Novela romántica Antes del amor
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Powerless (edición especial limitada)
Novela El calendario del amor
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Portada del relato El ocaso de la antorcha
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Fragmento:


A la sombra inquieta del templo de Vesta, en la calurosa Roma republicana, donde el sudor de los hombres olía a incienso y las piedras guardaban el rumor de la ambición, Cornelio Graco volvía a casa con las sandalias marcadas de arcilla y el manto recogido, como si el día no fuera otra cosa que un obstáculo entre él y la noche. Era la época en que las legiones regresaban taciturnas desde Hispania, sus lanzas teñidas a partes iguales de sangre y deseo, y la ciudad reventaba de tensión bajo la vigilancia de los patricios, que levantaban copas con el mismo pulso tembloroso que sostenían sus conspiraciones.

Duración: 04:45

El ocaso de la antorcha
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A la sombra inquieta del templo de Vesta, en la calurosa Roma republicana, donde el sudor de los hombres olía a incienso y las piedras guardaban el rumor de la ambición, Cornelio Graco volvía a casa con las sandalias marcadas de arcilla y el manto recogido, como si el día no fuera otra cosa que un obstáculo entre él y la noche. Era la época en que las legiones regresaban taciturnas desde Hispania, sus lanzas teñidas a partes iguales de sangre y deseo, y la ciudad reventaba de tensión bajo la vigilancia de los patricios, que levantaban copas con el mismo pulso tembloroso que sostenían sus conspiraciones.

Cornelio, que desde su adolescencia había respirado los versos agrios de Séneca y que ahora, rozando la treintena, caminaba con la seguridad del que sabe que la virtud escasea pero aún produce dividendos, tomó un desvío hacia los soportales del Foro Boario. Allí le esperaba Arria, cuya belleza —decían todos— podía hacerle temblar el pulso al más fiel seguidor de Juno. Arria, sin embargo, tenía la inteligencia envuelta en los pliegues de la toga y un secreto escrito en la comisura de la sonrisa. Había crecido viendo a su padre consultar augurios antes de cada negocio y había aprendido pronto que las espinas muchas veces visten de oro.

Su encuentro fue breve a los ojos del fascinado, pero exhaustivo en el trueque de miradas, susurros. “Hoy las monedas hablan por ti”, dijo Arria, extendiendo la palma, y Cornelio colocó en ella dos denarios marcados con la imagen de Minerva. “El Senado vota mañana”, respondió, como si eso explicara todo lo no dicho. El aroma de mirto flotó, pegajoso, y el silencio fue roto sólo por los cascos de un caballo en fuga.

No habían terminado de separarse sus dedos cuando apareció Servio Catulo, hombre de baja nobleza y talla considerable, acompañado de la risa crujiente de una mujer cuyo vestido ostentaba más tela que virtud. Catulo miró a Cornelio con la sospecha rutinaria de quien nunca se ha fiado de nadie que lleve un anillo de sello. “Te buscan. Los hombres de Escipión han olido el miedo en las termas”, masculló. Cornelio no preguntó más; la guerra civil, temida y anhelada, avanzaba por Roma como el lento desbordamiento de un río.

Esa noche, la ciudad olía a cera, sudor, miedo y placer. Cornelio cenó con su hermano menor, Tito, frente a un mosaico que representaba la caída de Príamo. Nuevamente, la historia, pensó, no era más que la repetición de un ciclo: un rey débil, un ejército traicionado, los vencedores saqueando el tesoro que, tarde o temprano, les sería arrebatado por otros vencedores. La conversación transcurrió en tono bajo. El plan era sencillo: influenciar a los ediles para desviar los votos a favor de su facción, vender discretamente parte de la villa familiar y asegurar la alianza de dos clientes especialmente inestables.

Entrada la madrugada, Cornelio se dirigió a casa de Arria. La encontró aguardando en el atrio, descalza, como si el mármol frío la invitara al desafío. Ninguna palabra medió; las ansias se expresaron en el fulgor iracundo de las manos que encuentran la piel, en la premura de fundirse como si, por una sola noche, el estertor de la República no pudiera entrometerse. Entre el jadeo y el suspiro, se confesaron no amantes, sino gladiadores. Él, despojado de titulaturas y patrimonios; ella, igual de desnuda y poderosa, la propia Roma hecha carne impaciente y frágil.

Al romper la aurora, cuando la luz coronó los tejados y descubrió los pequeños crímenes de la ciudad —una bolsa perdida, una daga caída, una falsa promesa en la boca de un tribuno—, Cornelio se vistió de silencio y volvió al Foro. Se le unieron hombres de todas partes: sicilianos ávidos de privilegios, galos reclutados a la fuerza, griegos exiliados esperando su cuota de gloria. La ciudad era un teatro ambicioso en vías de incendio.

En los días siguientes, la violencia se hizo cotidiana. Cuchicheos en las escaleras del Capitolio, gritos ahogados en las tabernas del Aventino. Cornelio aprendió que los aliados tenían precio y que a veces bastaba una mirada de Arria, inclinada sobre los mensajes secretos en la biblioteca, para calmar el temple del acero. Ellos compartían las noches y los secretos, y cada encuentro era un leve temor de que no hubiera otra ocasión.

Cuando finalmente el Senado votó, Roma quedó suspendida en un suspiro. La ley salió adelante, y la República se tambaleó en la cuerda floja de sus propios equilibrios. Algunos celebraron y algunos juraron venganza entre sombras. Cornelio, exhausto, buscó el jardín de Arria. La halló jugando con un niño pequeño, el hijo del vecino; y en esa visión fugaz supo que la historia de los hombres la escriben quienes sobreviven a su propio deseo.

Así continuó Roma, fundiéndose noche tras noche entre la pasión y la conspiración, hasta que todo lo que quedara de aquella época fueran inscripciones rotas y los ecos lejanos de dos amantes que creyeron, por un instante, que hasta los dioses podían ceder un poco de poder al tacto cálido de la carne y al frío fulgor de las monedas.

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