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Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
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Portada del relato Las campanas del ala sur
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Fragmento:


La chimenea, inusualmente encendida, crepitaba y arrojaba sombras vivas sobre la alfombra. En un sofá desvencijado, París, el gato gris, miraba la llama con un interés casi humano. Pero fue cuando Hesther se atrevió a sentarse junto al balón de fuego, que la campana pequeña de la entrada tintineó, casi imperceptible. El sonido impertinente la sobresaltó más que si le hubieran gritado en plena noche.

Duración: 05:17

Las campanas del ala sur
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El viento arrastraba cenizas y hojas pardas a través de la galería desierta, mientras Lady Hesther deambulaba con el sigilo aprendido de los años en la Torre Gris. La tarde pendía como una amenaza apiñada en los ventanales altos, donde la herrumbre y la intemperie ocultaban lo que antes había sido un cristal limpio. Una toquilla a medio remendar le abrigaba los hombros, y su andar despertaba ecos en los corredores, ecos que nunca sonaban de igual manera cuando caminaba sola.

Afuera, el jardín se arrojaba hacia el crepúsculo. Aquel jardín sin dueño desde hacía tres inviernos, plagado de malvas y sauces que murmuraban cosas solo comprensibles para quienes los escuchaban con el alma quieta. Hesther tenía la sensación de que era observada desde las ventanas tapiadas del ala sur, la franja más vieja y rechazada de la Torre, cuyos secretos ni siquiera los sirvientes, ya escasos como ratones huidizos, se atrevían a comentar.

Una noche, al encontrar debajo de su puerta una carta sellada con un barniz negro desconocido, Hesther comprendió que algo se acercaba, lento pero inexorable. La caligrafía era menuda, recostada, escrita con tinta fragante, y decía simplemente: “Esta noche, a la hora antes del primer cuervo”. La firma solo era un trazo, una inicial imposible de adivinar. Durante horas se debatió entre la inquietud y una curiosidad que la quemaba de adentro hacia fuera.

La sangre de los teléfonos de cuerda, y los relojes de ébano que no daban la misma hora en ningún rincón del caserón, le decían que debía prepararse. Bajó la gran escalera con pasos que deseaba silenciosos, y descendió hasta el salón donde los viejos retratos familiares lucían marcos torcidos y polvo de cinco generaciones.

La chimenea, inusualmente encendida, crepitaba y arrojaba sombras vivas sobre la alfombra. En un sofá desvencijado, París, el gato gris, miraba la llama con un interés casi humano. Pero fue cuando Hesther se atrevió a sentarse junto al balón de fuego, que la campana pequeña de la entrada tintineó, casi imperceptible. El sonido impertinente la sobresaltó más que si le hubieran gritado en plena noche.

Abrió la puerta con la mano temblorosa y vio allí una figura delgada, tan alta que parecía tener que plegarse bajo el dintel. Vestía de negro absoluto, con trazos de polvo en los codos y en las costuras. Los cabellos, largos y blancos pese a su rostro joven, enmarcaban una sonrisa ardilosa.

—¿Esperabas a alguien esta noche, Lady Hesther?—preguntó con voz quebrada, como si al otro lado de las palabras habitara otra lengua.

—Recibí una nota—dijo, intentando erguirse tanto como le permitía su dignidad aún intacta.

—Y has obedecido—respondió la figura sentándose frente a ella en el sofá, sin invitarse ni esperar señal.

Las palabras se intercambiaron como cuchillos en la mesa. La visita hablaba de pactos, de memoras antiguas del linaje, de los nietos de Hesther y de deudas nunca saldadas. Los ojos de la visitante brillaban con la lumbre y, a veces, con algo más profundo y febril, el reflejo de tormentas antiguas. Hesther sintió que al mirarla, parte de su memoria era reescrita: aparecían voces en su cabeza, recordaba llantos de niños que no nacieron, pasillos que nunca había explorado y la amenaza de una noche que nunca terminaba.

—La Torre te reclama, Hesther. No eres solo su señora, eres su prisionera.

El silencio se hizo absoluto. Incluso París escapó, atravesando la puerta entreabierta como una sombra. La aparición se levantó y, dejando apenas una estela de ceniza, caminó de nuevo hacia la puerta.

—Cuando el primer cuervo cruce el jardín, buscarás la verdad en el ala sur.

La puerta se cerró tras ella; el eco martilleó en los cristales. Lady Hesther subió las escaleras como si la gravedad se volviera súbitamente monstruosa, opresiva. La noche se volvió extrañamente transparente: en su alcoba, las paredes latieron con rumor de voces y pasos diminutos. El aire olía a tierra húmeda y a carne olvidada.

A la hora prometida, el primer graznido rompió la quietud, y el cuervo, como un príncipe oscuro, cruzó el jardín en dirección al ala sur. Hesther sintió que sus pies la llevaban, sin memoria de su propio mandato, al viejo corredor. Abrió la puerta prohibida, la que más temía desde niña, y descendió. Allí, el polvo era tan alto como para enterrar recuerdos y temores.

Oyo voces. Voces que cargaban su nombre con afecto y resentimiento, voces de niños y viejos, voces de sus propios años y de años que no vivió. En la penumbra, las luces azulinas flirteaban a ras del suelo. Caminó, y a cada paso, las puertas se abrían y cerraban suavemente. El frío se pegaba al pecho.

En la sala final, la figura de la visitante la esperaba, más alta y terrible, vestida esta vez con ropajes de generaciones extinguidas. Sobre la mesa, un libro encuadernado en cuero con las iniciales de su familia.

—Sólo hace falta tu firma—dijo, tendiendo una pluma florecida de sombra.

Hesther sintió el pulso de toda su estirpe en la mano: podía liberarse, o podía sellar la condena de los suyos para siempre.

Afuera, los cuervos se posaban, uno a uno, en la cornisa de la Torre, como testigos oscuros del final de la noche más larga.

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