Fragmento:
“Sentí la tierra moverse anoche”, murmuró la vieja, sin levantar la vista de sus cartas manchadas, “como si estuviera reacomodando huesos”. Lucinda miró por la ventana: fuera, la niebla se enrollaba alrededor de los cipreses y decantaba las sombras. El pantano llamaba con su aliento húmedo, un arrullo de insectos y promesas rotas.
Duración: 04:22
Todo se pudre en verano; así decían las abuelas, con los labios llenos de tabaco y los ojos desviados hacia las hileras de secoyas retorcidas. La casa Van Cleef se alzaba, tosca y sin remilgos, al borde de un pantano insomne que nunca aprendió a callar los secretos que tragaba cada año, cuando llegaban las lluvias y la madera suspiraba. Lucinda Van Cleef inauguró la estación húmeda el día que descendió, en bata y con sus pies desnudos, la escalera larga, enredada en moho y tiempo. Abajo, en el salón donde olían más fuerte los años estancados, estaba la abuela, y una hilera de platos desportillados que nunca aceptaron visita.
“Sentí la tierra moverse anoche”, murmuró la vieja, sin levantar la vista de sus cartas manchadas, “como si estuviera reacomodando huesos”. Lucinda miró por la ventana: fuera, la niebla se enrollaba alrededor de los cipreses y decantaba las sombras. El pantano llamaba con su aliento húmedo, un arrullo de insectos y promesas rotas.
En la última semana, los caballos de la familia se negaban a beber de la charca, y el agua había ganado un brillo aceitoso, como si algo sombrasco estuviera respirando en su fondo. La abuela espantaba culebras con sal y polvo de ladrillo cada madrugada, pero Lucinda sabía que las cosas que venían no hacían ruido y no daban tregua. Dicen que los hijos Van Cleef desaparecían sin hacer escándalo, tragados por el agua o por las historias que los hombres susurraban en la cantina de la carretera.
Una noche, cuando el aire era demasiado denso para cualquier sueño, la joven salió al porche, empapada en sudor y nostalgia. El lago devolvía su reflejo, distorsionado y doble. Vio, flotando en la superficie, una mano pálida, ondeando suavemente con la marea. No gritó. Bajó por la escalera hasta el muelle, el tablón crujía bajo su peso, y allí, a centímetros del agua enferma, reconoció el anillo oxidad de su hermano Caleb en el dedo mutilado que insistía en volver.
Al amanecer, sólo quedaban marcas húmedas en la madera y una hilera de lirios muertos en la orilla, alineados como soldados vencidos. Lucinda llevó la noticia adentro, pero la abuela no miró; sólo añadió más cartas al tapete, como si conjurar ausentes fuera una costumbre doméstica. “El pantano da, el pantano quita”, fue todo lo que murmuró.
Pero la cría Van Cleef era terca, como el barro entre los dedos de los que arrancan raíces en pantanos sin nombre. Esa misma noche, cuando la luna era una astilla amarilla, Lucinda fue al cobertizo, rebuscó bajo los trapos hasta encontrar la lámpara de gas y la cuerda de cáñamo. Se adentró en el bosque, siguiendo las luciérnagas falsas que titilaban donde la humedad era más espesa.
Caminó y caminó, esquivando raíces como lenguas vivas, hasta que los árboles se abrieron a una clara dominada por la ruina de una iglesia: ladrillos comidos de musgo, columnas caídas, el campanario hueco como la garganta de los ahogados. Allí, junto al altar cubierto de líquenes, halló un círculo de fotografías clavadas a la tierra con cuchillos herrumbrosos—retrato tras retrato de hijos, esposas, madres, todos con la mirada vuelta hacia el pantano invisible en el fondo de los daguerrotipos.
Sintió el aire vibrar, escuchó pisadas blandas tras ella: la abuela, más erguida que nunca, y junto a ella las otras mujeres del pueblo, cada una sosteniendo objetos pequeños y terribles: mechones, dientes, pedazos de piel seca.
“El agua exige lo que es suyo”, dijo la vieja. “Cada verano, una carne, una promesa”.
Lucinda lloró a su hermano entre las ruinas, pero cuando el sol alzó la luz lánguida del amanecer sobre los campos encharcados, fue capaz de entender por qué las casas aquí nunca envejecían con dignidad, por qué los niños tenían la costumbre de mirar por encima del hombro. Maldecida o bendecida, la tierra de esta parte del Sur sólo amaba aquello que podía devorar pausadamente.
Y así, frente a las mujeres, Lucinda aceptó entregar a cambio de Caleb parte suya: cortó un mechón de su pelo, cantó el nombre del pantano en voz baja, y hundió sus manos en el limo. Sintió, por un instante último, los dedos de su hermano devolver el apretón, húmedos, agradecidos y un poco crueles; y después no hubo más que el golpeteo del agua rompiendo contra la madera y el canto de las cigarras, disipando los secretos con cada día caluroso, donde todo, alguna vez, ha de pudrirse.
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