Fragmento:
El salón, largo y caliginoso, se extendía bajo la vigilancia inmóvil de los retratos. Anochecía detrás de las vidrieras ennegrecidas, y ninguna lámpara osaba aún quebrar la penumbra. La estancia respiraba un musgo antiguo, como si la piedra y la madera, hendidas por los años, filtraran murmullos; pero Catherine, quieta ante el ventanal, escuchaba tan solo el hoy leve vaivén del velo. Lo había encontrado esa mañana, en el desván, entre baúles pudriéndose y códices marchitos. Era un velo antiguo, de gasa azulada y encaje desteñido, de un tacto frío y sedoso que prometía memorias de otros tiempos.
Duración: 04:55
El salón, largo y caliginoso, se extendía bajo la vigilancia inmóvil de los retratos. Anochecía detrás de las vidrieras ennegrecidas, y ninguna lámpara osaba aún quebrar la penumbra. La estancia respiraba un musgo antiguo, como si la piedra y la madera, hendidas por los años, filtraran murmullos; pero Catherine, quieta ante el ventanal, escuchaba tan solo el hoy leve vaivén del velo. Lo había encontrado esa mañana, en el desván, entre baúles pudriéndose y códices marchitos. Era un velo antiguo, de gasa azulada y encaje desteñido, de un tacto frío y sedoso que prometía memorias de otros tiempos.
Había oído hablar del rumor de Vervaux desde niña. Siempre se decía que, bajo su superficie lustrosa, la mansión asistía a una segunda vida: la de sus desaparecidos. Voces perdidas en corredores que nadie recorre ya, risas de damas muertas en los juegos de salón, suspiros húmedos de antiguos amores. Catherine no había creído en fantasmas; o quizás solo quería enfrentarlos allí, sola, desde el luto aún fresco por su herencia.
Mientras oscurecía, el velo temblaba en sus dedos, como si contuviera un impulso propio. Ella no lo apartó, y en esa caricia de tela helada halló la irresistible promesa del peligro familiar. Bajó por la escalera central, cada peldaño chirriante protestando bajo su peso, y penetró en el ala este, donde el aire era más pesado y la humedad impregnaba las tapicerías.
Dentro, halló la antesala del Espejo. Era un cuarto hexagonal, presidido por una única pieza de cristal azogado, cuya superficie reflejaba difusamente las lámparas que (según decían) jamás debían encenderse al anochecer. El Espejo de la familia, alto como un hombre adulto, sostenía en su marco de roble tallado cientos de motivos serpenteantes. Y de todos los rumores, era el del Espejo el que siempre se susurraba con mayor temor, pues nadie sabía con exactitud hasta dónde podía devolver a los vivos lo que era propiedad de los muertos.
Se acercó, sintiendo cómo el velo se apretaba en su puño cerrado. Su reflejo surgió vacilante, primero una mancha brumosa, luego la claridad de un rostro pálido de cejas oscuras y labios ateridos. Pero la vista del Espejo era zozobrante. Catherine sintió el suelo inclinarse bajo sus pies. Por un instante, creyó percibir a otro tras ella: un borde de vestido de encaje, una mano fina apoyada en su hombro, la promesa helada de una respiración familiar.
La noche cayó sobre Vervaux. Afuera, la tormenta repiqueteó con violencia en los cristales, y un trueno, cercano, encendió los marcos de las ventanas en un relámpago breve. El retrato de Lady Henriette, bisabuela de Catherine, parecía, en la convulsión de la luz, girar los ojos hacia la joven. El Espejo devolvía su propia imagen, y otra junto a ella, sobrepuesta casi imperceptiblemente: el rostro impreciso, los mismos pómulos finos, el mismo lunar en la clavícula. Catherine tocó con un dedo el vidrio, y el frío le respondió, profundo, reptando por su carne hasta arrebatarle el silencio entre los dientes. No estaba sola.
Vaciló. El velo se tensó involuntariamente, queriendo escapar de su mano. Una voz, primero como un sollozo, luego apenas un murmullo de brisa, empezó a deslizarse por la habitación: “Devuélveme, ciérrame.” Era la súplica de un eco ancestral. Catherine, sin saber por qué, pensó en la noche en que Henriette promocionó la boda de su hija y, con un gesto de matriarca feroz, cortó los sueños de una vida toda. El rumor de salones llenos de suspiros, la violencia de decisiones impuestas… ese era el verdadero linaje de Vervaux.
El Espejo pareció irrumpir en sollozos; la luz giró, y Catherine vio, alzadas tras ella, figuras envueltas en gasas: los habitantes pasados de la casa, inmóviles y dolientes. Avanzaban en procesión, manos alzadas, rostros hundidos en sombras. Quiso girar el rostro, huir, pero el Espejo la sostuvo en un abrazo inexorable. El velo, convertido en serpiente de seda, se apretaba ahora con voluntad propia a su cuello. Catherine supo de pronto que el espejo no solo devolvía el reflejo de lo visible, sino también de lo oculto, de lo heredado, de lo no sanado.
Y comprendió que estaba condenada a volver una y otra vez, noche tras noche, custodio del Espejo y de todas las voces no escuchadas, hasta que otro, tantos años después, encontrara entre los desvanes el mismo velo y supiera, al rozar la tela helada, que aquel no era solo un pedazo de memoria, sino la llave última y fatal de Vervaux.
Un rayo partió la noche, y los retratos, los muebles, los relojes y las vitrinas se estremecieron juntos. Acurrucada en el umbral entre dos mundos, Catherine apretó el velo contra su pecho y, con el último latido de sus venas, dejó que su reflejo se fundiera para siempre en la niebla profunda del Espejo.
Compacto, la mansión volvió al silencio, y sólo el mar rugiendo contra el acantilado pareció atestiguar que otro secreto se cerraba en la casa. Por siempre la niebla, por siempre la sombra, y, en el fondo del Espejo, los ojos malheridos de Catherine se sumaron a la legión perdida de las damas de Vervaux.
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