Fragmento:
Vuelvo a escuchar el silbido del tren aun cuando la vía está despoblada y cubierta de malas hierbas. Mi infancia se quedó anclada en esta curva del Delta, donde el aire es tan denso como la sangre tibia, y cada atardecer parece arrastrar consigo la promesa de algo siniestro bajo la sombra azul de los árboles. Mi nombre es Catherine Mayfield, y los veranos en la tierra de mis antepasados han sido siempre testigos de cosas que prefiero no nombrar.
Duración: 05:08
Vuelvo a escuchar el silbido del tren aun cuando la vía está despoblada y cubierta de malas hierbas. Mi infancia se quedó anclada en esta curva del Delta, donde el aire es tan denso como la sangre tibia, y cada atardecer parece arrastrar consigo la promesa de algo siniestro bajo la sombra azul de los árboles. Mi nombre es Catherine Mayfield, y los veranos en la tierra de mis antepasados han sido siempre testigos de cosas que prefiero no nombrar.
La casa en la que crecí se dobla y cruje, cojeando sobre sus columnas agrietadas y sus persianas podridas. Huele a lluvia retenida, a libros olvidados y, desde el verano del 61, a esa humedad dulzosa que sólo puede traer la descomposición de secretos. Fue ese año cuando Jeremiah Blackthorne volvió del este, arrastrando tras de sí una maleta de cuero, una pierna inmóvil y unos ojos que veían más allá de las ventanas rotas y el porche infestado de avispas. Dicen que Jeremiah trajo consigo un viento nuevo, pero bastó un par de semanas para que hasta los insectos dejaran de zumbar cerca de su umbral.
Yo tenía veinte años y me creía inmortal. Nada parecía poder alcanzarme en aquellas tardes lánguidas, con el canto de las ranas y la primera bruma colándose por el maizal. Cuando fui a conocer a Jeremiah, mi tía abuela Hazel me pidió que fuera cortés, y que si me ofrecía bebida no la probara. “La última muchacha que bebió con él nunca volvió del jardín”, murmuró. Yo reí entonces con ese desprecio que sólo permite la juventud. Francamente, deseé que Jeremiah resultara ser un monstruo, sólo por hacer interesante aquel fin del mundo sofocante.
La casa Blackthorne se levantaba al borde del pantano, encorvada hacia las aguas como una anciana sedienta. Me recibió el sonido incesante de grillos y sapos, el bullicio distante de los molinos oxidados, y detrás, una quietud humana inusitada. Llamé a la puerta tres veces antes de atreverme a cruzarla. Dentro, el polvo danzaba en haces de luz como un enjambre de fantasmas. Y allí estaba él: una figura delgada, de rostro enterrado en sombras, un hurón de cabellos largos y barba gris que apretaba contra el pecho la Biblia negra de su madre muerta.
"Señorita Mayfield," susurró, y sentí que sabía todo sobre mí. La conversación discurrió como un arroyo anémico, cortada por largas pausas y escrutinios. Había en su voz una gravedad antigua, el eco de una educación de la que yo sólo había oído hablar en los cuentos de la guerra y la pérdida. Mientras me observaba masticar las palabras, sus nudillos, largos y amarillos, tamborileaban sobre la tapa del baúl sin ritmo ni sentido.
No tardó mucho en invitarme a salir al jardín. La luna nueva colgaba, invisible, y las luciérnagas palpitaban como pupilas abiertas entre los juncos. Jeremiah se apoyó en mí; sentí el temblor de su carne bajo la camisa empapada y tuve el impulso repentino —irracional— de huir, pero la curiosidad era un ancla que sabía trabajar mejor que cualquier miedo.
“¿Puede usted oírla?” preguntó de pronto, señalando con el mentón la arboleda que se hundía en las aguas negras. Yo sólo percibía los grillos y, levemente, el chapoteo de algo grande al acecho. “La tierra canta diferente después de medianoche”, añadió, y supe que no estaba hablando del barro ni de las aguas. Esa noche, mientras regresaba al calor viscoso de mi habitación, la sombra de Jeremiah y el retorcido sauce sobre su tumba ancestral me siguieron hasta los sueños.
Han pasado los años y el verano regresa fiel a su cita, como la marea o el fracaso. El pueblo habla todavía de la maldición Blackthorne, aunque la mayoría ha olvidado lo esencial. De Jeremiah sólo queda la silueta cocida en una de las sillas del porche, el retorcido bastón de caoba, y unas manchas iridiscentes que aparecen cada tanto cerca de la vieja galería. Pero cada vez que un tren pasa —si es que pasa—, los perros aúllan y las luminarias del cementerio se encienden solas.
A mí me busca el sueño con dedos largos y húmedos desde aquel jardín, desde que Jeremiah me regaló aquellas palabras la última vez que respiró bajo este cielo envenenado. “Así como el agua se traga la luz, así la tierra guarda lo vivo y lo muerto juntos, danzando por siempre.” Y aunque he huido muchas veces —a Nueva Orleans, a Nashville, incluso a las faldas secas de Texas—, reconozco que llevo en la sangre el barro del pantano, la herencia oscura de cosechas que nunca acaban.
Cuando amanece, a veces me despierto empapada, oliendo la tierra mojada, con la impresión de que unas manos frías han estado peinando mi cabello. Miro por la ventana y creo ver el contorno de Jeremiah bajo el sauce, y junto a él, algo más, agazapado como una fiera paciente. La gente aquí no habla de lo que ve, pero todos cerramos bien las puertas cuando la bruma sube y las luciérnagas parpadean violentas. Porque sabemos que algo más permanece: lo que crece donde caen los secretos y se pudre el miedo; lo que vive en los espacios entre el canto de las ranas y el llanto de la tierra.
Y así, respirando temblores y fermentando recuerdos, seguimos esperando cosechas bajo aquel sol podrido, mientras el delta reclama, inmutable, lo que es suyo.
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