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Portada del relato El Pendiente de Amatista
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Fragmento:


Los tambores roncos resonaron mientras Sir Hugo, el mayordomo, apartaba a los curiosos y abría paso a la señora de la casa, Lady Blanche, su madre. Eleanor la admiraba y la temía por igual: una viuda de temple acerado, intachablemente vestida de negro tras la muerte de su esposo en la defensa de la corona francesa. Blanche no era dada a dulzuras, pero tenía una sabiduría amarga y necesaria para que una familia como la suya sobreviviera en días tan convulsos.

Duración: 04:47

El Pendiente de Amatista
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La niebla bailaba sobre el Ródano en aquella tarde de noviembre, cubriendo las colinas y los campos en un gris recatado, como si la naturaleza misma siguiera la moda de la corte. Eleanor apoyó la frente en el ventanal del solar de Montfort, sus dedos acariciando el cristal frío, mientras observaba la procesión de figuras embozadas cruzando el patio bajo. Sabía, con la certeza de una hija bien nacida pero no deseada, que esa noche cambiaría el curso de su vida.

Los tambores roncos resonaron mientras Sir Hugo, el mayordomo, apartaba a los curiosos y abría paso a la señora de la casa, Lady Blanche, su madre. Eleanor la admiraba y la temía por igual: una viuda de temple acerado, intachablemente vestida de negro tras la muerte de su esposo en la defensa de la corona francesa. Blanche no era dada a dulzuras, pero tenía una sabiduría amarga y necesaria para que una familia como la suya sobreviviera en días tan convulsos.

—Eleanor —dijo su madre, con voz baja y firme, tras cerrarse la puerta—. Ven.

La joven se irguió y recorrió la estancia con pasos medidos, consciente incluso de su respiración bajo los ojos de su madre.

—¿Han llegado? —preguntó, y la huella de una ansiedad antigua cruzó la voz de Eleanor.

—Han llegado. Tus pretendientes.

Blanche alzó una ceja, imperiosa. Eleanor no se permitió temblar. Era la hija menor de un linaje a la deriva. No tenía grandes dotes ni una herencia atractiva, pero poseía algo menos visible: la obstinada voluntad de no ceder.

—Escoge con sensatez —advirtió la madre, alzando un diminuto relicario de amatista, la única joya heredada que poseían—. Pero no olvides el deber.

La cena fue un desfile de sonrisas políticamente correctas y miradas furtivas. El fuego crepitaba en la gran chimenea mientras Lord Willoughby, un inglés de sonrisa afilada y bigote impecable, relataba con desenvoltura las últimas noticias sobre la guerra y las negociaciones de paz. Sir Armand, callado y robusto, parecía más cómodo con su escudero que con el vino o la conversación de la mesa. Por último, el más joven de los pretendientes, Auguste, lucía un aire nervioso y soñador, casi noble en su humildad.

Tras los postres, los hombres se retiraron para hablar de política y Eleanor se halló sola en la galería, buscando respirar aire frío lejos del escrutinio materno. La encontró allí—en el silencio frío de la piedra, bajo la tapicería raída y los ecos de antiguos juramentos familiares—una sensación de posibilidad exótica, peligrosa y electrizante: libertad.

Auguste apareció primero, la figura alta recortándose contra la última luz del día.

—¿Por qué tan lejos de la fiesta, lady Eleanor? —murmuró al acercarse. Su voz era baja, una invitación a compartir confidencias.

—No soy amiga de las fiestas —respondió ella—. ¿Y vos, monsieur?

Él sonrió y tiró suavemente de la cadena de su propio relicario.

—Tampoco. A veces pienso que las verdaderas decisiones de este mundo ocurren lejos de los salones y las mesas de banquetes.

Por un instante, Eleanor sintió que Augute la comprendía de una manera profunda, inesperada. Bajó los ojos, incómoda por la vulnerabilidad, y preguntó:

—¿Qué buscáis, realmente?

Auguste bajó su voz, aunque no se acercó más:

—Un lugar propio. Una verdad en este mundo de medias mentiras y promesas rotas.

Las palabras vibraron entre los muros de piedra. Eleanor supo, sin saber cómo, que serían aliados antes que amantes; compañeros en una historia que no sería relatada en los libros de los grandes señores, sino en la memoria de los pequeños lugares y las grandes decisiones calladas.

El invierno cayó sobre Montfort con su manto de escarcha. Los pretendientes partieron y Lady Blanche, satisfecha, comenzó los trámites del compromiso con Lord Willoughby. Pero Eleanor, en las horas inciertas de la madrugada, se deslizaba por pasillos olvidados hasta la biblioteca, donde Auguste la esperaba entre mapas y manuscritos. Juntos planearon no matrimonios ni alianzas, sino la salvación secreta de aquellos campesinos y soldados heridos por la guerra. Crearon una red de ayuda, ocultos bajo el disfraz de una correspondencia anodina y de sencillas transacciones comerciales.

A veces, sus dedos se rozaban, robándose apenas un segundo de fuego. Pero lo que verdaderamente los unía era el desafío de cambiar una historia que parecía ya escrita por otros. Cuando Lord Willoughby regresó para sellar su destino, Eleanor ya no era la muchacha temerosa que miraba el río desde las ventanas. Se arrodilló ante su madre.

—No puedo aceptar este destino, madre. Mi deber es otro.

Lady Blanche, sorprendida, la miró largo rato y al fin asintió:

—Entonces vete. Pero no olvides quién eres ni de dónde vienes. Haz que tu nombre signifique algo.

Eleanor se fue al alba, con Auguste y la certeza de que la vida, aunque tejida de deberes, podía desbordar de pasión y promesa—si una mujer se atrevía a tomar la pluma y escribir su propio relato en el crisol del tiempo.

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