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Portada del relato El dueño de los huesos
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Fragmento:


La gente del pueblo prefiere murmuraciones al sol directo; lo sé porque trabajan en las plantaciones o recogen los huevos, pero nunca levantan la vista cuando yo paso. Hay una niña, Malorie, que a veces me lanza piedras planas desde el otro lado del arroyo seco. Dice que mi casa está tan podrida que ni siquiera los fantasmas se quedarán mucho tiempo, pero no sabe que algunas noches una sombra sube por la escalera arrastrando el olor agrio del tabaco de papá.

Duración: 04:24

El dueño de los huesos
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Puedo oler la tierra mojada desde el porche, esa arcilla roja tan espesa que podría tragarse a un niño si se queda dormido bajo el sol. Mamá dice que la humedad se cuela en las venas y provoca sueños extraños, por eso pongo los pies en la barandilla y dejo que el sudor me recorra la nuca, escuchando los graznidos huecos de los cuervos en el alambrado. No hay viento hoy, y el calor se pega como una promesa incumplida.

La mansión de los Miller, a medio milla de nosotros, se ahoga en zarzas y abrojos. Dicen que la señora Miller, antes de morir, enterró algo entre sus viñedos mustios, pero nadie ha encontrado más que huesos de animal y botellas de licor vacías. Cuando papá murió, dijeron que era mejor así, que los hombres con tristeza en la médula solo saben hundirse solos, igual que la casa que va cediendo bajo su propio peso hasta confundirse con la tierra.

Todas las noches, después de que mamá apague las luces, bajo a hurtadillas a la despensa y abro la trampilla del sótano porque allí abajo, entre el olor a resina y ratas, siento que los murmullos de mi padre todavía bailan cerca de los cimientos. Hay una fotografía suya, polvorienta, apoyada en un saco de harina: parece mirar al que entra, como un guardián cansado y olvidado por los vivos.

La gente del pueblo prefiere murmuraciones al sol directo; lo sé porque trabajan en las plantaciones o recogen los huevos, pero nunca levantan la vista cuando yo paso. Hay una niña, Malorie, que a veces me lanza piedras planas desde el otro lado del arroyo seco. Dice que mi casa está tan podrida que ni siquiera los fantasmas se quedarán mucho tiempo, pero no sabe que algunas noches una sombra sube por la escalera arrastrando el olor agrio del tabaco de papá.

A veces, cortando camino por detrás de la vieja herrería, recojo huesos. Me gustan los cráneos pequeños de mapaches, los dientes afilados de zorros, los fragmentos lisos y pálidos de algún animal que ya nadie recuerda. Los limpio con una tela y los guardo en una caja de cigarros que fue de mi abuelo. Mamá no quiere que los traiga a casa, pero no puede detenerme, como tampoco pudo evitar que papá bajara a beber solo cada noche hasta que el alcohol se llevó sus palabras y se llenó el pozo de silencios.

Esta mañana encontré cerca del cementerio un zapato de niño enterrado en barro fresco. No era de ningún vecino que yo conociera: lo supe por el tamaño y la hebilla dorada, que nadie ha usado desde los tiempos en que mi abuela se bañaba en el río aún limpio. Debajo del zapato, escarbando con una rama, hallé una muñeca de porcelana con la mitad de la cara vuelta polvo. Sentí que debía llevármela a casa; algo en sus ojos quebrados parecía reconocer el hambre de estar sola entre extraños.

A la hora de la cena, el albañil que trabaja arreglando el puente —el mismo que encontró el brazo de un espantapájaros en la acequia— tocó la puerta. Mamá dejó que hablara desde el umbral, como si el calor permanente hubiera achicado el recibidor; sus palabras se deslizaban lentas, y cuando se fue, dejó un olor a tabaco y miedo. Dijo que algo se había movido entre los sauces anoche, algo grande, y que alguno de nuestros perros, los negros que se crían detrás de la casa, había vuelto cojeando y cubierto de sangre.

Esa noche, cuando la sombra subió, llevé la muñeca conmigo abajo al sótano. La senté al lado de la caja de huesos. Observé la humedad goteando desde el techo, cada gota marcando una pausa en el silencio. Cerré los ojos y escuché. Alguien susurraba; sus voces eran como lengua de serpiente, deshilachadas y dulces al mismo tiempo, y aunque sabía que debía temer, algo en mí brillaba con la curiosidad honda de quien ya no teme perder lo poco que queda.

Después, sentí una presión en el hombro, como la garra de un niño perdido, y cuando giré no vi a nadie. Pero la muñeca ya no tenía la cabeza. En su lugar, relucía un bulto de tierra fresca, de donde salía—lento, muy lento—un tallo verde, como si algo en el interior hubiera comprendido al fin cómo brotar hacia la luz.

Mamá no preguntará por la muñeca ni por los huesos; ella entiende, sin palabras, que aquí todo lo que muere pide sitio para volver. Por eso, cuando salga el sol, volveré al porche, respiraré hondo y veré las huellas en la arcilla: pasos pequeños que nunca terminan de alejarse, arrastrando consigo el peso de las lluvias, la pestilencia de la memoria, el secreto musgoso de las raíces que, bajo la casa, siguen buscando a quienes no saben partir.

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