cuando Eustasio nunca recordaba haber comprado un pepino, y mucho menos uno experto en flauta travesera. Al buscar por toda la casa, Eustasio tropezó siete veces con su propio pie izquierdo (el derecho daba buenas señales de obediencia) hasta encontrar en el sótano a su lagarto, Popescu, aplicando brillantina a una patata con vocación de reina de belleza.
—Popescu —gruñó Eustasio—, ¿has visto a Saturnino?
Popescu, que seguía un estricto régimen de comunicación mediante mímica medieval, simuló que trepaba una palmera, hacía breakdance y tarareaba el himno de Albania del 74. Eustasio interpretó eso (con admirable optimismo) como un “Sí, pero mejor será que no preguntes”.
Mientras tanto, en el Club Exclusivo de Electrodomésticos Jubilados, la tostadora (con bigote postizo y bikinis de rayas) presidía el debate sobre la crisis existencial de los hornos microondas: “¿Somos vagos o simplemente incomprendidos?” El frigorífico, que había abandonado su vocación inicial de guardar alimentos —ahora sólo albergaba ideas frías y helados recuerdos—, recitó un poema en finés sobre la soledad de los cubitos de hielo. Todos aplaudieron con entusiasmo, salvo la licuadora, que seguía intentando entender el sentido de la vida leyendo etiquetas de antipolillas.
La trama se complicó cuando, por el recibidor, irrumpió el Doctor Joey, armado con su bazuka de perritos calientes (modelo sin gluten). Sin mediar palabra, disparó salchichas que, en lugar de explotar, recitaban versos de García Lorca y saltableaban sobre los muebles absortos. Una de ellas llevó a Eustasio de la mano al desván, donde Saturnino estaba organizando una subasta de calcetines desparejados en la que pujaban varias polillas al grito de “¡Un zurcido más y me convierto en bufanda!”
Saturnino, al ver a Eustasio, proclamó solemnemente: “He decidido cambiar de ambiente. Ser brócoli en un jarrón ya me estaba desgastando los floretes. Ahora soy consultor emocional de hámsters hambrientos”.
Eustasio, acostumbrado a que sus vegetales tuvieran aspiraciones profesionales, sólo encogió los hombros y propuso, como solución salomónica, organizar un campeonato de escondite entre los miembros del Club Exclusivo de Electrodomésticos Jubilados y el resto de inquilinos de la casa, a saber: dos estufas gemelas, una aceituna filósofa y un gnomo de jardín con ínfulas de político.
El torneo duró lo que un bostezo de tortuga anoréxica. Al final, ganó la tostadora, que se camufló magistralmente dentro del sombrero de Popescu mientras el gnomo recitaba arengas parlamentarias sobre la necesidad de invertir en paraguas que bailen flamenco si el tiempo lo permite (en su opinión, siempre lo permite).
Con los electrodomésticos eufóricos, Saturnino por fin aceptó volver al jarrón “bajo condiciones negociadas y previa revisión del convenio colectivo”, mientras el Doctor Joey, montado sobre una licuadora autopropulsada, zarpaba hacia el Carrefour más cercano buscando una sandía con carnet de conducir.
Aquella noche, Eustasio degustó telarañas a la parmesana viendo un documental sobre babosas con sombrero de copa y pensó, complacido, que la vida no tenía sentido pero, vistos los resultados, tampoco lo necesitaba en absoluto.
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