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Portada del relato Esquirlas bajo la Seda
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Fragmento:


La luz del brasero crepitaba, y el oro cobrizo del atardecer se mezclaba con la oscilante llama para dibujar siluetas engorrosas en la pared. Jane, su segunda esposa, ya se había llevado a los niños escaleras arriba; había aprendido a identificar el tono con el que Thomas decía "Ahora no", cuando en realidad quería expresar "No sé si sabré regresar".

Duración: 04:51

Esquirlas bajo la Seda
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La ventana era alta y estrecha, sellada por el polvo y las lluvias de media década. Más allá, la niebla de la ciudad dormitaba sobre las cornisas, arropando los ladrillos como un sudario. Thomas Walsingham permanecía rígido en el sillón, las manos enguantadas apretando con insistencia la carta que le habían deslizado bajo la puerta. Hacía un cuarto de hora que escudriñaba aquel sobre, encuadernado con aquella solidez ceremonial que gastan los que saben el peso de cada palabra.

La luz del brasero crepitaba, y el oro cobrizo del atardecer se mezclaba con la oscilante llama para dibujar siluetas engorrosas en la pared. Jane, su segunda esposa, ya se había llevado a los niños escaleras arriba; había aprendido a identificar el tono con el que Thomas decía "Ahora no", cuando en realidad quería expresar "No sé si sabré regresar".

La carta estaba sellada con el escudo del Consejo Secreto, esa serpiente de muchos ojos que decían proteger la integridad de la corona pero que, en la experiencia de Thomas, jugaba con las vidas ajenas como un niño juega con soldados de plomo. El remitente era inconfundible: Francis Walsingham, su primo y protector, el maestro de los espías de Su Graciosa Majestad Isabel.

La misiva era breve, pero su lacónica instrucción pesaba más que un libro de salmos:

"El hombre que busca se esconde tras el altar de San Magnus. No hable. Observe. Nadie debe conocer este encuentro, ni siquiera yo."

La iglesia de San Magnus estaba junto al puente, allí donde los condenados a la horca en Tyburn decían su última plegaria, y la cortina de la niebla delimitaba sin piedad el mundo de los vivos y los muertos. Thomas comprendió ya que, para el Consejo, tan sólo era una herramienta —pero una herramienta útil que aún gozaba del favor de su pariente, una posición peligrosa en la ciudad donde los muros escuchaban y las paredes tenían tantos oídos como ojos tenía Dios.

Arropándose en su capa negra y dejando a la esposa con un ademán seco, cruzó el umbral y descendió la escalinata de la casa, mientras la noche caía como una sentencia. El portero, un anciano con cara de lagarto, dejó caer apenas la cabeza a modo de saludo, lo que Thomas interpretó con resignada malicia: "O vuelve usted pronto o no vuelve".

Las calles de Londres reposaban entre charcos y despilfarros que el alba aún no había tenido tiempo de blanquear. Carros ruedan como espectros, vendedores recogían sus cestas, las ratas coronan las rendijas. Thomas se envolvía en sus pensamientos, repasando la lista de enemigos imaginarios. Nadie "se esconde" en San Magnus por voluntad propia: o huye de algo, o aguarda a alguien.

Al doblar la travesía, un niño mugriento que mascaba un trozo de cera le miró fijamente. No era un niño, se dijo Thomas —nunca lo son, cuando los espías necesitan ojos bajos y manos veloces. Pero siguió adelante, eludiendo la trampa de la paranoia con disciplina militar.

San Magnus emergía de la bruma como una nave nefasta varada entre el mundo antiguo y el nuevo. Las piedras húmedas del atrio resbalaban, y Thomas escuchó los saltos inquietos de su propio corazón al atravesar la nave, hacia el altar, donde solo quedan los que no tienen ya al Dios de su parte.

Allí estaba, envuelto en ropajes pardos, el hombre que debía observar. No era alto, pero poseía un modo de estar que sugería disciplina y olvido. Unos zapatos demasiado pulcros, un peinado demasiado preciso. Thomas se sentó en la penumbra, fingiendo concentrarse en un libro de salmos —fingir era el único evangelio fiable en Londres— y aguardó.

Transcurridos unos minutos, el desconocido se inclinó, deslizándose tras la columna como una sombra líquida. Desde el altar, extrajo un pequeño rollo, lo depositó bajo una silla y, en un movimiento casi invisible, miró directamente hacia Thomas. No hubo sorpresa, ni reconocimiento; solo la aceptación fría que los condenados reservan al verdugo y los sacerdotes al sacramento.

Thomas se incorporó con el alivio fatalista del soldado que conoce el inexorable final del combate y recogió el rollo con dedos insensibles. Al tacto, era liviano. Salió de la iglesia bajo una lluvia fina, cruzando otra vez la frontera entre los que saben y los que fingen no saber.

De vuelta al hogar, sintió la carga de lo imposible: no debía abrir el rollo y no debía ignorarlo. Era el intermediario de un mensaje que podía hundir o salvar reinos. Recordó, en la penumbra de su gabinete, la voz febril de su padre: "Hay caminos que cruzarás solo".

Esa noche, mientras Jane dormía con la serenidad de los que no han sido arrastrados a la maquinaria del poder, Thomas colocó el cilindro bajo la losa suelta junto al ventanal y se obligó a recordar el color de los ojos del hombre. Era azul —pero no azul cielo; era azul abismo, como el mar que se traga los cuerpos sin nombre.

Desde entonces, el Consejo volvió a llamarle (nunca para premio, siempre para deber), la ciudad persistió en su niebla y susurros, y Thomas Walsingham aprendió, en horas largas y silenciosas, que ningún secreto llega indemne al amanecer.

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