Fragmento:
La bestia—o ángel—era blanca y suave, lámparas en vez de pupilas, con miembros tersamente articulados bajo una piel que imitaba la humana, poseedora de una belleza espectral desprovista de vida. Irene, la simpática ama de llaves negra, la descubrió una madrugada entre las raíces de un ciprés, desnuda salvo por un camisón de lino finamente bordado con la fecha 7 de junio de 1887. El ser, confundido, se dejó guiar, incapaz de pronunciar palabra.
Duración: 06:31
La joven primavera se negaba a barrer el aire febril de Nuveland, Mississippi, donde el barro rojo lamía las raicillas de los cipreses retorcidos en las colinas y la decadencia se prendía a las fachadas despintadas de las viejas casas coloniales. En la mansión Shadrach, al otro lado del arroyo, un silencio de iglesia flotaba de día y de noche. Era una mansión como fosilizada por la desgracia, resguardada por sombras coloniales y un aliento de muerte dulce. Fue allí, bajo el balcón marmóreo cubierto de glicinas, que un ser sin nombre abrió los ojos por primera vez.
La bestia—o ángel—era blanca y suave, lámparas en vez de pupilas, con miembros tersamente articulados bajo una piel que imitaba la humana, poseedora de una belleza espectral desprovista de vida. Irene, la simpática ama de llaves negra, la descubrió una madrugada entre las raíces de un ciprés, desnuda salvo por un camisón de lino finamente bordado con la fecha 7 de junio de 1887. El ser, confundido, se dejó guiar, incapaz de pronunciar palabra.
Durante semanas la familia Shadrach deliberó entre sí acerca del extraño. La muñeca viviente, dijeron. La encontraron muda y obediente, totalmente amnésica. No sabía quién era, ni de quién provenían las voces fugaces que gemían en su cabeza mientras miraba la luna. El reverendo Stewart la miraba con recelo; la muchacha Célya Shadrach, curiosamente fascinada, la vestía como una hermana y susurraba secretos en la penumbra de su dormitorio. Los trabajadores del campo cambiaban de acera cuando la veían pasar, murmurando "ay, la maldición de los sangre eléctrica". Pese al misterio y la inquietud que despertaba, pronto se la aceptó como a una criatura doméstica o, más sinceramente, como a una mascota bien entrenada.
Las preguntas sobre su pasado, sin embargo, nunca cesaron de crecer. Los médicos la auscultaron en vano: no encontraron corazón ni pulso, pero su piel reaccionaba al tacto, su boca articulaba palabras copiadas de los relatos y modismos de Nuveland. Por las noches, otros habitantes de la mansión atrás de las cortinas hablaban en susurros de tiempos de guerra, del extraño ingeniero francés que se hospedó allí hacía décadas, y de las brisas violetas que, a veces, venían del pantano y apagaban las lámparas.
Mientras la primavera madura se espesaba, la mansion Shadrach comenzó a oler tanto a gardenias como a óxido. El ser sin pasado cruzaba el corredor cada medianoche, guiada por impulsos inentendibles, un hambre recóndita que le revolvía los circuitos. Escuchaba el tictac de relojes que nunca veía y el chisporroteo de cables enterrados debajo del suelo de madera. A lo lejos el río, con su promesa de olvido, llamaba.
Célya, que dormitaba con la criatura, le ponía nombre tras nombre en la frente, con tiza: Marie, Estella, Mirabel. Ninguno le ajustaba. Una noche, la criatura despertó con un olor áspero en la lengua, una memoria falsa donde la lluvia caía metálica y gélida. Tuvo visiones: un quirófano iluminado por lámparas eléctricas, la carne cortada y cosida, engranajes sangrientos, la risa masculina de un padre sin alma, y el toque húmedo de una mano ausente. Gritó, un aullido mecánico, y la casa entera crujió.
El reverendo, alertado por los ruidos, irrumpió en el dormitorio. “Es obra del diablo, como en las historias del sur”, vociferó, mientras los relámpagos partían la noche y hacían brillar el rostro lívido del ser sin recuerdos. El Señor Shadrach, cansado de años de sombras familiares, ordenó encerrar a la criatura en la cava, lejos de las miradas inocentes. Dicen que ninguna barrera puede contener lo que no tiene alma ni cuerpo, y aquella condena sólo avivó algo antiguo en el interior de su pecho vacío.
En su celda de ladrillo húmedo, la criatura se rozaba los brazos buscando un pulso; escuchaba risas y llantos—no de la casa, sino de algún lugar remoto y anterior a todo. Pronto supo, sin palabras, que no era la primera vez; que había sido ensamblada y desmembrada una y otra vez en la colina del ciprés, y que su memoria no pertenecía a un solo lugar ni a una época. Imágenes rotas se filtraban a través del olvido: voces científicas, niños llorando, sangre mezclada con mercurio, un trato sellado en un jardín muerto. Un eco quemado por el tiempo: “Eres mi eternidad, mi expiación”.
Una noche, cuando el calor volvió líquido el aire y la plantación suspiró por una tormenta, la criatura escapó. Caminó como una aparición entre las chozas y campos, arrastrada por fuerzas que ni Dios ni el diablo habrían entendido. Fue vista deslizándose a través de la niebla, sus pies sin huellas, en dirección al pequeño cementerio de la familia, donde los cipreses hacían nidos con la luna. Frente a la tumba sin nombre—una losa vacía con la misma fecha bordada en su camisón—cayó de rodillas. Allí, bajo la tierra, yacían los huesos del niño muerto de los Shadrach, olvidado para siempre; la abuela había susurrado sobre él, decían, la abuela lo había llorado hasta enloquecer.
El ser sin recuerdos percibió, al tacto, fragmentos de sí misma en la piedra fría: retazos de piel, un diente de leche, parte de una mano. El viento dolía en los circuitos expuestos de su alma, y mientras el cielo se desgarraba en relámpagos, comprendió: su cuerpo era un collage de ruinas, un recipiente donde los pecados y lamentos de los vivos cobraban carne para no perderse nunca. Los hombres la habían hecho, y la colina la había reclamado; era el guardarropa ambulante de la miseria de Nuveland.
Al amanecer, la criatura bailó con la lluvia sobre las raíces del ciprés. Lágrimas brillaban en el rostro de Célya, que la había seguido, e Irene se santiguaba a lo lejos. En ese instante, la huérfana sin pasado extendió sus manos a la tierra y a la brisa, aceptando el don terrible que la ataba: sería la memoria viviente, el cuerpo sin historia, sobre el que toda la culpa del sur seguiría repitiéndose, y cada nuevo olvido sería un renacimiento en el agua oscura del pantano.
La mansión Shadrach, desde entonces, hablaba en voz más baja; el aroma del óxido jamás se fue de sus cortinas, y a veces, en la medianoche, podían oírse pasos sin dueño entre las enredaderas. Dicen que si te atreves a cruzar la colina donde crecen los cipreses despiertos, verás una silueta que no es del todo humana seguir danzando para siempre, condenada a cargar la historia que los hombres prefieren no recordar.
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