Fragmento:
Había llovido seis días y seis noches en Willow's End. El agua, con una terquedad sólo igualada por los muertos del cementerio, avanzaba despacio y constante, obsidiánica, sobre el camino de tierra roja que llevaba a la vieja casa de los Culver. Allí, el mundo era una especie de suspensión: ni el silencio era total, porque los grillos y la lluvia discutían quién tenía la voz más perpetua, ni la oscuridad era completa, pues los relámpagos pintaban el porche de Miss Priscille como una galería de pesadillas momentáneas.
Duración: 05:58
Había llovido seis días y seis noches en Willow's End. El agua, con una terquedad sólo igualada por los muertos del cementerio, avanzaba despacio y constante, obsidiánica, sobre el camino de tierra roja que llevaba a la vieja casa de los Culver. Allí, el mundo era una especie de suspensión: ni el silencio era total, porque los grillos y la lluvia discutían quién tenía la voz más perpetua, ni la oscuridad era completa, pues los relámpagos pintaban el porche de Miss Priscille como una galería de pesadillas momentáneas.
Dentro, los retratos se peinaban solos en la penumbra. El piano del recibidor, cubierto de polvo, parecía retener, bajo su tapa cerrada, un lamento que no podía llegar a consumarse. Miss Priscille, a sus setenta y tres años, fumaba cigarrillos sin filtro bajo la luz triste que se derramaba desde la lámpara cubierta de encaje. Sus ojos eran de ese azul mate que sólo conservan las porcelanas antiguas y los recién fallecidos, y sus dedos apretaban la taza de café como si la sujetaran del abismo.
Allí vivía también Lamar, su sobrino. Nadie en Willow's End había logrado nunca arrancarle palabra que no fuese necesaria. Era alto y desgarbado, de andar lento como si el barro de la región hubiera decidido revivir en sus huesos. Desde que regresó del hospital en Jackson, todos notaron la nueva quietud del muchacho, una calma perforada sólo por el brillo febril de su mirada cuando pasaba junto al embarcadero anegado o junto al retrato de aquel tío al que nadie ya mencionaba.
La noche en que la historia se reveló, Miss Priscille esperaba visita. No era inusual en esas tierras que el pasado llegara caminando acompañado por el hedor a tormenta y raíces podridas. El visitante, un hombre conocido como el Reverendo Zeke, no era exactamente un predicador ni exactamente un hombre. Se rumoraba que había enterrado más almas de las que jamás había ayudado a salvar; su sonrisa era la de quien conoce los pormenores del purgatorio.
Zeke cruzó el porche con las botas dejando huellas de lodo. Tocó tres veces, y Priscille supo, como se saben las lluvias y los nacimientos, que no venía por hospitalidad. Ella recordó, en ese instante, la primera vez que vio morir a alguien. Fue un pulso frío en la frente, idéntico al que sintió esa noche. La puerta se abrió sola y el Reverendo entró como un vendaval contenido.
Miss Priscille ofreció una silla, donde Zeke se sentó, dejando el sombrero, manchado de musgo, sobre la mesa. Hay cosas que no se preguntan en el Sur, y así pasaron casi cinco minutos, fumando, compartiendo el rumor de la tormenta, antes de que él aclarara la garganta.
—Estoy aquí por el niño —dijo, y no hubo duda de qué niño hablaba.
Lamar no era hijo legítimo del recuerdo ni de la sangre. Surgió en medio de una marejada de rumores, cuando el viejo Culver desapareció bajo circunstancias opacas y el ventanal del dormitorio principal se tiñó de algo más oscuro que la noche. La gente del pueblo hablaba, como sólo la gente de pueblo sabe hablar, y Miss Priscille sonreía con los labios pero jamás con los ojos.
—Los muertos no salen bajo la lluvia —aventuró Priscille, sin mirar al Reverendo.
—No. Pero hay muertos que llevan la lluvia a donde van —sentenció el hombre, y sus dedos tamborilearon sobre la mesa como diminutos ataúdes sellando el aire.
Lamar apareció por la puerta que daba al corredor, con su chamarra pesada y el cabello pegado a la frente. Sus ojos buscaron —¿refugio, permiso?— en los de Priscille, pero hallaron sólo la paciente resignación de las mujeres del Delta.
El Reverendo Zeke lo miró largo y profundo, y Lamar sostuvo la mirada. En la estancia, los retratos parecían inclinarse un poco más hacia adelante, atentos, ávidos. Algo muy viejo, una semilla podrida por dentro, se removió en el aire viciado.
—Tu padre cometió un pecado que no puede contarse —empezó Zeke—. Y hay deudas que vive la familia, aunque no se hable de ellas.
Un relámpago dibujó el perfil de Priscille, quieta como un árbol de cementerio. No parpadeó.
—No es culpa de nadie nacer del lodo —musitó ella, recogiendo el vaso de whiskey que reservaba para las apariciones.
—No, pero es obligación no ignorar sus raíces —dijo el Reverendo, y su voz se quebró como tablas viejas en un ciclón.
Lamar tragó saliva. Sintió en su pecho una presión, una multitud de hormigas aferradas al recuerdo más sutil —ese sueño recurrente donde caía, donde oía voces y las voces se llamaban todas Priscille, o madre, o nadie.
En el tejado, la lluvia insistía como una procesión de espectros. El silencio era tan denso que el tic tac del reloj de pared parecía marcar el tiempo con lapas de sangre.
Al final, no fue Miss Priscille quien rompió el sortilegio, ni el Reverendo Zeke, sino la propia casa, con un quejido largo, un estertor de vigas húmedas y antiguas. El suelo vibró bajo sus pies; el lodo de los cimientos respiró, y la luz de la lámpara parpadeó como un suspiro de ultratumba.
Lamar se levantó y salió al porche. Sintió la lluvia y miró a los cipreses, cuya corteza relucía como hueso lavado. Por un momento, creyó distinguir, entre la bruma, una figura alta, como un padre o una promesa, desvaneciéndose lentamente río abajo.
Miss Priscille lo siguió con la vista. Sabía que en algún punto, la sangre llama a la sangre, pero también que hay aguas —en Willow's End, al menos— que nunca devuelven lo que se les ofrece.
Cuando el Reverendo Zeke se marchó, de madrugada, dejó tras de sí el aroma a tierra removida y a secretos zanjados a medias. En la vieja casa Culver, Priscille limpiaba el polvo del retrato de un hombre sin nombre, una vez más, y Lamar escuchaba la lluvia preguntándole cosas a las raíces del alma que, quizás, jamás serían respondidas. Así, en la leve melodía del agua y la persistencia insumisa de la vida, la noche los tragó iguales: impíos, indefensos, y para siempre condenados bajo la mirada ausente de los muertos.
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