Fragmento:
La casa, de un blanco casi podrido, apenas resistía el asalto de la vegetación. En el porche, una mujer menuda, de piel apergaminada y cabello blanco cuidadosamente trenzado, me recibió sin moverse. “Usted huele distinto. No como los de aquí,” dijo. No respondí, pues sentí que cualquier palabra sería un sacrilegio entre los susurros del crepúsculo. Me condujo hasta una sala atiborrada de muebles cubiertos, relojes parados y el inconfundible aroma de flores muertas. No oía el tic-tac de la familia, sino algo más profundo: un golpeteo seco desde más allá de las paredes.
Duración: 04:05
Cuando llegué, la plantación Ressler estaba ya doblegada bajo el peso de setenta años sin cosechas. Las ramas largas de los sauces peinaban la grave humedad del aire, que olía a algodón fermentado y al aliento cálido del río. El mayoral me observó descender del coche con una mezcla de sorna y lástima, inclinando apenas su sombrero raído mientras su sonrisa desaparecía como una mariposa en la niebla. Yo venía del Este con el impulso de las herencias muertas: la promesa de una propiedad, una línea de sangre que no recordaba, pero que la carta de un rematador de bienes aseguraba era mía.
La casa, de un blanco casi podrido, apenas resistía el asalto de la vegetación. En el porche, una mujer menuda, de piel apergaminada y cabello blanco cuidadosamente trenzado, me recibió sin moverse. “Usted huele distinto. No como los de aquí,” dijo. No respondí, pues sentí que cualquier palabra sería un sacrilegio entre los susurros del crepúsculo. Me condujo hasta una sala atiborrada de muebles cubiertos, relojes parados y el inconfundible aroma de flores muertas. No oía el tic-tac de la familia, sino algo más profundo: un golpeteo seco desde más allá de las paredes.
En los días siguientes, deambulé por los campos. Intenté encontrar el cementerio familiar, pero los lilas y la maleza lo protegían, y alguna fuerza sorda me impedía avanzar tras cierto punto. La servidumbre —poco más que un anciano medio ciego y su nieta, de cabellos como cenizas— me observaba con una mezcla de temor y resignación. Sólo la mujer del porche —Eugenie, según el mayoral— se dirigía a mí de vez en cuando, con frases entrecortadas y miradas largas, densas como el licor casero que me ofrecía cada tarde.
Las noches se hacían más pesadas; la luna, cuando salía, era insólitamente grande, desplazando las sombras hasta las esquinas donde los insectos tejían velos de sonido. Soñaba con raíces emergiendo de la tierra, envolviendo mi abdomen, y al despertar encontraba marcas violáceas, líneas delgadas en espiral por mi vientre y muslos. El mayoral se negaba a mirar mis heridas. “Los sauces reclaman lo suyo, pero sólo a quienes no escuchan,” murmuró antes de salir a galope, desapareciendo entre la bruma del río.
Una madrugada, incapaz de dormir, bajé al salón en busca de algo que calme mi desazón. Eugenie me esperaba, sentada en su silla de mimbre, los ojos fijos en la entraña oscura del corredor. El grifo de vino brillaba a la luz de las velas, y me sirvió una copa mientras recitaba, casi en trance, una letanía apenas comprensible. “Quedan pocos, hija mía. Tú eres la última que puede darles descanso. No lo comprenderás ahora, pero el licor guarda la memoria, y la sangre cierra la herida.”
Bebí. Era dulce, opulento, y en ese instante sentí que no estaba sola en mi piel. Voces, antiguas como la arcilla rojiza de las colinas, se vertieron dentro de mí, llenándome de imágenes de bailes sobre la terraza, de manos aferradas en noches de ciclón, de risas que se transformaban en llanto cuando las cosechas caían y el crisol de la fortuna se volteaba. Eugenie me acarició la frente. “El sauce recuerda cada promesa rota. La ofrenda es necesaria. Nadie, en las casas viejas, puede librarse de ella.”
Supe entonces que mi arribo no había sido por casualidad, ni por la codicia de un abogado oportunista; algo más profundo, algo tejido por manos invisibles, me había traído. Quise huir, pero las piernas ya no respondían. Sentí raíces brotar de mi espalda y deslizarse hacia el suelo, atravesando el entarimado mil veces remendado. El licor, la noche, las voces: todo se fundió en un remolino oscuro.
Al amanecer, el mayoral regresó y no me halló. Eugenie, con mirada quebrada, le ofreció la copa vacía. “Ya está hecho. Esta tierra tendrá su cosecha de recuerdos un año más.” Él asintió, y los sauces se agitaron en un viento invisible: los nuevos latidos se confundieron con el tic-tac de un reloj polvoriento. En la costra roja del camposanto, una flor brotó donde nadie recordaba ya el nombre de la familia.
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