Fragmento:
El primer atisbo de que algo contrariaba al orden habitual de las cosas me llegó por el espejo ovalado junto al lecho. No era particularmente antiguo, pero sí de aspecto caprichoso (el cristal mostraba leves ondulaciones, como si el agua de un charco permeara su superficie). Mientras deshacía mi maleta, percibí que el espejo devolvía reflejos deslucidos, oscilantes, y que la figura tras de mí, a mi pesar, parecía distinta en posición y actitud a la que yo reconocía como mía. Sin embargo, lo atribuí al cansancio y al singular clima del país.
Duración: 06:08
Uno no suele preguntarse cuándo comienza en realidad el infortunio, pues la vida está vencida de tránsitos imperceptibles; pero, en mi caso, parece que el infortunio escogió presentarse una noche de finales de octubre, cuando el viento llevaba las hojas resecas hasta la franja de los cañaverales y cada cosa parecía menos sólida bajo la luz devoradora de la luna. Viajaba por encargo de mi tío, el notable anticuario Arthur Penmore, hacia el remoto pueblo de Meltonwold, donde debía examinar unos manuscritos que el difunto reverendo Lassiter había dejado en la rectoría.
Mi estancia se concertó con una ligereza de la cual habré de arrepentirme, pues la Sra. Hallcroft, ama de llaves de la rectoría, puso a mi disposición una habitación en la torre nordeste, un añadido de finales del siglo XVII que dominaba el cementerio y ofrecía un panorama funesto pero innegablemente sugerente. Aquel lugar tenía el aire congelado de lo irrevocable. La pendiente del techo, las pesadas cortinas color ciruela y la humedecida fragancia de los sillares me provocaban una incomodidad difícil de explicar.
El primer atisbo de que algo contrariaba al orden habitual de las cosas me llegó por el espejo ovalado junto al lecho. No era particularmente antiguo, pero sí de aspecto caprichoso (el cristal mostraba leves ondulaciones, como si el agua de un charco permeara su superficie). Mientras deshacía mi maleta, percibí que el espejo devolvía reflejos deslucidos, oscilantes, y que la figura tras de mí, a mi pesar, parecía distinta en posición y actitud a la que yo reconocía como mía. Sin embargo, lo atribuí al cansancio y al singular clima del país.
Durante el día siguiente y los que siguieron, proseguí mi trabajo en la antigua biblioteca de la rectoría. El aire allí repleto de polvo y de ese aroma, curioso a la vez que nauseabundo, que despiden los libros que han conocido demasiado silencio, era apenas mitigado por el crepitar de la chimenea. Entre los papeles del reverendo Lassiter, encontré un cuaderno encuadernado en piel, de caligrafía vacilante y enmarañada, en el que se fabulaban sucesos en torno a la torre nordeste: desapariciones, murmullos nocturnos y unas vagas alusiones a una visita persistente, que, según él, había sobrevivido a muchas generaciones de inquilinos.
Había noches en que, ya acostado, se me antojaba escuchar un leve arrastrar en los pasillos. Más de una vez, la Sra. Hallcroft me aseguró que aquello no era otra cosa que la madera cediendo a la humedad. Pero, en la penumbra de mi cuarto, con la duermevela hastiando mis sentidos, tomé por costumbre examinar el espejo cada vez que una ráfaga de viento me sobresaltaba. Pronto advertí una diferencia franca: en mi reflejo, a mi izquierda, surgía una mancha pálida, ovoide, como una gasa suspendida en el aire, que no lograba envolverla por completo la oscuridad.
Hubo una noche, después del habitual repaso de los papeles de Lassiter, en que resolví dilucidar el misterio. Armado con una vela, examiné el espejo, posicionándome de modo tal que la superficie reflejara toda la habitación. El reflejo devolvía, tal y como temía, la sospechosa silueta a mi lado, aunque en la realidad nada lo justificaba. Sentí, entonces, frío en el costado; mis ojos, supongo, se dilataron involuntariamente, y apenas fui capaz de moverme cuando advertí una especie de hálito en mi oído derecho, leve como el roce de una pluma, y aún así prodigiosamente gélido.
Me aparté de aquel objeto y, sintiendo como si el corazón me colgase un peso nuevo en el pecho, salí a tumbos del dormitorio. Pasé lo que restaba de la noche sentado junto al fuego de la escalera principal. Al día siguiente, aún con la mente enturbiada, proseguí mi pesquisa por el extraño manuscrito de Lassiter; ese cuaderno parecía ahora decirme cosas que antes se me escapaban: la mención de "la forma errante", "la huésped que pide compañía en su vigilia" y, lo más perturbador, la advertencia: “No le devuelvas el saludo en el espejo”.
Aun así, la curiosidad—aunque salpicada de terror—me llevó a indagar discretamente con la Sra. Hallcroft. Al principio negó saber de anomalías en la torre, pero bajo mi insistencia confesó con voz temblorosa que, tiempo atrás, encontraron muerto al antiguo relojero del pueblo, John Fellowes, “sentado frente al cristal, como si conversara con alguien”, añadió con voz a medias ahogada.
Esa noche, armándome de un arrojo que aún no dejo de maldecir, decidí enfrentar la aparición. Me senté ante el espejo, aguardando. Pronto, la mancha en el cristal se hizo más definida. Pude contemplar un rostro ovalado, desprovisto de rasgos, salvo la boca, que se estremecía en un amago de sonrisa ajada. Unos dedos, pálidos y traslúcidos, se posaron sobre mi mano reflejada. Sentí la presión helada a través de la realidad misma.
"¿Vendrás al mirador, entonces?", susurró una voz que sólo existía más allá del vidrio. Una parte de mi ser, amedrentada y mecánica, asintió. Vi cómo la boca se abría más; sentí cómo un tirón me atraía hacia la superficie pulida y, por un segundo que me ha parecido eterno, tuve el convencimiento de que comenzaba a deslizarme hacia un paisaje carcomido de escaleras invertidas y figuras sin nombre.
No recuerdo cómo escapé, ni cuánto tiempo pasé de rodillas sobre el suelo, jadeando y sudando frío. Sólo sé que, al volver en mí, la Sra. Hallcroft rogaba que no murmurase palabra, que devolviera el antiguo espejo a su sitio en el desván y me marchase antes del anochecer. Así lo hice, y el viaje de regreso fue un desvelo ininterrumpido.
Han pasado los años. En ocasiones me detengo, fugitiva y horrorizadamente, ante espejos oscuros, temiendo encontrar en el reflejo una señal de la presencia que aguarda más allá, siempre atenta, aún paciente. Porque sé, con la certidumbre funesta de los que han mirado demasiado, que, si alguna vez decido responder al saludo de la dama del mirador, ya no habrá regreso posible, y el único rastro de mi persona quedará en la página inacabada de algún manuscrito polvoriento, en una rectoría perdida, donde los espejos nunca se cubren al caer la noche.
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