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Tras la puerta
Portada del relato El eco de Winterleigh
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Fragmento:


Así, aquella medianoche, Señorita Cecily apenas escuchaba el persistente tamborileo de la lluvia en los cristales mientras avanzaba, candelabro en mano, hacia la galería. El retrato de Lady Maude Bellingham la observaba con ojos oscuros, eternamente apesadumbrados por aquello que el lienzo no osaba revelar. Recorrió el pasillo lentamente; con cada paso el aire se volvía más rancio, impregnado de un perfume dulzón y enfermo.

Duración: 05:45

El eco de Winterleigh
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La noche había llegado sobre el caserón de los Bellingham envolviendo su silueta en un manto de niebla y humedad. El aire vibraba con un murmullo incesante, tal vez del viento que se colaba entre las grietas de la mansión, o tal vez de los recuerdos que allí moraban, tan vivos y venenosos como la hiedra que escalaba los muros. Lady Cecily, aún envuelta en duelo, recorría el corredor que conducía hacia el ala este, la más prohibida, la que su difunto esposo advirtió debía evitar cuando la tristeza se apoderara de su ánimo.

Las velas ardían temerosas en los candelabros, sus llamas fluctuando como si respiraran el mismo aire pesado y antiguo que apretaba el corazón de Cecily. Pensaba en el porqué de tantas restricciones, en el recato extremo que su marido impuso incluso después de muerto. Órdenes selladas, testamentos sellados con sangre: “No entres al ala este después del anochecer”.

Mas la soledad traía consigo un coraje irracional. La muerte de Lord Bellingham no había tranquilizado a los habitantes invisibles del caserón. Voces de ultratumba, pasos en el entarimado, brisas heladas besando su nuca durante la noche. Ella no era fantasiosa, pero tampoco ciega. Sabía, dentro de sí misma, que en las entrañas del caserón reposaba la raíz del dolor que la recorría, y que solo enfrentándolo podría recuperar la serenidad extraviada.

Así, aquella medianoche, Señorita Cecily apenas escuchaba el persistente tamborileo de la lluvia en los cristales mientras avanzaba, candelabro en mano, hacia la galería. El retrato de Lady Maude Bellingham la observaba con ojos oscuros, eternamente apesadumbrados por aquello que el lienzo no osaba revelar. Recorrió el pasillo lentamente; con cada paso el aire se volvía más rancio, impregnado de un perfume dulzón y enfermo.

Al llegar frente a la puerta prohibida, su corazón latía como si presintiera la ruptura de un voto ancestral. Dudó solo un instante, sus manos temblando al insertar la llave. El chirrido que nació del giro fue un grito largo y doloroso. Empujó la puerta y la noche se coló tras ella como una manta helada. Allá dentro, la oscuridad era densa, expectante.

Su luz danzó sobre tapices mohosos y muebles cubiertos por sábanas hendidas. Olía a encierro y a flores rancias. Pero más allá, en la esquina opuesta a la ventana sellada, un resplandor débil sugería la sombra de una mesita. Avanzó y vio entonces algo que la hizo retroceder de espanto: un ataúd pequeño, forrado de terciopelo carmesí, cubierto de polvo y pétalos de rosas marchitas.

El horror se apoderó de ella. Miró a su alrededor, como si esperara encontrar a algún guardián espectral de aquel macabro secreto. Pero solo el silencio, más grueso aún que antes, la sostuvo. ¿Sería aquel ataúd la razón de tantas advertencias? ¿Era un relicario fúnebre? ¿Una burla cruel? No pudo evitar arrodillarse e inclinarse, su respiración empañando la tapa pulida. Allí, inscripto en letras doradas apenas visibles, leyó el nombre: “Eleanor Bellingham, 1832-1850”.

La sangre le abandonó el rostro. Eleanor, la hermana de su marido, muerta joven, el secreto nunca mencionado, la fuerza silenciosa que parecía aprisionar todos los afectos sinceros de la familia. Sus dedos, impulsados por un impulso irresistible, deslizaron el pestillo. La tapa se atascó, pero con un esfuerzo final, levantó la cubierta. Adentro, una muñeca de porcelana, vestida de blanco, la miraba desde sus ojos vacíos. Pero bajo la muñeca, un sobre amarillento con la letra temblorosa de Lord Bellingham.

Las palabras, ilegibles al principio por la emoción, se formaron lentamente ante sus ojos:

“Si algún alma, vencida por el inexorable destino, abre este féretro, sepa que lo que yace aquí fue la ruina de un linaje. Eleanor, nuestra amada, no murió como se cree. Pereció por la traición de quien más debió amarla. Que este recordatorio sirva para quien quiera descubrir la verdad: el veneno de la sangre pesa más que el del arsénico. Quien permanezca aquí después de la medianoche, atado por la curiosidad insana, compartirá el destino de los Bellingham.”

Cecily sintió entonces un viento feroz que se desató en la estancia, agitando las cortinas y apagando la vela de golpe. La estancia entera, sumida en una oscuridad viscosa, vibró con un susurro profundo, como si la mismísima casa respirara en agonía. Sintió dedos helados rozando su cabello, oyó el llanto sordo de una niña en algún rincón.

Corrió. El pasillo iba cerrándose a su espalda, las sombras tomaban formas y la perseguían. La galería de retratos, el vestíbulo, la escalera principal: el caserón parecía haber despertado. La puerta principal, pesada y oxidada, se negó a ceder. En aquel instante, oyó el tintinear de risitas lejanas y supo, con un terror inequívoco, que no era la primera ni sería la última en desobedecer la advertencia.

Abajo, en el salón, distinguió la figura borrosa de Lady Maude, quien descendía lenta, solemne, su vestido flotando como guiado por una brisa funesta. Sus ojos, vacíos, se fijaron en Cecily. El lamento se palpó en el aire. “Te lo advertimos”, susurró, “pero en esta casa el dolor nunca muere. Se convierte en eco y en carne.”

Cecily comprendió, al filo del desmayo, que la muerte en Winterleigh era el menor de los castigos. Los pecados, una vez liberados, no pueden volver a encerrarse. La noche se cernió sobre su conciencia, y en aquel alarido de memorias sepultadas, supo que su alma quedaría para siempre atrapada en la penumbra de la mansión, junto a la niña muerta, los remordimientos centenarios y las rosas marchitas que nunca volverían a florecer.

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