Fragmento:
La brisa tibia del atardecer hacía restallar los álamos frente al caserón Merriwether, en la profundidad de un condado sin nombre, más abajo de la línea Mason-Dixon, donde el calor y los recuerdos se quedaban para mirar a los vivos como si supieran de sus pecados. Herminia Merriwether, la última de su linaje y heredera asediada por las deudas y los murmuros del pueblo, jugaba con los encajes mustios de un vestido de raso, sentada en la mecedora de la galería. La tierra había dejado de dar algodón una década atrás, y sólo las malas hierbas, y algún cuervo testarudo, reparaban en la vieja plantación.
Duración: 03:54
La brisa tibia del atardecer hacía restallar los álamos frente al caserón Merriwether, en la profundidad de un condado sin nombre, más abajo de la línea Mason-Dixon, donde el calor y los recuerdos se quedaban para mirar a los vivos como si supieran de sus pecados. Herminia Merriwether, la última de su linaje y heredera asediada por las deudas y los murmuros del pueblo, jugaba con los encajes mustios de un vestido de raso, sentada en la mecedora de la galería. La tierra había dejado de dar algodón una década atrás, y sólo las malas hierbas, y algún cuervo testarudo, reparaban en la vieja plantación.
Al anochecer, los criados se recogían temprano—por respeto o por miedo, quién lo diría. Todavía decían que el espectro del Padre Caulder vagaba entre la niebla y las tumbas desmoronadas, ese mismo clérigo que había puesto la primera piedra de la capilla y luego desaparecido cuando las ratas poblaron el altar y la fe se perdió debajo de las tablas. Herminia no creía en nada, ya no. El tiempo la había vuelto fría, inmune siquiera a ese aleteo de miedo húmedo que infestaba la mansión en las horas chicas.
Cuando llegó Elijah Good, lo hizo a pie, cruzando el camino de tierra roja como si lo llevaran en volandas. Llevaba un sombrero funerario y un cofre diminuto, y el saludo fue un cruce de miradas gastadas y un apretón de manos mundano, como de quien se reconoce pero no se aprecia. Herminia le preguntó poco, y Elijah menos respondió; el forastero se quedó esa noche y las siguientes, aceptando las cenas frías y los silencios, moviéndose por la casa como un huésped de sueños, observando las grietas y los retratos avinagrados de los Merriwether.
La tormenta desató su furia al tercer día de julio. El trueno zarandeó los cimientos y la luz se fue, sumiendo la plantación en una negrura donde el miedo tenía espacio para crecer. Herminia sentía el roce de las cortinas como dedos en el cuello; Elijah, en cambio, parecía esperar algo. Fue él quien la llevó a la cripta familiar, debajo del umbral, en la raíz amarga del caserón.
Había allí olor a tierra mojada y promesa incumplida. En un muro lateral, un relieve de cruces atadas con lazos que ahora se deshacían por los años. Elijah extrajo del cofre un objeto envuelto en lienzo empapado: una biblia. No era de este siglo ni de la familia. "Para el descanso," murmuró, sin mirar a Herminia. Comenzó a recitar salmos—ninguno conocido—, y el eco los devolvía en trozos, como si la casa rumiara ese alimento espiritual perdido por generaciones.
Las sombras temblaban. Se oyó entonces, en lo profundo, el tintineo sordo de una campana de bronce hundida por el barro desde la guerra. Elijah sudaba, palidecía. Herminia pensó en el padre Caulder, en los niños que, según contaban, habían bailado con él en la veranda antes de su desaparición. Vio destellar, entre las paredes salitrosas, un enjambre de luciérnagas que no venían del jardín, sino de los trompillos que crecían entre los huesos de los suyos.
Elijah se desplomó sin una palabra más, la cabeza contra el suelo, la Biblia abierta en la página en blanco. Herminia, ni siquiera sorprendida, alzó el libro y sintió cómo se deshizo el velo de humedad alrededor. Supo, de pronto, que el padre Caulder no era sino el precio de la fe olvidada, que la mansión solo esperaba un sacrificio a cambio de silencio. Salió al porche, la tormenta amainando, mientras detrás de ella las luciérnagas danzaban en los corredores, anunciando el comienzo de otra vigilia.
Nadie volvió a ver a Elijah, ni preguntó mucho después. El pueblo, sumido en su rutina de muerte lenta, aceptó otra ausencia. Herminia cada noche se sentaba en la galería, el libro extraño a su lado, escuchando el crujido de los tablones y el ulular de las campanas que nadie más recordaba. Bajo el manto opresivo del verano, la casa parecía viva de nuevo. O al menos, menos muerta que su dueña.
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