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Portada del relato Los ecos de Northfield House
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Fragmento:


—¿Aún insistes en la presencia de… otro en la casa? —preguntó, esforzándose por mantener la voz firme.

Duración: 06:33

Los ecos de Northfield House
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Era al final de una larga y mustia jornada de octubre, cuando los árboles, ya rendidos de follaje, susurraban bajo una brisa amarga de norte, que Lord Everard Boscombe descendió del carruaje ante la entrada de la mansión Tressilian. A lo lejos la campiña se disolvía en la bruma como si la tierra quisiera tragarse sus propios secretos, y se hubiera dado cuenta de la llegada de un indeseado visitante. La fachada dorada de la casa, coronada de estatuas ennegrecidas por la intemperie, era un severo recordatorio del peso y la pasión de generaciones pasadas.

Lord Boscombe llevaba consigo una carta lacrada, un llamado que preferiría haber ignorado, pero cuya insistencia —un mano temblorosa firmando con tinta púrpura— le arrastraba de nuevo hacia la familia, y con ella a sus encierros, susurros y cicatrices apenas disimuladas por encajes y terciopelos. Al empujar la puerta principal, el retumbar de sus botas resonó como un eco de antiguos encuentros, y una criada delgada, con un rostro que parecía haber conocido la soledad más que la esperanza, se apresuró a tomar su sombrero.

Le condujeron por un corredor abovedado recubierto de tapices ajados, entre el perfume rancio de candelabros vacilantes y la mirada inquisitiva de retratos de antepasados cuyos ojos parecían moverse con cada parpadeo. En el salón, Lady Sibylla, su tía materna, esperaba: envuelta en terciopelo marfil, los dedos pálidos sobre la mesa, el cabello recogido con la habilidad de quien acostumbra a ocultar más de lo que revela.

—Te esperaba, Everard —susurró, sin levantarse—. Han vuelto a oírse los pasos en el ala este. El reloj de la torre marca las horas erróneas, y esta noche los cuervos no han abandonado la cornisa.

Una sombra cruzó el semblante del joven Lord; el recuerdo de noches insomnes, de puertas cerradas con doble cerrojo, le recorrió la espina dorsal.

—¿Aún insistes en la presencia de… otro en la casa? —preguntó, esforzándose por mantener la voz firme.

Lady Sibylla asintió, un leve temblor en su mandíbula, los ojos demasiado brillantes en la penumbra.

—Desde la víspera de Todos los Santos —dijo—, la lámpara del invernadero se apaga por sí sola, y las orquídeas negras exhalan un hedor imposible de definir. La doncella del ala izquierda la encontró desvanecida sobre el mármol. Y, Everard… he encontrado ceniza bajo la almohada de tu difunto tío.

Un silencio espeso se apoderó de la estancia, atravesado por el rumor de la lluvia en los ventanales. En la lejanía, un reloj mal calibrado dio las siete, aunque el cielo parecía aún reacio a despedirse del crepúsculo.

Everard se instaló en la cámara que antaño perteneció a su madre, una estancia donde todavía persistía la fragancia de la lavanda y los ribetes de las cortinas parecían teñidos de lágrimas. No tardó en percibir, a través del balbuceo de las paredes y el azote del viento, una presencia inconfundible: el susurro de pasos, un roce sobre la vieja tarima, la presión invisible de una mirada fija, expectante.

La primera noche fue atormentada. Al filo de la medianoche la puerta parece jadear con el peso de un visitante invisible. Los sueños de Everard tomaron la forma de una figura vestida de harapos oscuros, cargando una lámpara cuya luz se asfixiaba, y un cuervo posado en su hombro graznando palabras en una lengua que apenas recordaba de niñez. Al despertar, sudoroso y con el corazón palpitando, descubrió sobre la almohada la impresión grisácea de una mano de ceniza.

Resuelto a descubrir la verdad, Everard dedicó la mañana siguiente a examinar el ala este. Allí todo era una orquestación de abandono: puertas que gimoteaban, cortinas rasgadas que danzaban aunque el aire estuviera quieto. El aroma a alambique y linimento parecía impregnar la atmósfera, y la luz, por alguna razón, parecía rehuir la galería donde, según los rumores, Lady Guinevere —una antepasada malograda por oscuros amores— habría sellado su destino con lágrimas y fuego.

La tercera noche estalló en tormenta. Los relámpagos recorrían los corredores y la casa vibraba con cada trueno. Fue entonces cuando la doncella Matilda, presa del pánico, llamó a su puerta. Había visto una sombra, dijo, reflejada en el gran espejo del vestíbulo: una silueta imposible, cubierta de crespones, cuyo rostro se desvanecía cuando intentaba mirarla de frente. Everard la acompañó hasta el vestíbulo, el corazón encogido, la mente aferrada a la idea de una explicación racional —quizá corrientes de aire, quizá el peso de los propios sueños—, pero al posar la mirada en el espejo, solo vio su propio reflejo, pálido, ojeroso… y detrás, fugaz e innegable, el destello negro de un cuervo.

En los días siguientes, el clima en Tressilian se volvió irrespirable. Lady Sibylla enfermaba de a poco, presa de fiebres inexplicables y delirios donde murmuraba nombres olvidados. El personal comenzaba a abandonar la casa, convencido de que algo antiguo y vengativo se había desatado con la llegada de Everard.

En la última noche, con la tempestad rugiendo alrededor de la mansión y el tic-tac ominoso del reloj rompiendo la oscuridad, Everard bajó solo al invernadero. Allí crecía una orquídea negra, rodeada de ceniza, bajo una lámpara moribunda. Una brisa azotó el cristal, y en el reflejo Everard vio, de nuevo, la figura vestida de luto. Esta vez no era un eco, ni una sombra: era Lady Guinevere, o lo que quedaba de ella, los ojos como carbones extinguidos, los labios moviéndose sin voz, reclamando por fin el recuerdo que el linaje había tratado de ahogar.

Everard, paralizado por el peso de generaciones y del propio destino, apenas pudo articular una súplica. Entonces la figura avanzó y, en un susurro que era viento y ceniza, entregó al joven Lord un medallón antiguo: en su interior, el retrato marchito de Guinevere y una carta confesando el crimen que la condenó a vagar eternamente: el amor robado, la traición familiar, el poder del juramento no cumplido.

A la mañana siguiente, Lady Sibylla fue hallada serena en su lecho, sonriendo por primera vez en décadas. El invernadero, inexplicablemente, rebosaba de flores nuevas, y la ceniza había desaparecido. Everard, cambiado para siempre, selló el ala este y partió de Tressilian. De la historia solo quedó el rumor, el susurro en los tapices, el eco de pasos en el vestíbulo cuando el crepúsculo se resistía a dar paso a la noche… y el cuervo, que aún se posa, de vez en cuando, en la cornisa, esperando otra generación de secretos.

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