Fragmento:
Las rutas estaban plagadas de ausencias. Pasábamos por avenidas despobladas donde las fachadas, heridas, parecían inclinarse para espiarnos. El asfalto retorcido se abría bajo nuestras botas como carne de un mundo moribundo. No había sol, sólo la pátina enfermiza de las lámparas de gas que lográbamos encender a fuerza de buscar entre charcos de aceite y cristales rotos.
Duración: 04:37
Cuando la luna se había extinguido hace décadas, y la Tierra yacía bajo una asfixiante penumbra de hollín y ceniza, yo, Helena Lorn, desperté una noche para descubrir que era una de las últimas. El viento ululaba a través de los restos de lo que fuera la ciudad de Carrow, llevando en su lomo fragmentos de escombros y murmullos de los muertos. Nadie más permanecía junto al silencio de mis días salvo Armand, cuya expresión translúcida apenas era capaz de distinguirse en los recodos de sombra que dominaban nuestras horas insomnes.
Armand había sido juez en otro tiempo, cuando el juicio y la clemencia eran todavía monedas con las que se mercaba la cordura. Ahora, en nuestra común desolación, me convertí en jueza de los límites entre la realidad y la alucinación. No había diferencia, salvo la que trazaba el eco de nuestros propios pasos.
“¿A dónde?”, me preguntaba Armand día tras día, su voz quebradiza como la corteza de las ruinas que trepábamos sin destino. Y respondía con mi mirada perdida hacia el horizonte de esqueletos de hierro y pólvora petrificada: “A donde termine el camino, si es que termina”.
Las rutas estaban plagadas de ausencias. Pasábamos por avenidas despobladas donde las fachadas, heridas, parecían inclinarse para espiarnos. El asfalto retorcido se abría bajo nuestras botas como carne de un mundo moribundo. No había sol, sólo la pátina enfermiza de las lámparas de gas que lográbamos encender a fuerza de buscar entre charcos de aceite y cristales rotos.
Cada noche, al borde de la extenuación, nos cobijábamos en mansiones desventradas. Alfombras cubiertas de ceniza, cortinajes deshaciéndose en copos negros y espejos empañados por el polvillo de los años nos ofrecían el consuelo irónico de recordar el tiempo en que la decadencia era sólo una promesa. Y sin embargo, dormíamos abrazados al vértigo, temiendo que en el sueño fuéramos a advertir la llegada del final, abrupto y pálido, en el filo de nuestra conciencia.
A veces, juraría oír los sollozos de los edificios, saboreando el retorno imposible de sus habitantes. Recorríamos salones cuyas paredes mostraban retratos mutilados: familias desmembradas, rostros carcomidos por hongos y humedad, ojos que parecían vigilar con resentimiento nuestros movimientos. “¿Ves, Helena?”, susurraba Armand. “Nos miran como quien observa fantasmas invasores”. Y no podía sino asentir, porque la verdad era que la historia no diferenciaba víctimas y espectros.
Una noche memorable, hallamos una iglesia estremecida por el viento, y nos cobijamos bajo su nave trémula. Allí, el altar había sido consumido por el incendio, pero quedaba una cruz moldeada en metal, retorcida como si hubiera resistido hasta el último gemido de la forja. Nos recostamos ante la ausencia de santos,
y Armand musitó: “Aquí debimos haber terminado”. Pero, de un modo que sólo los condenados comprenden, supe que era mentira. Porque si algo posee un último humano, ese algo es la imposibilidad de clausurar el paso, el movimiento inexorable hacia otra ruina, otro amanecer de hollín.
Las jornadas se sucedían iguales: polvo, hambre y la impresión de estar andando no sobre la Tierra, sino sobre la piel revelada del abismo. A veces, contemplando las cicatrices de la autopista, recordaba los cuentos con que mi madre me arrullaba: fábulas de héroes que prometían alcanzar el horizonte. Me reía entonces, pues el horizonte es la broma más cruel para quienes continúan caminando cuando el mundo está irremediablemente roto.
Armand empezó a debilitarse, su aliento se volvía cada vez más corto. “¿Y si soy el último?”, musitó una mañana, sus ojos hundidos parecían cubiertos por el velo del invierno inacabable. “¿Si tu sombra es todo lo que queda de compañía?”. Mi respuesta se perdió, ahogada entre los aullidos de la fábrica en ruinas que cruzamos ese día; pero dentro de mí, anidó la certeza de que no podría abandonarlo, ni aunque la muerte nos tomara por separado.
Así nos halló el último tramo del camino: sin palabras, sin esperanzas, avanzando entre cadáveres de árboles y alambres caídos. Y entonces, cuando ya los pasos de Armand erraban entre la vida y la ausencia, un resplandor anómalo se encendió en el extremo de la autopista, una luz ajena, como el recuerdo imposible del sol. Ya no sabíamos si era ensoñación o locura, aunque la razón importaba menos que la promesa del fulgor.
“¿Llegaremos?”, jadeó Armand apenas audible. Le tomé la mano entre mis guantes balbuceando una plegaria antigua. Seguimos caminando porque era todo lo que nos restaba, cada paso más lento, el asfalto crujiendo bajo nuestros pies agotados.
A medida que nos acercábamos, la luz oscilaba, burlona, y supe que ningún final era tan piadoso como para conceder certezas. Pero en ese instante, con el mundo encogido hasta la pura línea de la carretera, comprendí que la última humanidad no era sino esto: una ruta sin fin, un tránsito perpetuo entre ruinas, la promesa espectral de que quizás, al final del andar, no encontremos nada más que a nosotros mismos —fatigados, mudos y, sin embargo, de algún modo, interminables.
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