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Portada del relato Bajo el yugo de la frontera
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Fragmento:


Era un día de recoger hierbas para la curandera, sólo que Elen había visto a unos hombres del sur traspasar el límite unas horas antes, empuñando lanzas y con miradas de hombres que no temen morir. Desde el primer temblor de su corazón, supo que algo funesto flotaba en el aire: allí donde lord Mortimer había jurado que caería la última piedra de la ley inglesa, ríos de sangre podían volver a correr.

Duración: 04:09

Bajo el yugo de la frontera
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La mañana amanecía gris sobre la tierra devastada, mientras el viento barriendo las llanuras arrastraba ceniza y polvo de antiguas batallas. El siglo XV avanzaba con pies de plomo sobre la frontera galesa, una tierra surcada por cicatrices donde los mapas solo advertían con tinta roja: "Non Plus Ultra". Nadie, en su sano juicio, cruzaba ese umbral.

Elen ferch Owain lo sabía bien. Su abuelo había desaparecido en aquella terca franja salvaje, y su padre no hablaba de la zona más allá del río Severn sino para conjurar amenazas a los rezagados. Pero hoy, mientras la inquietud se abría paso entre las viejas maderas de su casa, Elen se encontró contemplando el sendero que conducía hacia la niebla de la frontera prohibida.

Era un día de recoger hierbas para la curandera, sólo que Elen había visto a unos hombres del sur traspasar el límite unas horas antes, empuñando lanzas y con miradas de hombres que no temen morir. Desde el primer temblor de su corazón, supo que algo funesto flotaba en el aire: allí donde lord Mortimer había jurado que caería la última piedra de la ley inglesa, ríos de sangre podían volver a correr.

Atravesando surcos y setos, llegó al pie del mojón fronterizo: una roca musgosa, marcada por siglos de temor. Allí, Elen se detuvo, respirando el aire cargado de presagios. A lo lejos, escuchó el clamor de voces y el llanto de un caballo. Sin pensarlo, dobló la rodilla y hundió la mano en la tierra, como si pudiera desenterrar el coraje de sus ancestros.

Cruzó. Ningún grito celeste hendió el aire. Siguió el curso del río y halló una escena de horror: los hombres del sur habían atrapado a un niño galés, lo arrastraban hacia el bosque, justo más allá del umbral invisible donde la ley se cortaba como un hilo roto. Elen sintió la furia y el terror mezclándose en su interior. Sabía las historias: quienes entraban demasiado lejos en la tierra prohibida podían desaparecer para siempre, consumidos por viejas maldiciones, espectros del pasado o la mismísima locura.

Pero Elen no era del linaje de Owain para acobardarse. Se deslizó entre los árboles y, al tiempo que el viento gemía, recogió un guijarro afilado y lo lanzó con tiro certero. Uno de los soldados cayó con un gemido sordo. El niño forcejeó y se soltó, corriendo hacia ella, gritando en galés las plegarias antiguas. Elen lo abrazó, con miedo, con alivio, y corrieron juntos de regreso, desandando la senda marcada por la cautela medieval.

Sólo al cruzar de nuevo el mojón y escuchar los ecos de persecución apagándose, Elen se atrevió a mirar atrás. Los hombres del sur no continuaron más allá del límite, se detuvieron, como si la frontera no fuera sólo una línea, sino una barrera de hierro forjada por siglos de superstición.

Elen devolvió al niño a su familia, y esa noche, sus vecinos la miraron como si hubiera regresado de entre los muertos. Nadie preguntó qué había visto allí, en el corazón de la zona prohibida, porque sabían que la respuesta no sería para oídos comunes. Pero alrededor del fuego, mientras las llamas desvanecían los horrores del día, Elen comprendió el mensaje de la tierra: las zonas prohibidas no viven sólo en los mapas, sino en el miedo de quienes las nombran.

Poco después se corrió la voz de la osadía de Elen ferch Owain. Algunos decían que la frontera se estaba debilitando, que el tiempo de temer a los viejos fantasmas llegaba a su fin. Otros aseguraron que sólo traería desgracia. Pero Elen, mirando el mojón desde su ventana, sabía que cruzar la línea había cambiado algo más que su destino: había aprendido que la verdadera zona prohibida era la que crecía en el corazón de los hombres, alimentada por la ignorancia y el miedo.

El invierno llegó temprano ese año, trayendo consigo rumores de más incursiones, de venganza y de cambio. Y bajo el cielo plomizo, Elen se preparó, no para huir, sino para enfrentar lo que fuera necesario. Porque a veces, para desafiar el pasado, hay que cruzar la frontera invisible que separa la obediencia del coraje. Y sabía que, al hacerlo, se convertiría en leyenda no sólo para su aldea, sino para todos quienes, siglos después, se atrevieran a preguntar qué ocurre en la zona prohibida.

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