Fragmento:
La noche a la que me refiero, la señora Linton recorría el pasillo central —calzado de alfombras rosadas enmohecidas— a la búsqueda de una brisa, pues hacía calor pese a la lluvia que martilleaba los cristales enturbiados. Al pasar junto a la sala azul (así llamada por el peculiar tinte de la pintura desvaída), reparó en que la puerta, siempre rechazada por el viento, esa noche no ofrecía resistencia. La abrió con una pereza preñada de miedo.
Duración: 04:05
No bien la silueta del ocaso abrazó los contornos de la vieja mansión —esa que reposa, solitaria y orgullosa, sobre la colina ceñida por sauces demasiado pesados para asirse al día—, la señora Linton supo que el silencio nutría algo más espeso que la noche. Si bien los muros de la casa estaban recubiertos por tapices florales de entrelazados lirios, y el aliento de las habitaciones era también el de una primavera anquilosada en tintes violetas y dorados, todo allí susurraba una promesa que no era de renovación, sino de repetición enfermiza.
Había enviudado tan joven, la señora Linton. Nadie en las tierras vecinas recordaba haber visto jamás a su marido: un hombre descrito como severo, amante del estudio y de la soledad, un ser que necesitaba tanto de la oscuridad como otros de la conversación. Había apenas un retrato, oculto en la biblioteca, siempre cubierto con una cortina bordada, y que ninguna luz directa visitaba desde hacía años.
La noche a la que me refiero, la señora Linton recorría el pasillo central —calzado de alfombras rosadas enmohecidas— a la búsqueda de una brisa, pues hacía calor pese a la lluvia que martilleaba los cristales enturbiados. Al pasar junto a la sala azul (así llamada por el peculiar tinte de la pintura desvaída), reparó en que la puerta, siempre rechazada por el viento, esa noche no ofrecía resistencia. La abrió con una pereza preñada de miedo.
Dentro, el aire era dulzón, cargado de aromas que la empujaron hacia el desconcierto: almizcle, polvo antiguo, y algo más tenue, apenas perceptible, que evocaba los perfumes de la infancia mezclados con olores de ataúd. Vio, en la penumbra, la lámpara roja encendida —un objeto vetusto prohibido para el personal— proyectando en las paredes un mosaico de sombras, entre las que destacaba una mancha persistente, retorcida como una raíz negra sobre la tapicería casi dorada.
La señora Linton sintió, con esa agudeza que sólo otorgan los años y las pérdidas, la presencia de lo invisible. Las cortinas se agitaban aunque ninguna brisa traspasaba los postigos. En el techo, la pintura pelada dejaba ver líneas que se anudaban en espirales, como pequeñas galaxias en descomposición, que parecían girar sólo cuando se les miraba de soslayo. El zumbido de los relojes, dispersos como guardianes insomnes, componía un telón de fondo ansioso.
Se sentó en el desvencijado canapé, y la tela rechinó con un sonido húmedo, tosco, que recordaba más a la carne que a la madera o al textil. La lámpara relampagueó. Todo, por un instante, pareció relatarle a la señora Linton algo que ella había olvidado hacía mucho tiempo: risas apagadas en rincones tapiados, pasos amortiguados detrás de paredes falsas, un secreto susurrado a los gusanos.
La mancha oscura en la tapicería tenía ya la forma de una mano. Parpadeó y ahora era un rostro, parecido —lo notó con íntimo espanto— al del retrato vedado en la biblioteca. Quiso levantarse, pero la mano de la mancha pareció estirarse, y el canapé la retuvo con un abrazo viscoso que la dejó inerme, vieja niña otra vez, temblando frente a la pesadilla transparente de la casa.
En la lámpara, las lágrimas de cristal repiquetearon como risas perdidas. En el espejo burilado sobre la repisa, vio el reflejo de la habitación: todo al revés, la mancha convertida en figura, la figura en sombra, y en el sitio donde ella debería encontrarse, sólo se adivinaba una grieta que crecía con la cadencia de su propio pulso.
La tempestad arreció. Afuera, el ventarrón estrangulaba los álamos, cuyos lamentos se confundían con el rumor de voces atrapadas en los muros, fragmentos de antiguos rezos o maldiciones. La señora Linton supo que, como el tapiz, ella misma estaba tejida en la urdimbre de la casa, inevitable y repetida, destinada a sentarse cada noche, cuando el rojo de la lámpara la llamara, a escuchar la historia infinitamente contada, esa en la que los vivos y los muertos comparten el mismo temblor bajo el papel desvaído de la memoria.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.