Fragmento:
La lluvia golpeaba con insistencia el pedregoso sendero que ascendía hacia la recortada silueta de la Mansión Derby, elevándose sobre los páramos blanqueados por la niebla. Aquella noche de octubre de 1881 el viento parecía haber susurrado antiguos nombres, y cualquier viajero ocioso habría sentido, incluso antes de encontrar el portón carcomido, que la casa no estaba sola, ni tampoco todos sus habitantes, vivos. Pero fue el joven Arthur Selwyn quien, de acuerdo con los designios de una tía moribunda al otro extremo del país, debió refugiarse en Derby, mientras su carruaje era reparado tras un peculiar accidente en la calzada.
Duración: 04:26
La lluvia golpeaba con insistencia el pedregoso sendero que ascendía hacia la recortada silueta de la Mansión Derby, elevándose sobre los páramos blanqueados por la niebla. Aquella noche de octubre de 1881 el viento parecía haber susurrado antiguos nombres, y cualquier viajero ocioso habría sentido, incluso antes de encontrar el portón carcomido, que la casa no estaba sola, ni tampoco todos sus habitantes, vivos. Pero fue el joven Arthur Selwyn quien, de acuerdo con los designios de una tía moribunda al otro extremo del país, debió refugiarse en Derby, mientras su carruaje era reparado tras un peculiar accidente en la calzada.
El ama de llaves, una figura desmedrada y vestida de riguroso negro, le esperaba en el umbral. Sus ojos, únicos destellos inquietos en ese semblante pétreo, evaluaban a Arthur con un respeto forzado. "Todo está listo, señor", murmuró. Su voz se deslizaba, suave pero metálica, como el roce de un anillo antiguo sobre mármol frío. Arthur siguió a la mujer por un corredor azulejado de retratos; los ojos de los antepasados parecían perforar la oscuridad, acechando con hostil curiosidad. El salón principal, de altos paneles de roble, olía leve y tercamente a lilas marchitas y a papel de libros nunca abiertos.
"¿Cuánto tiempo lleva la casa en manos de los Derby?", indagó Arthur, incapaz de evitar la tétrica fascinación por el tapiz raído que representaba a una mujer arrodillada ante una tumba, rodeada de cornejas. "Desde antes que los registros", replicó el ama de llaves, fijando la mirada en el fuego menguante, "y no todo ha sido siempre ordinario aquí. La torre norte, por ejemplo, nadie la cruza tras sonar la sexta campanada."
Arthur, hombre educado y de mente escéptica, sonrió ante la insinuación de superstición. Pero conforme la noche caía y los candelabros de plata vacilaban, un sentimiento larvado de inquietud comenzó a sedimentar en su pecho. Cenó casi en soledad, acompañado por el eco rancio de cubiertos y, según le pareció, risas apagadas provenientes de la galería superior. Al retirarse a sus aposentos, cuya ventana sólo abría a la negrura inabarcable del páramo, Arthur divisó una silueta blanquecina cruzando el rellano, tan gradual y silenciosa que pensó haber sido engañado por el titilar de un rayo lejano.
Alrededor de medianoche, el aire se volvió más denso, y una humedad glacial pareció reptar desde las rendijas del suelo. Un susurro, frágil como el roce de un vestido de muselina, se derramó desde el corredor. Era imposible ignorarlo. Arthur, presa de una insólita audacia (o neblinosa somnolencia), tomó la vela y desanduvo el pasillo hasta la bifurcación que llevaba a la torre norte. El picaporte de la puerta tembló bajo su mano, y al abrirla, el crujido pareció desgarrar años de vergonzoso silencio.
El aire allí tenía un olor penetrante a metal, a viento estancado y a algo más... El espacio se curvaba en torno a una escalera cimentada de piedra, y a medida que Arthur ascendía, sintió una presión creciente sobre los hombros; la vela proyectaba su sombra hacia atrás, recortando sus propios pasos, como si alguien lo siguiera. Al llegar a la estancia superior, lo recibió una ventana ojival de la que apenas se distinguía la bruma plateada; en la penumbra, una figura aguardaba junto al muro, con manos extendidas y rostro oculto. El latido de Arthur se precipitó frenético, y sólo entonces notó las gotas de sangre frescas, zigzagueando desde la repisa hasta el suelo herrumbroso.
"¿Quién...?", alcanzó a murmurar, pero la figura levantó la cabeza. La piel era translúcida como cera envejecida, y en los ojos centelleaba un odio inconmensurable y antiguo. Sin pronunciar palabra, la aparición se le acercó arrastrando los pies y extendió una mano estremecida hacia el pecho de Arthur. Un aire gélido lo atravesó, y un dolor apagado y ciego se apoderó de él, arrancando de su memoria imágenes de infancia y, peor aún, los rostros de los retratos en el corredor, ahora rejuvenecidos, como si extrajeran vida de su visitante.
El grito de Arthur apenas rozó el dintel cuando cayó al suelo de la torre. No supo cuánto tiempo pasó allí, si horas o sólo minutos ahogados en tinieblas vivas, pero al recobrar la conciencia y mirar hacia la ventana, la figura se había desvanecido. Sólo la sangre quedaba, formando una palabra ilegible, un nombre que nunca aprendería a pronunciar.
Al amanecer, el ama de llaves lo encontró exánime, temblando, con el cabello prematuramente encanecido. Nadie creyó luego su relato, y la única huella de aquella noche quedó oculta entre los tapices que aún olían a lilas y a un tiempo irremediablemente perdido. Nadie volvió jamás a la torre, y la Mansión Derby, tras ser entregada a nuevos herederos años después, fue lentamente devorada, primero por la hiedra, luego por el olvido, dejando en la niebla sólo preguntas y una oscura intemperancia, esperando, paciente, que otro viajero necesitara cobijo.
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