La niñera
La chica del lago
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Portada del relato Las alas del silencio
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Fragmento:


Crecer en el templo era aprender a no mirar demasiado. Senenmut añoraba el olor del aceite quemado en el altar, la sucesión de salmos recitados de madrugada, el estremecimiento de los papiros sagrados bajo la palma inquieta. Los instructores eran hombres de manos delgadas y espaldas marcadas por el látigo de los misterios. Bajo su vigilancia, el muchacho aprendió a descifrar el lenguaje secreto de las serpientes, a adivinar cuál era el momento propicio para invocar a los dioses, a encender el incienso sin despertar la cólera de los guardianes.

Duración: 04:44

Las alas del silencio
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Una noche, de esas en las que el viento pasea polvo y cenizas entre las columnatas de Tebas, nacía una promesa. La madre, aún joven pero castigada por los partos, sujetaba entre dedos ansiosos el último producto de su linaje: un hijo varón de carnes azules y coraje incipiente. Los dioses, creía ella, habían vuelto el rostro bajo sus mantos de jade, y la hacían temer que aquel hijo, el tercero, llevaría también el nombre de los muertos. Pero fue justo entonces, cuando el sacerdote de Amón grabó en la frente infantil el círculo de ocre y murmuró el nombre del heredero, que un silencio repentino se apoderó de la estancia. Afuera, entre los corredores fríos, las sombras de los sirvientes pasaban con apresurada reverencia, esparciendo pétalos sobre losas frías.

El niño fue llamado Senenmut, significado de arma oculta, un nombre denso, suave como el río y apretado como las sogas trenzadas que ciñen a los gladiadores vencidos. Su padre, de origen incierto, portaba el anillo de un noble venido a menos y la mirada con que los escribas anteriores a la memoria veían las estrellas: un halo de asombro intacto pese al tiempo y las pérdidas.

Las primeras lluvias del año, cuando Senenmut comenzaba a caminar entre las piedras calientes del patio, llegaron cargadas de presagios. Nadie en la casa olvidó cómo, tras la tormenta, el aire se llenó de íbises revoloteando erráticos, como si huyeran de un mal desconocido. La nodriza, vieja mujer de lengua rota por los secretos, señaló al niño y gritó: “Los dioses marcan a los suyos”. La familia decidió entonces, con la lógica fría de quienes saben que la vida es ceniza, enviar al niño al templo, donde aprendería a leer el destino en las estrellas y en las venas azules de las granadas abiertas.

Crecer en el templo era aprender a no mirar demasiado. Senenmut añoraba el olor del aceite quemado en el altar, la sucesión de salmos recitados de madrugada, el estremecimiento de los papiros sagrados bajo la palma inquieta. Los instructores eran hombres de manos delgadas y espaldas marcadas por el látigo de los misterios. Bajo su vigilancia, el muchacho aprendió a descifrar el lenguaje secreto de las serpientes, a adivinar cuál era el momento propicio para invocar a los dioses, a encender el incienso sin despertar la cólera de los guardianes.

En la festividad de Opet, cuando todos los nobles y plebeyos se unían en procesión, Senenmut contempló por primera vez el rostro de Hatshepsut. Nada volvió a ser igual, ni para él ni para el Egipto que aún soñaba dormido bajo capas de oro y arena. Ella era todavía sólo una joven, pero caminaba como quien ha nacido para ser recordada. Sus ojos, oscuros como el cauce profundo del Nilo, descansaban un instante sobre los aprendices; Senenmut sintió entonces, con la claridad de una flecha atravesando el aire quieto, que la historia acababa de colocar una marca invisible sobre su pecho.

Después vino la ambición, la atadura férrea de los días. Senenmut ascendió despacio, como las aguas de las crecidas que todo lo inundan y, al retirarse, dejan sedimento fértil y peligroso. Supo complacer e interpretar, supo esperar. Cuando el padre de Hatshepsut murió y la intriga cubrió los pasillos, encontró en ella no sólo una reina, sino un espejo de sí mismo: dos seres condenados a caminar fuera del lugar que el nacimiento les impuso.

La relación entre ambos, hecha de silencios y miradas que el protocolo volvía invisibles, fue pronto carne de susurros y poesía prohibida. Él restauraba templos, ella restauraba su derecho. Senenmut escribía en las piedras, ella grababa su decisión en la memoria de quienes la contemplaban. A veces, acaso por nostalgia de la infancia, Senenmut inhalaba el aroma de los papiros y recordaba la mano materna; en esos momentos, Hatshepsut era para él tanto diosa como mujer, carne tocada por la eternidad y, sin embargo, cercana y dolorosamente mortal.

El tiempo, esencia constante del río, lo fue cambiando. Los enemigos crecían como hierba salvaje. El pueblo murmuraba, temeroso de una mujer y de aquel hombre extraño que, sin noble linaje, compartía su destino con la reina. Un día, al elevar una ofrenda ante la imagen de Amón tallada por su propia mano, Senenmut comprendió que la historia no tiene piedad para los constructores de sueños. Sabía que cualquier momento podía ser el último.

Cuando la traición finalmente llegó, no halló a Senenmut desprevenido. Lo reconoció en la forma en que los sacerdotes esquivaban su mirada, en el frío que anidaba en las estancias del palacio. Aquella última noche, antes de la caída, Hatshepsut le ofreció una copa—no de oro, sino de barro—y juntos bebieron en silencio, contemplando la luna inquieta sobre el Nilo.

Senenmut, el de las manos manchadas de azul y polvo de piedra, desapareció sin dejar trazas. Los escribas, temerosos, dieron cuenta sólo de lo que era necesario decir. Pero en las grietas de las tumbas inconclusas, y en la música de los laúdes que acompañaban a los festivales, alguien susurraba todavía su nombre. Porque, como sabía desde niño, hay historias que sobreviven a los sepulcros, grabadas a fuego bajo la carne errante de quienes amaron demasiado en una tierra de dioses y muerte.

La niñera
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